Mundo Judío

La creciente violencia en Nueva York y el peligro de partidizar la lucha contra el antisemitismo

Leer este artículo que nos trae la politóloga Cécil Denoit nos deja estupefactos. Condenar el antisemitismo venga de donde venga es nuesta misión.

El pasado sábado 28 de diciembre por la noche, en Monsey, Nueva York, Grafton Thomas entró a la casa de un rabino ortodoxo donde se estaba llevando a cabo una celebración por la séptima noche de Janucá y comenzó a apuñalar a los presentes con un machete. Dejó cinco heridos, algunos de gravedad. El hombre luego intentó continuar la agresión en una sinagoga cercana, pero la encontró cerrada y no pudo. Fue detenido. Días antes de llevar adelante su agresión, Thomas había buscado en internet cosas como “¿por qué Hitler odiaba a los judíos?”, “Templos judíos alemanes cercanos” y “Templos sionistas”.

Este es el noveno ataque antisemita en tan sólo una semana en la Ciudad de Nueva York. Por ejemplo, en Manhattan, en Navidad, un hombre golpeó y pateó a un judío ortodoxo de 65 años. Dos días después, en Brooklyn, una mujer golpeó a otras tres al grito de “me cago en los judíos”. A principios de esta semana, también en Brooklyn, otra mujer atacó a una judía frente a su hijo de 3 años gritándole “judía, tu fin se acerca”. A mitad de mes, una joven israelí fue agredida física y verbalmente en el subte por otra pasajera que además revindicó el ataque contra un mercado kosher en Jersey City que dejó 4 muertos y lamentó que “no hubiesen matado a todos los judíos”. La víctima grabó el altercado en video. Los ataques no empezaron en diciembre: en mayo, un hombre hispano agredió a dos niños judíos en la calle y luego le lanzó insultos antisemitas y un escupitajo en la cara a otro hombre, que filmó todo el hecho.

Los delitos de odio antisemitas en la ciudad de Nueva York aumentaron un 90% en comparación con 2018, según el departamento de policía de la ciudad. Y estos son datos de junio, muy anteriores a esta nueva ráfaga de incidentes que dejó un saldo de casi un ataque por día en el mes de diciembre. Si bien muchos de los delitos reportados son actos de vandalismo, como grafitis de esvásticas en sinagogas o cementerios, en los últimos meses ha habido un aumento alarmante en los crímenes violentos, especialmente contra ortodoxos, en los vecindarios de mayor presencia judía como Boro Park, Williamsburg y Crown Heights.

Según el FBI, desde 1995 los judíos han sido más víctimas de crímenes de odio en Estados Unidos que cualquier otro grupo. Las fuentes son diversas: aunque los supremacistas blancos fueron responsables de los ataques más violentos en los últimos dos años, como la masacre en la sinagoga Tree of Life, el mayor atentado antisemita en la historia del país, la mayoría de los ataques en Nueva York y el de Jersey City, han sido cometidos por afroamericanos o miembros de otras minorías raciales. El antisemitismo también crece a pasos agigantados en los campus universitarios del país, sobre todo a manos de estudiantes que apoyan el BDS u otros movimientos antisionistas.

Sin embargo, algo que ha quedado particularmente en evidencia tras esta oleada de crímenes de odio en Nueva York es que a parte del pensamiento progresista americano le resulta sumamente difícil lidiar con esta diversidad en los agresores de judíos dado que, cuando el antisemitismo no proviene de supremacistas blancos o activistas de derecha, no alcanza a comprenderlo o a tomarlo con la seriedad que merece. El hecho de que la mayoría de estos ataques hayan sido perpetrados por minorías étnicas hace que incluso muchos hayan terminado justificándolos o restándoles importancia.

Por ejemplo, el alcalde Bill de Blasio, en junio de este año, consultado sobre el mencionado aumento en un 90% en los crímenes judeófobos en comparación con el año anterior en la ciudad que gobierna, afirmó que el antisemitismo era un “movimiento de derecha” y rechazó que la izquierda jugase algún papel en la discriminación contra los judíos a pesar de que ninguno de los crímenes a los que se estaba haciendo referencia había sido cometido por alguien de derecha.

Por otra parte, en una nota de octubre de 2018 para el New York Times, Yana Paskova reconoció que el antisemitismo en Nueva York suele ser pasado por alto en lugar de ser considerado un problema grave porque no encaja en la narrativa progresista dado que prácticamente ninguno de los agresores está asociado a la extrema derecha. El mismo artículo menciona que en la ciudad, para ese entonces, había habido cuatro veces más crímenes contra los judíos que contra los afroamericanos y veinte veces más que contra las personas transgénero. A nivel nacional, las cifras no son mucho mejores: según datos del FBI de 2018, los judíos tienen casi 3 veces más chances que un afroamericano y más del doble que un musulmán de sufrir un crimen de odio en Estados Unidos. Sin embargo, los ataques antisemitas tienen bastante menos cobertura y atención de parte de los medios en relación con los cometidos contra los otros grupos.

Asimismo, en su editorial del pasado 11 de diciembre contra el reciente decreto de Donald Trump de considerar al judaísmo como un pueblo en vez de como una religión, el propio New York Times reconoce que existe antisemitismo en los campus universitarios, que éste está conectado con el activismo de izquierda y que la decisión de Trump busca luchar contra eso, pero al mismo tiempo afirma que la acción del presidente es mala porque el verdadero antisemitismo proviene de los supremacistas blancos. En otras palabras, pareciera que está mal enfocarse en los tipos de antisemitismo que son atribuibles a la izquierda y que sólo hay que mirar “el verdadero”, es decir, el que está relacionado a Trump, la derecha y el supremacismo blanco.

Sin ir más lejos, cuando la judeofobia proviene del progresismo o de grupos defendidos por éste, muchas personas terminan incluso culpando a las víctimas. Por ejemplo, frente al ataque en Jersey City, una publicación en el New Yorker sugirió que la violencia se debía al “influjo de ortodoxos” en la ciudad. En esta misma línea, grupos de vecinos afirmaron que “si no viniesen (los judíos) a vivir a Jersey City, estas cosas no pasarían” y “saquen a los malditos judíos de aquí”, entre otras cosas.

Este tipo de comentarios también inundó las redes sociales, donde se acusó a los ortodoxos de “invadir” el barrio y generar así rispideces con la comunidad afroamericana debido a que su presencia presuntamente aumentaba la “gentrificación”, es decir, el precio de las viviendas. Incluso una miembro de la Junta de Educación Pública de Jersey City, Joan Terrell-Paige, justificó el ataque y culpó a los judíos por el mismo, afirmando que eran unos “brutos” que compraban demasiadas casas en la zona. La funcionaria fue más allá y aseguró que había que ser “valientes” y focalizarse en el “mensaje” de “sufrimiento de la comunidad negra” que habían querido mandar los asesinos. Diversas autoridades le han pedido la renuncia desde entonces pero Terrell-Paige no aceptó y ni siquiera pidió disculpas.

 

Por otra parte, tras los hechos del sábado en Monsey, al conocerse que el atacante era nuevamente afroamericano, activistas de izquierda se apresuraron a afirmar que todo era “más complejo”, que “nadie merece ser atacado, pero los judíos no se asimilan”, “amo a los judíos, pero construyen asentamientos, se reproducen mucho y viven del Estado”, “los judíos ortodoxos son racistas y muy capitalistas” y que en realidad el problema es el supremacismo blanco.

 

Algunos fueron incluso más allá: tras el anuncio de De Blasio de que se dispondría de una mayor presencia policial para custodiar los barrios judíos frente a la alarmante ola de ataques, prominentes activistas del progresismo estadounidense protestaron porque, argumentaron, la policía es mala con las personas de color. Es decir, para ellos no era justo que las personas de color, el grupo al que pertenece la mayoría de los atacantes antisemitas en la ciudad, sufrieran por culpa de los molestos judíos que necesitan protección contra ellos.

Este fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos. En Francia, por ejemplo, los medios de comunicación, funcionarios de justicia y políticos, han callado y excusado numerosos ataques antisemitas cuando éstos eran cometidos por musulmanes. Shmuel Trigano, un estudioso del antisemitismo en el país galo, afirmó que entre 2000 y 2002, se mantuvieron en silencio más de 500 de estos casos y, para un ejemplo más reciente, frente al asesinato de Sarah Halimi a manos de un inmigrante musulmán en abril de 2017, los medios de comunicación franceses estuvieron semanas sin denunciarlo porque Francia estaba en medio de una campaña presidencial y se buscaba evitar que ese hecho pudiese darle más votos a la candidata islamófoba Marine Le Pen. Recientemente, Kobili Traoré, el asesino de Halimi, fue confinado a un centro psiquiátrico porque la justicia consideró que no puede ser criminalmente responsable dado que “actuó bajo los efectos de la marihuana” (sic), a pesar de que entró al departamento de su víctima al grito de “Alá es grande” y recitó versos del Corán mientras la golpeaba salvajemente hasta matarla, para luego arrojar su cuerpo por la ventana.

Por otra parte, en Suecia, un estudio de 2013 mostró que el 51% de los incidentes judeófobos fueron cometidos por musulmanes, el 25% por extremistas de izquierda y sólo el 5% por extremistas de derecha. Sin embargo, los políticos suecos, que no tienen problema en condenar el antisemitismo llevado a cabo por los derechistas, no son capaces de hablar en contra de los crímenes de odio cometidos por miembros de otro grupo minoritario en un país que se enorgullece de dar la bienvenida a las minorías y los inmigrantes. El miedo a ser acusado de intolerancia paraliza a muchos políticos y periodistas a la hora de abordar adecuadamente el odio hacia los judíos y muchos incluso terminan usando de excusa a Israel para justificar la violencia. Por ejemplo, tras los ataques terroristas en París en noviembre de 2015, la ministra de Asuntos Exteriores de Suecia, Margot Wallstrom, dijo que el radicalismo entre los musulmanes europeos era una situación similar a la de “los palestinos” ya que “ven que no hay futuro y entonces recurren a la violencia”.

Para entender por qué cierta izquierda se paraliza y queda en offside cuando los judíos son atacados por otras minorías y no por los clásicos nazis, es necesario entender el gran mantra que crece a pasos agigantados en los círculos progresistas en Occidente: el interseccionalismo. Este puede resumirse en la idea de que todas las formas de opresión están vinculadas entre sí, pero en los hechos termina funcionando como una suerte de sistema de castas en el que los individuos son juzgados de acuerdo a cuán oprimidas hayan sido a lo largo de la historia las identidades a las que pertenecen. De esta manera, la interseccionalidad construye una visión maniquea del mundo, en el que éste se divide entre “nosotros” y “ellos”, opresores y oprimidos.

Dada esta jerarquía, uno podría imaginar que el judío, uno de los pueblos más perseguidos de la historia -sino el que más- debería caer en la categoría de “víctima”, pero no: los judíos son vistos cada vez más por la izquierda como “blancos”, “privilegiados”, “capitalistas” y, por su apoyo a Israel, “colonialistas”, por lo que caen en la categoría de “opresores”. Esto es fundamental ya que para quienes tienen una mirada interseccional del mundo nada de lo que hagan quienes caen en la categoría de “opresores” estará bien y todo aquello que hagan los “oprimidos” será entendible y justificable. Por eso es que, desde esta perspectiva, el hecho de que el Estado de Israel respete los derechos de la comunidad LGBT es una “pantalla” para tapar la opresión contra los palestinos mientras que el terrorismo palestino es “resistencia” a la “ocupación sionista”. De esta misma forma, la violencia por parte de afroamericanos u otras minorías contra judíos se debe a que los ortodoxos son capitalistas que compran casas y hacen aumentan los precios de las viviendas o a que los judíos entrenan a la policía que mata gente de color.

En este marco, al progresismo interseccional le resulta sumamente difícil comprender los actos que no encajan en esa concepción dicotómica y simplista del mundo, donde los buenos y los malos son perfectamente distinguibles e identificables en cada escenario ¿qué pasa cuando uno de los “buenos” ataca a uno de los “malos”? ¿o cuándo los “buenos” se matan entre sí? ¿de quién es la culpa? ¿a quién o qué hay que condenar? En esta encrucijada se vio envuelta por ejemplo la diputada Rashida Tlaib -de frondoso historial antisemita- quien inicialmente pensó que el ataque en Jersey City había sido perpetrado por supremacistas blancos, por lo que, dado que el crimen encajaba perfectamente en la narrativa interseccional donde los blancos son la categoría más mala de todas y un peligro que acecha a todas las minorías por igual, salió apresuradamente a condenar a esa ideología: “el supremacismo blanco mata”, exclamó en Twitter. Pero cuando finalmente supo que en realidad el asesino había sido un afroamericano, eliminó el mensaje y estuvo muchas horas callada hasta que finalmente puso otro donde condenaba el “odio” en Estados Unidos en general.

Otro ejemplo de esta lógica puede verse en este artículo de Jay Michaelson para The Daily Beast, donde el autor argumenta que si bien es cierto que muchos atacantes afroamericanos creen en teorías de conspiración similares a las de la derecha nacionalista, es necesario tener en cuenta que el contexto socio-económico y las relaciones de poder entre agresores y agredidos son distintas. Concluye culpando de toda la violencia a Donald Trump.

En suma: para cierta izquierda, los judíos son más privilegiados que, por ejemplo, los negros, los musulmanes, los hispanos y los palestinos. Entonces la violencia que se cometa contra ellos por parte de algún integrante de esas otras minorías o en nombre de la defensa de esos grupos es de alguna manera justificable, entendible y/o no tan grave. El verdadero antisemitismo, argumentarán, el que debería preocuparnos, es aquel que es cometido por miembros de una categoría de opresores situada por encima de los judíos, es decir, el supremacismo blanco. Así, las únicas violencias que terminan importando para esta perspectiva son aquellas donde el agresor está situado por encima del agredido en la escala interseccional. Cuando esto no es así, “es más complejo”.

El odio hacia los judíos no es ni debería ser jamás tratado como algo asociado exclusivamente a una ideología particular: nada ha hecho más daño a la lucha global contra el mismo que los repetidos intentos febriles de asignarle un partido político. Todo este empeño por parte de partidarios de una ideología de limpiar a la misma de todo rastro de antisemitismo y atribuírselo todo a la contraria (“el antisemitismo es un movimiento de derecha”, “el verdadero antisemitismo es el que proviene del supremacismo blanco”) son ejemplos de lo mismo: de una negativa creciente a denunciar los prejuicios antijudíos de los propios.

Esto por supuesto no es exclusivo del progresismo: el pasado abril, el presidente ultraderechista de Brasil, Jair Bolsonaro, afirmó nada menos que en Yad Vashem que “los nazis eran de izquierda” mientras que Donald Trump sugirió en agosto que los judíos americanos que votan al Partido Demócrata (o sea, la mayoría) son “desleales” a Israel. Por otro lado, la derecha israelí, muy preocupada, con razón, por el antisemitismo de la izquierda norteamericana o europea, calla por completo frente al de la derecha húngara o polaca, países con los cuales el primer ministro Benjamín Netanyahu ha forjado una alianza. Partidizar el antisemitismo provoca esto: que muchos lo condenen sólo cuando es cometido por ajenos y lo pasen por alto y lo excusen cuando proviene de los propios.

La judeofobia es anterior a la izquierda y la derecha modernas. Infectó a todos, desde Hitler hasta Stalin. Desde Linda Sarsour hasta David Duke. Desde Pérez Esquivel hasta Viktor Orbán. Desde blancos hasta afroamericanos. Ninguna comunidad o ideología es inmune. Los intentos de fijar el odio en una parte específica del espectro político o racial son intentos de disculpar a aquellos ideológicamente afines a costa de la vida de los judíos.

Durante décadas, Israel y las instituciones judías en el mundo han trabajado arduamente para que la lucha contra el antisemitismo y el apoyo a Israel no sean algo partidario sino transversal a todos los sectores políticos e ideologías. Excusar el antisemitismo cuando no proviene del supremacismo blanco o condenarlo sólo cuando lo lleva adelante Ilhan Omar significa que el odio hacia los judíos no es lo que realmente importa, sino que sólo se busca utilizarlo convenientemente para atacar al adversario político de turno. Quienes partidizan el antisemitismo lo conciben simplemente como una herramienta política para lanzar contra sus enemigos en lugar de una ideología de odio que debe ser condenada siempre y en todo lugar. La seguridad de una comunidad no debería ser un tema partidario y mucho menos un arma electoral.

Mientras demócratas y republicanos se arrojan la pelota del antisemitismo unos a otros, los judíos siguen siendo atacados en sinagogas por supremacistas que los creen culpables de una conspiración mundial para reemplazar a la raza blanca, en los campus universitarios por estudiantes que los acusan de ser cómplices del sufrimiento palestino, y en las calles de Nueva Jersey y Nueva York por otras minorías raciales que los creen, entre otras cosas, culpables del aumento del precio de la viviendas o de la brutalidad policial contra los afroamericanos. Los incidentes son tan comunes que un joven jasídico neoyorkino, luego de ser golpeado en la calle en enero de este año, afirmó que “mi abuelo sobrevivió a los gulags de Stalin, a mí sólo me dieron un puñetazo en la cara. Es parte de ser judío”. Es tiempo de que deje de serlo. Y, para ello, un buen primer paso sería empezar a condenar el antisemitismo con la firmeza que merece allí donde sea que exista y sea quien sea que lo ejerza.
 
 
 

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