Eduardo Kohn

Eduardo Kohn

Dr. en Diplomacia, egresado de Facultad de Derecho de UDELAR. Director de B'nai B'rith para América Latina.

Columna de opinión

El acento en lo esencial

Publicado como nota de opinión también en "El País"

La historia no comenzó ayer, ni termina hoy. La relación entre pueblos se da en el tiempo y nunca es lineal, pero es imprescindible tener una mirada serena, racional por encima de lo emocional, porque eso es lo que hace el vínculo más duradero y respetuoso, y por consiguiente más afectuoso.

Enrique Rodríguez Fabregat fue Edil, Diputado por cuatro períodos, Senador, Ministro, miembro del Consejo Nacional de Gobierno y Embajador en Austria y México y ante la Organización de Naciones Unidas durante 14 años.

Como Embajador, y siguiendo el mandato del Presidente Luis Batlle Berres, Rodríguez Fabregat fue decisivo, por acción y convicción en la creación del Estado de Israel.

En una de sus memorables exposiciones en la ONU, Rodríguez Fabregat señalaba: “Ambos pueblos están maduros para la independencia. No estamos aquí para dar lecciones de organización a dos pueblos en su infancia, dos pueblos cuyos destinos están comenzando. El esfuerzo judío en Palestina es, en muchos aspectos, ejemplar. Y la habilidad de los árabes de forjar su propio destino a través de su trabajo, su iniciativa y su coraje es demostrado no solo por sus logros sino también por su pasado glorioso”.

Y agregó: “aquellos de nosotros que estamos votando esta Resolución no estamos votando en contra de ninguno de estos dos pueblos, sino a favor de ambos, de su progreso, de su desarrollo cívico, del avance dentro de la comunidad de naciones”.

Allí se cimentó una amistad fundacional entre dos países, que ha podido trascender los vientos de la historia. En 1955, Rodríguez Fabregat dijo que el nacimiento y la existencia de Israel constituían sin duda “uno de los hechos más trascendentes de la vida internacional en los tiempos modernos”; y, desde la perspectiva de la tan antigua historia judía, la independencia estatal constituía “una afirmación de conciencia humana”. El apoyo uruguayo en las Naciones Unidas a la creación de un Estado judío, significó “más que una actitud y un voto”.

Ya en 1970, después de la Guerra de los Seis Días, y en el comienzo de tendencias de bloques muy enfrentados en el mundo y con hostigamiento a Israel, le preguntaron a Rodríguez Fabregat su opinión sobre resoluciones unilaterales de condena a Israel en Naciones Unidas. Contestó que la ONU seguía siendo una organización fundamental que debería abocarse a la solución del problema del Medio Oriente.

La pregunta que no cabía plantear era qué podía hacer la ONU, sino “¿Qué podemos hacer nosotros por las Naciones Unidas?”, puesto que la ONU pertenecía a todas las naciones, pese a la tendencia de que sirviera los intereses de las superpotencias.

Y citó a Golda Meir: “Yo puedo perdonar a los árabes que matan judíos, pero no puedo perdonar a esos árabes que obligan a los judíos a matar árabes”.

En los 50 años posteriores, varias predicciones del gran diplomático y político uruguayo quedaron en pie.

Ni a las potencias de entonces ni a las que se fueron sumando, se les ocurrió preguntarse qué podían hacer por Naciones Unidas, y hoy, sus foros y agencias son funcionales a intereses, y nulos para resolver los grandes dramas.

Hoy, Rodríguez Fabregat repetiría, con tristeza, la frase de Golda Meir, aunque vería un ventanal de esperanza con los nuevos acuerdos de paz firmados hace dos semanas entre Israel y países árabes, que se suman a los existentes con Egipto y Jordania.

La amistad fundacional entre Israel y Uruguay no la erosionó el tiempo, pero tuvo que esquivar piedras que fueron apareciendo en el camino.

El caso es cómo actuar al esquivar obstáculos y cómo hacerlo cuando hay hechos positivos. La actitud ante esos casos, es fundamental para apuntalar el mejor relacionamiento.

A las fortalezas instauradas en 1947 no las han derrumbado en lustros recientes, infelices incitaciones que quizás creyeron hacerle bien a un conflicto, incendiando praderas en lugar de seguir el camino trazado 70 años antes, cuando Uruguay fue decisivo en la ONU porque vio la madurez de las partes para generar Estados y paz.

Hoy, Uruguay deberá ser nuevamente un faro en América Latina para iluminar a quienes no ven que los acuerdos de paz se irán sumando. Y entender y dar a entender que cuando los organismos internacionales no ayudan e incitan, ofenden y lastiman.

Reaccionar con prudencia ante lo malo y también lo bueno, porque la exageración de respuestas no ayuda, sino complica. La amistad fundacional volverá entonces a sus bases originales y se retomará lo que Rodríguez Fabregat dijo entonces: que más que una actitud y un voto, la existencia de Israel para Uruguay es una afirmación de conciencia humana.

Eduardo Kohn
(3 de Octubre de 2020 a las 15:58)

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Fuente: Comisión Rodriguez Fabregat

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