Friedrich Perschak

Friedrich Perschak

Lector, muy lector.  Desde hace años participo de talleres de escritura y lectura.  Estudiar Tora me lleva de la mano a mi identidad judía. Desde que me acuerdo, he leído.  En un verano, cuando tenía 9 años, mi padre nos dio a mis hermanos y a mí, libros para leer en la hora de la siesta;  ese fue el verano de Stefan Zweig. Desde ese momento mi relación con la literatura nunca se rompió. Todos los libros son buenos para ser leídos, todo lo vivido para ser narrado y para ser visto en el cine. La comunicación literaria como mi forma de vida.

Columna de opinión

Arena fina

Ahí, sentada en el muro de la playa, sacando con las manos la arena de los pies, se da cuenta en qué resultó su vida; en ese momento tan fugaz  como sacudir  la arena fina de entre los dedos se percató que no se había cumplido ninguno de todos aquellos planes que un día había imaginado.

Así, con los rulos deformes de su pelo canoso y largo, las uñas despintadas, las verrugas del cuello, los rollos de la panza, que la hacen aún más gorda cuando está sentada con una pierna cruzada, y con sus dos hijos corriendo cansados, esos hijos de un padre con el que casi no habla; se maldijo por haberle hecho caso a su madre.

Ahora está sola, se siente sola, tan sola como ese niño que espera en la puerta de la escuela a que lo vayan a buscar y nadie va por él; como esa niña que en su casa, imagina como habrá sido ese baile, al que nadie la invitó a ir, como la que se queda a cuidar las cosas de sus amigas en la playa, porque no se anima a ir al agua y que la vean en malla; sola y tan cansada de esa vida ordinaria y vacía;  mira con asco su imagen reflejarse en los autos que pasan veloces por la rambla.

Antes, cuando en el liceo 26 competía por las notas con Fernanda Alonso, nunca pensó que iba a terminar así.

Con el peso de sus pensamientos corre hacia sus hijos, los toma de las manos, y apretándolas con fuerza cruzan la rambla, caminan las tres cuadras hasta la parada de ómnibus. Cuando llegan por fin a la casa de su madre, le deja a sus lindos hijos y después de subir los dos pisos por escalera para llegar a su casa, se encierra en el baño.

Su esposo, siempre al llegar, da algún grito por algo sin importancia; ese señor ahora mayor, diecisiete años más grande que ella, que un día su madre le presentó en la calle, con el que se casó tres meses después, porque sino nunca iba a conocer a otro hombre que la mirara. “Sos muy gordita, nena”, le dijo su madre, “aprovechá, con tu carita, está es tu única oportunidad”. Y ella la aprovechó, se casó con alguien sucio, rancio, egoísta y mala gente, sólo para no ser una gordita solterona y ganarle a su amiga Fernanda en ser  la primera en estar casada.

Pero sus planes escolares eran otros: quería estudiar derecho, ser una abogada de familia y defender a toda mujer maltratada que se le cruzara y casarse después de haber hecho su postgrado en México, y tener dos hijas,  Magdalena la mayor, Laura la otra, se bajaría de su auto, comprado con su dinero, a tomar sol en bikini en alguna playa del este, y después de una tarde de calor junto al mar, en su casa, la esperaría su esposo, con el mate recién preparado para tomar juntos. Pero la cosa había sido diferente.

Se mira en el espejo, durante mucho tiempo, no ve nada en especial; sus ojos fijos en un sitio imaginario de su vida, en ese momento en el cual desaprovechó todo en el afán de no ser una mujer sola. En el punto exacto en que creyó que nunca iba a ser como ella quería.

Se casó virgen, de blanco y sin amigas a su alrededor, su madre era la única contenta en esa ceremonia. El vestido le apretaba, lo habían comprado hecho y en los últimos días había comido más de la cuenta, así que al casarse  pesaba 89 kilos, 15 menos que ahora. Le quedaba largo, por eso al dar las siete vueltas alrededor de su futuro esposo, pisó dos o tres veces el borde de encaje que arrastraba por la alfombra roja. Eso su flamante esposo se lo recuerda en toda oportunidad, sin motivo aparente le repite, que era una heladera blanca enorme, que no sirve para nada.

A la noche, después de subir por primera vez los dos pisos hasta su nueva casa, después de cambiarse, su ahora marido salió del cuarto con su almohada bajo el brazo para dormir solo en el sofá del living.  Cuando  por fin  decidió acostarse junto a ella, fue horrible; se sintió violada y no supo si gritar, llorar o pegarle a ese tipo que tenía sobre ella. Sangró y nueve meses después, la única que estuvo contenta con el nacimiento de Walter fue su madre.  Tenía a su primer nieto y la hija tenía la confirmación de que su pesadilla era verdadera.

Con la mirada fija, sin siquiera poder pestañear, decidió que eso se terminaba ese mismo día, que cuando el padre de sus hijos llegara no la iba a encontrar, que iba a hacer un bolso con un poco de ropa y corriendo bajaría los dos pisos por escalera, tomaría  un taxi para el primer lugar que se le ocurriera: no vería más a sus hijos ni a su madre con tal de ser ella. Por aproximarse a sus lejanos planes era capaz de perder lo único que tenía hasta entonces: el placer de contestar ante la pregunta de: ¿estado civil?, casada.

Pero eso significaba muy poco.

Así que repasó lo que iba a poner dentro de la valija. Dejaría una carta a su esposo diciendo que lo esperaba ver cuando el juez los citara para dar fin a su matrimonio, que no la buscara porque no pensaba volver a verlo nunca más, que lo odiaba y que si no se iba esa misma tarde estaba segura de que lo mataría cuando acostado en el sofá, sus ronquidos la despertaran. Que su madre no sabía nada de esa decisión y que él era el responsable de su miserable vida.

Ya sabía dónde la dejaría el taxi, seguro que su amiga del liceo Fernanda la recibiría en su casa por unos días, la había visto en la última reunión de ex compañeros. Se habían sorprendido todos al saber que yo estaba casada y que tenía dos hijos. En cambio Fer aún estaba soltera, no había terminado la universidad y ahora tenía un negocio de lencería donde necesitaba una empleada de confianza, así que era el momento justo para pedir su ayuda.  A  ella le encantaba la idea de su nuevo empleo de vendedora de bombachas de encaje y sutienes de suave elástico que no dejan marcas en la espalda.

Lo tenía todo pensado.

Se dio un baño, el último en ese baño de cortina de plástico llena de hongos, se secó con una toalla gastada y al abrir la puerta hacia la primera escala de su nueva libertad, escuchó los pasos que ese, su esposo, hacía al llegar.

Trancó la puerta. Cuando él trató de entrar no pudo, así que pegó un grito, diciéndole que tenía hambre, que  saliera que tenía que cagar y que le preparara la comida. 

Ella volvió a verse por última vez en el espejo, ese mismo que había mirado toda la tarde. 

Se dio vuelta una vez más, abrió la puerta y le preparó la comida. 

 

 

Friedrich Perschak
(1 de Febrero de 2021 a las 09:38)

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