En comunidad

Rulo Stolowicz, una historia judeo-uruguaya desde Piriápolis

Por Ionatan Was

En el 2017, Rulo con sus dos hijos , su yerno Robby y sus nietos Ari, Manu y Fede

 

 

La entrevista no duró ni media hora en confirmarse. Fue cuestión de preguntarle al hombre si andaba de ánimo para contar su vida. Y dijo que sí, que cómo no. Entonces, sólo quedaba apersonarse hacia la casa, sobre la avenida Piria, casi frente por frente con el Devoto de Piriápolis. Fue el jueves de ocho días atrás.

En la calle hay gran movimiento: autos que pasan, gente que camina, motos, bicicletas. Toco timbre y mientras espero, me fijo en los detalles: casa muy sencilla, techo a dos aguas, muros de ladrillos encalados. De repente alguien abre la puerta. Se asoma un señor muy mayor.

            —¿Usted es Rulo Stolowicz?

            —El mismo.

            —Vengo por lo de la entrevista. 

            Así que pasamos al estar, que está junto a la cocina en un solo espacio. Las persianas están bajas y la oscuridad es casi total, salvo por una lámpara que ilumina en penumbras. Y es que Rulo no soporta mucho la luz. A sus noventa y un abriles, no está para andar en la playa o paseando por ahí: mejor quedarse en casa. Tal vez por eso es que viste de vaquero, camisa y zapatos, muy ajeno a los treinta grados de afuera. En la tele pasan un partido, pero no tiene idea de cuál es.

            —¿Dónde va a salir la entrevista? —quiere saber.

            —En el Semanario Hebreo. Me dijeron de usted que es un “judío atípico”.

            De repente alguien toca timbre. Es una señora de la comisión del Country de Piriápolis, de la que Rulo es socio. Al parecer vino a cobrar la cuota. Rulo le entrega un billete y le promete que para la que viene, le dará el resto. La señora le dice que está bien, y se despide con un saludo cordial.

            Entonces, y sin que le pregunte nada, el Rulo se pone a contar:

—A fines de los cuarenta, cuando (Menájem) Beguin vino a Uruguay, yo fui a visitarlo. Fui con Féigale, la esposa de Erdman —y señala al hombre en cuestión, en una de las fotos de la última edición del Semanario. Y luego, uniendo temas, se pone a evocar la amistad con los Erdman, la fábrica de camisas y la tragedia del Alíscafos.

Vale decir que Rulo es un fiel seguidor del Semanario Hebreo, pese a vivir en Piriápolis. Cada sábado espera con ansias la visita de la hija, que siempre le trae el último número.  

            Trato de ordenarlo un poco y le pregunto bien el nombre, y él lo deletrea: “A-J-Z-Y-K. Ajzyk. Ajzyk Stolowicz. S-T-O-L-O-W-I-C-Z. Poné entre paréntesis Rulo”.

            Ajzyk nació en Polonia el 20 de abril del año 29, en un pueblito de la región de Galitzia cuyo nombre, de tan intrincado, es imposible de repetir. Era el menor de seis hermanos, aunque uno falleció prematuramente, sin que Ajzyk hubiera nacido. Su padre Moishe Eleazar, clasificador de lanas, fue el primero en venir a Uruguay, en el mismo año 29. Luego vino José, en el 34. Y por último llegaron los otros, la madre Golde con los hijos (tres varones y una mujer), entre marzo y abril del 36, “cuando iba a ser Pesaj”.

            —¿Cómo fue aquel derrotero?

 

Rulo hace una pausa para recordar ciudades y puertos. Y de repente exclama “¡Danzig!”: una de las ciudades donde hicieron escala, en el confuso límite entre Alemania y Polonia. En Inglaterra abordaron el buque Asturias, donde Ajzyk probó la banana por primera vez —y lo recuerda con una sonrisa.

—Fuimos compañeros de viaje de los Olesker, ¿te suena?, Bernando Olesker, Isaac Olesker y otro hermano que no me acuerdo…

—¿Óscar?

—…Óscar Olesker, y también la hermana. Más adelante Óscar vivió al lado nuestro, Porongos entre Blandengues y Domingo Aramburú, corazón de Villa Muñoz.

La mención de esta familia lo lleva a los recuerdos de barrio. “En Porongos y Blandengues estaba la pescadería del viejo Olesker, de cuyo nombre no me acuerdo; iba al shil de Inca. Porque estaba la sinagoga de la calle Democracia, que era de polacos no galitzianer (originarios de la zona de Galitzia en Polonia), mientras los de Inca sí eran galitzianer, y ahí el viejo Olesker era el gaber. Me acuerdo que repartía el pescado en un carro de cuatro ruedas y nos llevaba a pasear a los chiquilines; yo tendría seis o siete años”.

Rulo fue a la escuela Colombia, por entonces en la calle Blandengues entre Arenal Grande e Inca. “Ahí en primer año la maestra María Esther me bautizó Rulito, por eso el apodo Rulo. Y es que la maestra no sabía decir mi nombre, y como yo tenía rulos, me puso así”. Además de la escuela común (“la cristiana”), de tarde iba a la escuela Theodoro Hertzl, en la calle Blandendgues esquina Porongos, a la vuelta de la casa, donde aprendió temas relacionados a tradición judía.   

Mientras tanto, el padre debió dejar un negocio de lana, para entonces demudar en cuéntenik, vendedor ambulante judío. La mamá Golde siempre fue ama de casa, para encargarse de los niños y los adolescentes; falleció joven, a los cincuenta y seis años. De modo que además de Moishe y Golde, en la casa vivían José, Simón, Enrique, Ermiña (Míndale) y el más joven de todos, Ajzyk.

Que terminó la escuela y entró al liceo; el José Pedro Varela, en Eduardo Acevedo y Guayabos. Y que al mismo tiempo empezaba a acompañar al padre a vender cachivaches por los barrios montevideanos. Hizo liceo hasta cuarto, justo cuando arranca con otras labores bien distintas, ahora en una curtiembre, en Pando. “La curtiembre de los Fogel, que también tenían mueblería”. Luego trabajó en otra curtiembre también en Pando —“de unos judíos húngaros”— pero apenas duró un par de meses, hasta que finalmente lo llamaron de una peletería, lo que le venía bien, para no tener que ir demasiado lejos.

En aquel tiempo, con la familia se había mudado a otra casa, en Constitución entre Blandengues y Amézaga. “Todos eran judíos”, dice de los vecinos de barrio. En esas vueltas conoció a José Jerozolimski, más tarde fundador de Semanario Hebreo, y a quien recuerda de esta manera: “Él iba al Hanoar y yo al Betar. Y nos pasábamos discutiendo, siempre de noche. Él salía del Hanoar (los alguemeine sionistas) y yo del Betar y nos juntábamos. Me acuerdo que vivía en la calle Emilio Reus, entre Blandengues y Marcelino Berthelot, frente a lo de un matarife judío medio loco, que salía a bailar con el tales a la calle. La cuestión es que con José conversábamos mucho, temas de Israel, la aliá, y cosas del estilo”. 

El Betar entonces quedaba por Paraguay y Durazno, a la vuelta de lo que era la Kehilá. Y también tenía una sub sede en Villa Muñoz, a tres cuadras de la casa de Rulo. Fue en dicha sede que Rulo llegó a ser madrij, cuando varios de los compañeros se fueron al naciente estado de Israel, en 1948, a pelear por la independencia.

Ya se había metido a trabajar con sus hermanos José y Simón. Una fábrica de tejidos, a media cuadra de lo que es hoy el Mercado Agrícola. “Trabajaba muy bien”, recalca.

El relato se interrumpe sin anuncio, y es que Ajzyk va a buscar un álbum. Vuelve y muestra una foto del Kadima, de cuando tenía veintipico de años; una fiesta de sábado de noche. Adelante, de cuclillas, las mujeres, con sus vestidos enormes. Y detrás, parados, los hombres, casi todos estudiantes universitarios, traje oscuro, camisa blanca, peinado con gomina. El Rulo los señala uno a uno, y recuerda varios amores que ahí nacieron, como el suyo propio. Fue con Juanita. Juanita Deutcher, nueve años menor, hija de madre berlinesa y padre austríaco, judíos ambos.

Se hicieron novios en el 55, Ajzyk y Juanita, y dos años más tarde se casaron, aunque Rulo no recuerda bien dónde. Lo que sí sabe y muy bien, es que por ese tiempo decidió separarse de los hermanos. Una diferencia por una sociedad, el motivo principal. “Me retiré en abril del 58 y me vine a Piriápolis”, resume.

—¿Por qué Piriápolis?

—Porque veníamos en los veranos y los fines de semana. Eran los tiempos en que Piriápolis era Piriapolska, ¿sabías? Piriápolis era el balneario judío. Veníamos en ómnibus, y a veces en auto; pasábamos por Pan de Azúcar.

La cuestión es que Rulo le arrendó unos campos a un “viejo italiano llamado Bartolomeo, el dueño de los cigarros Fiume, de la calle Cerrito”. Estos campos sumaban unas setecientas hectáreas, y se ubicaban pasando los Arrayanes, camino de Punta del Este. “No quería estar allá en Montevideo, y el campo me encantaba”, señala. Claro que había ganado algo de plata en el trabajo, más una liquidación que le dieron los hermanos. Y con todo esto se trajo desde Paysandú un par de centenas de novillos, “a ochenta y ocho pesos cada novillo”. Y así se fue haciendo el tambo, donde vivió con otros ordeñadores, mientras que la mujer y los hijos quedaron cerca, en una casa en el centro de Piriápolis. “Trabajaba como un bicho”, exclama Ajzyk, que además del tambo y los animales, también se había comprado una camioneta, para llevar la leche a Pan de Azúcar, adonde pasaba el tren. En el interín y con pocos meses de diferencia, nacieron los hijos, ambos en el hospital Italiano de Montevideo: Claudio (año 59) y Gabriela Golde (60). Claro que, a los dos, enseguida de nacer, se los trajo a Piria.

 Rulo no puede con su genio y frena la charla para mostrar una foto al azar. Esta vez es de una moshavá del Betar, en la rambla de Piriápolis. En blanco y negro. Al reverso de la foto aparece el detalle, escrito a lápiz y en letra cursiva: Moshavá Betar – Cabalgata al Cerro del Toro – enero 46, Piriápolis. “Ahí me enamoré de Piriápolis y ya supe que iba a ir a vivir ahí, mis hermanos me decían que estaba loco”. Luego muestra más fotos, más lugares, nombres, recuerdos que le invaden la mente.

Pero la vida idílica en Piriápolis se terminó un día. Fue en el 64, cuando Juanita, algo ‘celosa’ del tambo, le pidió a Ajzyk el divorcio. Y él, aunque en desacuerdo, aceptó en buenos términos, con lo cual debió separarse de los hijos todavía más. Y para colmo, un par de años después perdió el campo. Al parecer, una mala maniobra del abogado.

1964- Con sus hijos  Gabriela y Claudio en el campo

 

Siendo el año 66 se encontraba solo y sin el campo, y todavía un poco enamorado de Juanita, que nunca más quiso saber nada, y que se había mudado a una casona en Montevideo con los hijos de ambos. Pero a Rulo la vida siempre le dio sorpresas. “Me asignaron una beca del instituto Goethe (adonde estudiaba), para ir a Alemania. Sólo tuve que pagarme el pasaje, en barco”. El destino final se trataba de un pueblito de la Baviera cerca de Múnich, donde permaneció entre noviembre del 66 y mayo del 67.

—El 15 de mayo del año 67 —se adelanta— Gamal el Nasser, el dictador egipcio, ¿te acordás?, bueno, dijo que iba a tirar a dos millones de judíos al agua. (Silencio). Y ahí me fui a Israel. Me fui solo. En avión.

—Pero volvamos a Alemania —lo freno—. ¿Qué sensaciones te habían quedado de vivir ahí? ¿No tenías cierto resquemor?

—No tenía ningún resquemor: tenía odio. Los miraba a los alemanes y quería escupirles. Pero por otro lado quería aprender bien el idioma. Éramos todos estudiantes extranjeros, incluso había israelíes; y todos becados. Y además de aprender, quería volver con Juanita, que ya entonces sabía varios idiomas. Por lo demás, de los judíos en Alemania no se hablaba nada. La guerra había terminado hacía veinte años y habían reconstruido todo. Viste cómo son los alemanes: iekes, los más laburantes de Europa. Bien iekes, rigurosos. Yo también era un poco ieke. 

Cuando terminó el curso, Rulo se fue a Múnich, con el propósito de vincularse con la comunidad judía. Allí hizo el contacto para volar a Israel, donde tenía unos tíos y poco más. En todo caso, su meta era ser voluntario en el Tzahal, el ejército israelí. Se aproximaba la Guerra de los Seis Días… pero esto será para la próxima entrega.

1967, Guerra de los Seis Días. Rulo, tercero de la izquierda, voluntario

 

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