En comunidad

Uruguay, una propuesta: 200 días de clase

Por el Maestro Juan Pedro Mir

Es  Director de Inicial y Primaria en el Col. Nac. José Pedro Varela y docente  de Pedagogía 

No se asuste el lector. La cifra quizá impacta. ¿En Uruguay 200 días de clase? ¿Un mes más a la acostumbrada rutina de Jardines y Escuelas? O peor, pensemos en secundaria básica, donde en lugar de 180 días de asistencia, el promedio es 165. Y si miramos en enseñanza media superior, la cifra es aún más baja. Los jóvenes que cursan bachillerato, comienzan la segunda semana de marzo y ya en noviembre (cuando no a mediados de octubre), dejan de asistir a las aulas.

Richard Read dice, “somos un país de siestas largas”. Que me permita el uso de su metáfora: “siestas largas y clases cortas”.

El tiempo escolar es fundamental para lograr el aprendizaje y la sistematización de habilidades, conceptos y contenidos centrales para la vida.

Quienes más se perjudican de las largas interrupciones (mediados de diciembre a marzo) son los niños y jóvenes de sectores excluidos, cuyo vínculo cultural con la propuesta institucional es más lejano. De esto habló un legendario sociolingüista, venido a pedagogo, Basil Bernstein (1924 - 2000) los códigos restringidos en el lenguaje, afectan directamente las posibilidades de inserción y desarrollo personal.

Don Bernstein, tenía claro que hay sectores hegemónicos en la sociedad, mantienen claramente su lugar privilegiado, no solo por un tema de “propiedad privada económica”, sino, esencialmente, por las posibilidades socio-culturales que ellas poseen. 

Esto puede vincularse al lugar de la escuela y su centralidad en la capacidad de ofrecer a todos los integrantes de la sociedad, oportunidades de aprendizaje y circulación social. De eso se trata la democracia y de eso se trata (en parte) la igualdad.

Cuando un sistema educativo, por temas organizativos, reduce a la mitad de los años del calendario anual (180 días en 365), las posibilidades de los alumnos, de desarrollar aprendizajes significativos, potentes, secuenciados y complejos en sus instituciones de enseñanza, directamente está vulnerando los derechos de las nuevas generaciones y además, cercena sus propias posibilidades de desarrollo como país.

El estado del arte en investigación cognitiva es claro: hay olvido de conceptos centrales si no se realiza una secuenciación constante y un resignificado de lo aprendido.

Si la escuela se retira de ese lugar, o simplemente no lo considera como eje de su propuesta, deja librada a  la experiencia privada y doméstica del estudiante, la posibilidad de profundizar aprendizajes. 

Estamos hablando lisa y claramente de una privatización directa del proyecto cultural, social y de bienestar de nuestros niños y jóvenes. Quienes pueden sostener un circuito de entretenimiento, turismo,  contacto social prolífico en incentivos complejos enriquecedores de experiencias vivenciales y sostenidos afectivamente, serán los ganadores. 

Por otro lado, nuestros niños y jóvenes, cuya circulación y vivencias queden alejados de interacciones deportivas, artísticas, literarias, turísticas y de bienestar socio emocional, serán los que en cada marzo tendrán que remar “contra la corriente” o simplemente tendrán la orilla más lejana. 

El calendario escolar como política educativa debe ser amplio, planificado, pedagógicamente integral y secuenciado. De lo contrario, lo que para un grupo provilegiado son vacaciones estivales, para el núcleo duro de nuestra infancia y juventud, será otro motivo de exclusión, pérdida de procesos de aprendizaje y por lo tanto, reforzamiento de la injusticia social. 

Uruguay, no puede darse el lujo de seguir perdiendo densidad cultural, capacitación en habilidades sociales y formación para el autocuidado y la convivencia, en el sector etario más vulnerable: la infancia y la juventud.

Las condiciones para el rediseño del calendario están: se pagan los salarios, los edificios se mantienen en pie, hay una fantástica red de proyectos socieducativos que pueden alimentar y sostener las propuestas. La apuesta es a vencer la inercia, construir mejores condiciones de trabajo y revalorizar a las instituciones educativas, en el sentido que las pensó José Pedro Varela: casas del pueblo, para los hijos del pueblo.

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Por Bryan Acuña Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Internacional de las Américas, especializado en la temática de Oriente Medio. Fuente: wsimag.com

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