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Las aventuras del ruso

Por Ruben Kurin

Se llamaba Walter Barrios pero lo conocían por “el ruso”. ¿Cómo puedo describir al “ruso” en el contexto de lo que era mi vida en aquella época y que ni yo sabía cuál era el camino que tomaba, quizás contra mi voluntad? Era una especie de guardaespaldas, ahora que con apenas veinte y pico de años ¿necesitaba yo tener guardaespaldas?

Para contar una historia hay que comenzar por el principio. Era la década del 70, la época de la  dictadura militar. Esto no tiene nada ver  con política.

Yo comencé a trabajar muy de chico no porque había necesidades en casa y no  fuimos criados en la pobreza, todo lo contrario.

Mis padres me abastecieron de todo lo necesario y tanto que yo me  creía rico. 

En mi familia, me refiero a toda la descendencia de nuestra abuela materna y además con la severa educación de mi padre había que trabajar desde chicos y fue quien nos hizo aprender el valor del esfuerzo.

La vida es una rueda gigante que sube y baja, en una de las bajas recorrí el mundo de la pobreza sin ser pobre. De mi padre ser dueño de varias zapaterías y por uno de los tantos reveces económicos que tiene el mundo empresarial me vi obligado, sin saber cómo, a comprar y vender muebles usados.

Esto fue lo que me hizo conocer el mundo real donde la gente pasa necesidades y no hablo de las mías propias, nunca me faltó dinero para lo elemental o más. Lo más algo terrible que me tocó vivir que conocer  a  una madre que tuvo  que vender la cama adonde estaba postrado su niño enfermo para comprarle remedios.

Si alguien lo dudó por un segundo, le dejé la cama además de comprarle los medicamentos y alguna otra cosa. Hice por ellos lo que cualquiera moralmente hubiese hecho.

Corrieron los años y otra vez la rueda entró a subir y me vi convertido en un empresario rodeado de una numerosa plantilla de colaboradores, nunca me gustó llamarlos empleados ni obreros. Ahí conocí al Walter Barrios “el ruso”.

Él trabajaba en una fábrica de colchones y era el clásico “groncho” pero muy capaz en lo que hacía.

Yo iba varias veces a la semana  a surtirme de mercadería y para llenar el camión siempre  esperaba a que terminaran de fabricar los últimos colchones.

En ese tiempo lo observaba trabajar y en teoría aprendí el oficio porque “el ruso” me iba enseñando. Conversación va y viene, cruzamos las historias de nuestras vidas. Sus mujeres, sus hijos,  sus penurias y carencias del personaje fuera de su trabajo.

Como yo ya sabía algo de la pobreza en que vive mucha gente, por aquella historia que conté de una madre vendiendo su cama y otros muchísimos casos que se me fueron presentando con los años, no me asombré mucho. Sí me di cuenta de otra cosa y es de que esa persona con la que estaba entablando una cierta amistad, pertenecía a aquel grupo de la verdadera pobreza.

Todo esto creó una empatía entre los dos. Como la vida da muchas vueltas, la fábrica de colchones quebró y el ruso quedó sin trabajo. Nuestra comunicación se cortó de golpe y yo seguí comprando colchones en otras fábricas que abrían y cerraban según la economía del país.

Del personaje ya me había olvidado pero del “oficio de colchonero” aprendido en teoría no, porque tenía que seguir trabajando y de lo que me enseñaron las charlas casi a diario en las esperas, había sido muy valioso. Quizás pasó un año o algo más y estando yo en mi local entró por la puerta “mi amigo el ruso” 

Nos abrazamos como grandes amigos. Luego de otros cafés en el boliche quedé en ir a visitarlo al taller en el que él con mucho sacrificio fabricaba nuevamente colchones.

La dirección no fue difícil de encontrar lo que no fue sencillo el barro por el que tenía que transitar mi vehículo. Al estacionar frente al domicilio indicado me encontré con un galpón sin puertas de techo armado con chapas viejas, paredes de bloques y vigas de postes sobrantes de alguna obra en construcción o que quizás ya estarían listos para hacer leña.

Allí debajo de las chapas, sobre el piso de barro había unas  cuatros mesas improvisadas sobre unos tanques oficiando de caballetes.

Dos mujeres y un negrito flacuchento trabajaban sobre esas mesas. Eso era la fábrica de colchones de Walter Barrios alias “el ruso”

Dudé si bajar de la camioneta o tocar bocina avisando que llegué y alguien se me acercara porque pensé seriamente en mis zapatos. Estos es seguro que no llegarían sanos luego de cruzar las canaletas llenas por el aguacero de la noche anterior.

Pero desde el otro lado vi dos manos que me hacían señas de que bajara, con una gran sonrisa que demostraba una sincera alegría que bien merecían el sacrificio de mis zapatos que a lo mejor necesitaban un cambio.

Llegué a la otra costa sano y salvo.

Sentí un coro de bienvenida de aquella gente que quizás en algún momento me crucé con ellos o simplemente eran esas caras que por mi trabajo estaba acostumbrado a ver seguido.

Con un apretón fuerte de manos, acompañado del medio abrazo que damos los uruguayos, llegaron las presentaciones.

A la primera persona que conocí fue a “la Azucena” a quien me presentó como su esposa. Si Azucena hubiese tenido la suerte de haber nacido en Pereira y Berro o quizás en los barrios de Malvín o Punta Gorda le pondría el título de “una linda mujer” pero esa señora que estaba trabajando sobre aquella otra mesa de colchonero aguja de ese oficio en mano, vestida con un deforme batón que dejaban ver sus rodillas hinchadas, porque esa especie de minifalda delantera no coincidía con la trasera debido a su avanzado embarazo del que en cuatro o cinco meses lo llamarían como yo Ruben, pero esto será  otra historia. A esta imagen le agregaría la cara algo sucia por el trabajo, más la cabellera despeinada.

Aunque hasta hoy la seguiría  caratulando como una mujer interesante.  Se le notaba de lejos que era bastante mayor que el ruso.

Continuó presentándome en la mesa de al lado a una muchacha jovencita y que su aspecto iba por el mismo camino que su madre, diciéndome que era la hija de su esposa y de la anterior pareja de ella.

Después le llegó el turno al negrito “Dico” que hablaba algo así como en portuñol. En el fondo a la derecha de aquel galpón, sobre unos pallets para que no tocaran el piso mojado y protegidos por gruesos forros de plástico, estaban los colchones terminados.

Aclararé que eran colchones de resortes que era el producto que en aquella época se usaba. Vi la mercadería y desde ese día comencé a comprarle toda la producción. En los meses que le faltaba a Ruben para nacer, el taller fue convertido en fábrica, se cuadriplicando o quintuplicando la producción. Una aclaración importante, detrás de ese taller ahora fábrica, había un rancho en el cual vivían y ya en ese progreso nacía el Ruben  en una bajo un techo digno. Ese año el ruso ganó más plata que durante todo el tiempo que había trabajado como asalariado y como estaba tan agradecido se veía obligado a ponerle mi nombre al nuevo hijo. Entonces Azucena, el día que fui a retirar mercadería y a la vez les llevaba de regalo una camita decente para el niño, me pidieron permiso para llamarlo como yo. Estuve a punto de llorar pero me las aguanté y por supuesto que les agradecí su deferencia. Desde ese día con “el ruso” fuimos amigos.

Si el negocio de él iba creciendo mi empresa también porque si es cierto que el rubro colchones era casi el 40% de mis movimientos los otros rubros, que acá no vale la pena mencionar, dejaban muy buena ganancia.

Pasaron los años,  ”el ruso” dejó el barrio y se mudó para una zona en auge que era algo así como un balneario en progreso, Playa Pascual. Allí mi amigo construyó su casita y con Azucena tuvieron un par de hijos más.La rueda gigante del tiempo otra vez castigó la economía y estaba en la parte de abajo. Como el mundo no para, el rubro colchones cambió mutando a planchas de poliuretano dejando los pulman o resortes de lado. Mi empresa pudo adaptarse al cambio pero mi amigo no. La familia quedó varada en Playa Pascual con su casa propia sin terminar y varios hijos que mantener pero sin trabajo.

No puedo decir cuánto tiempo pasó pero un día, otra vez vi a entrar a mi amigo con mi tocayo tomado de la mano y ya su tamaño le llegaba a más arriba de la cintura de su padre. Otra vez, como hacía unos cuantos años estábamos tomando café en el boliche de la esquina hablando de la vida y se me ocurrió una idea para la fabricación de colchones de espuma pegada en capas, los que se podían hacer con los sobrantes a un costo menor a los de plancha entera.

Yo ya los compraba pero la materia prima era muy escasa, entonces cambiamos ideas y le dije que vuelva en una semana a ver que podía inventar.

En un par de meses, en el sótano de uno de mis locales con “el ruso” de capataz. Había allí más de diez personas que  fabricaban colchones pegados y en menos de seis meses se sumaron  tres costureras cosiendo fundas para los mismos. Lo cierto es que no dábamos abasto en la producción y comenzamos a vender a gran parte del país. Mudamos la fábrica a una casa vieja que yo ya había comprado en una buena oportunidad comercial  que había sido una oferta imposible de rechazar, diría Brando en El Padrino.

Primera anécdota al margen que me viene a la memoria:

“El ruso” preso y torturado. En los diez años, moneda más o moneda menos, que trabajamos juntos mi capataz, mi amigo nunca había ni llegado tarde ni faltado pero ese día, ante el asombro de todos, eran las diez de la mañana y no había llegado.

A eso del medio día lo llaman por teléfono, era el padre para saber de él porque la noche anterior no había llegado a dormir. Entonces nos empezamos a preocupar.

Playa Pascual es en el departamento de San José y en aquella época los celulares, si existían, estaban en sus comienzos y no al alcance de todos los bolsillos. Ni siquiera todos tenían teléfono de línea. Lo cierto es que algo preocupado pero conociendo el paño para mí, el hombre se había mandado una canita al aire ya que “la Azucena” se estaba poniendo algo grande y se le fue la mano con la farra.

Entonces seguimos trabajando dejando la preocupación de lado. Pasaron dos días y ni siquiera sabíamos noticias por la familia. Yo pensé que al otro día iría hasta la casa para saber las novedades. Eran las once de la mañana del tercer día, ya estaba dispuesto a salir en busca de noticias y cuando estoy por subirme al auto sentí un grito.

“¡Rubennnnnn!”

Allá desde la esquina veo al amigo que apenas puede caminar ligero que me hacía señas. Vuelvo al local y lo veo todo magullado, vendado en una pantorrilla que se mostraba porque el pantalón venía arremangado, una especie de palo oficiando de muleta en fin todo hecho una piltrafa.

Estuvo preso en jefatura de policía, por error, porque las autoridades estaban buscando a un delincuente apodado también el ruso y lo torturaron para que confesara hasta que cayó el verdadero  malandra.

Esa  mañana, le dijeron que se podía ir sin más ni más. Ante mi pregunta, si le pidieron alguna disculpa me contestó literalmente lo que le dijeron:

“Si querés te llamamos al médico forense para que te revise y labramos un acta con tu declaración, pero  la próxima vez que pongas un pie en el centro que es nuestra jurisdicción podías sufrir un accidente, vos o algún familiar tuyo pero te repito estás a tiempo.  ¿Te llamamos al forense?”

Por supuesto que no lo llamó y ante mi negativa de que trabaje ese día, como ya tenía planeado llegarme hasta Playa Pascual lo metí en el auto y lo llevé. No me dejaron volver sin almorzar y “la Azucena” se mandó un asado a la parrilla y ese día terminó  como un  lindo día de campo entre amigos.

Me había olvidado de la ubicación de la primera fábrica de colchones pulman, la de techo de lata, piso de tierra el barro y la canaleta del sacrificio de mis zapatos.

Vuela  el tiempo y uno se olvida hasta del dolor de la pobreza , ¿ verdad? Aquel rancho estaba a los fondos del cementerio del Norte, el de “los tubulares”, llamado así porque las tumbas son hechas de caños de saneamiento.En aquella época todavía se podía ir,  pero más adelante se construyeron  asentamientos y zonas rojas que quizás, si no hubiese sido por nuestro salvador rubro de colchones, la familia Barrios todavía estaría viviendo allí.

Siguieron cambiando los tiempos y la apertura de los “importados” hizo que lo fabricado aquí vaya muriendo de a poco.

Llegó nuevamente la moda de los colchones de resortes pero ya más sofisticados, con sommiers y todos los chiches del primer mundo.

Nuestra  clientela de los colchones pegados siguió  fiel hasta que llegaron las tarjetas de crédito que facilitaron el buen vivir para algunos pero  nuestro producto no aguantó el cimbronazo.

Hubo que hacer un recorte de a poco hasta que cerramos la fabricación y como a mi amigo no me daba el corazón para abandonarlo, lo indemnicé y le di material además de un par de máquinas de coser industriales, también las mesas de trabajo para que en Playa Pascual para que siguiera trabajando.

Se las arregló un tiempo pero no pudo con el empujón y se fue él solo sin la familia a buscar el peso a la Argentina. Por lo que  yo supe, trabajó desde albañil hasta de peón de camión. Después me enteré que Ruben, esa especie de ahijado con quien me habían agradecido aquella camita de bebé, se fue a trabajar a Buenos Aires. Pero olvidé de contar algo muy importante. Por supuesto que los años que trabajó en casa fueron declarados al estado adonde venían  incluidos todos los servicios médicos de primerísima calidad. En ese entonces la cobertura en salud que mi familia y yo teníamos era la España Mutualista que fue una de las mejores Obras Sociales del Uruguay. Como no podía ser de otra manera lo afilié a ella. El Ruso nunca conoció más beneficios que los que podían ofrecerle los hospitales públicos (sin desmerecer) pero de ahí a disponer de una internación, en caso de necesitarla a un apartamento privado de una sola cama además de otra para el acompañante estaba muy lejos. Los derechos comenzaban a ser completos desde el tercer mes de aportes de la empresa.Los tres meses comerciales tienen aquí y en la China noventa días ¿Verdad?

Bueno, “Rusito” el día número 91 se estaba haciendo un chequeo general en el que no sé cómo, se las arregló para conseguir una internación en la mejor sala privada del sanatorio. Creo que esa fue otra de las pocas veces que faltó pero esta vez con aviso. Al saber que estaba internado me supuse, que fue de apuro por alguna enfermedad repentina. Me subí al auto y llegué en 5 minutos a Avenida Italia y Bulevar Artigas donde estacioné.

Tomé el ascensor, bajé en el piso en que me dijeron que estaba y vi la puerta cerrada.Me asusté y tímidamente golpeé. “La Azucena” salió con cara de susto, miró para todos lados y me invitó a pasar. Entré de manera lenta porque no sabía con que  me encontraría.

Ya adentro, la puerta se cerró detrás de mío y cuál fue mi sensación al ver al Ruso sentado en la cama con un cigarro en la boca y al costado, en la mesita adonde sirven la comida del sanatorio, una cerveza de a litro, termo, mate, un paquete de bizcochos y sentados haciendo sala, tertulia, picnic como le quieran llamar a toda la familia

Esto lo termino aquí porque dejo a la imaginación del lector todo lo demás. Nunca supe cobrar por eso no presté dinero ni di créditos. Las veces que tuve que prestar por algún compromiso o solidaridad preferí darlo directamente. Hubo una ocasión que no pude zafar y la persona a la que tuve que solucionarle un tema de dinero que no voy a decir nombres, me firmó 12 documentos pagaderos mensualmente. El primer mes cumplió porque lo llamé antes y como quiso hacer buena letra me fue bien.Ya el segundo mes me llamó pero para pedirme unos días más y se los di. Allí vi que la cosa venía complicada. En la tercera cuota decidí tercerizar el asunto y se me ocurrió algo brillante.

El ruso tenía pinta ya de malandra y lo hice representar al personaje caracterizándolo más de matón todavía. Le expliqué bien la obra de teatro y no le avisé a mi deudor que pasarían a cobrarle. Estacioné en la esquina y esperé más o menos media hora y mi cobrador trajo el dinero contante y sonante. El guion era sencillo:

Él me había prestado plata y los documentos eran parte del pago, así que él mismo iría mes a mes a cobrar la cuenta en la fecha exacta del vencimiento que venía de muy lejos y no tenía tiempo que perder.No falló una sola cuota

Este método tuve que usarlo unas pocas veces más pero no me enorgullezco de esto por eso sigo prefiriendo regalar a dar prestado o fiar.

Con personajes como el Rusito supe empatizar bastante a lo largo de la vida, con todos. No es fácil moverse en el ambiente de los negocios cuando se maneja dinero como antes se hacía y a veces un amigo guardaespaldas es necesario. Subí de nivel cuando fue necesario y bajé sin problemas, siguiendo las reglas del juego.

Pero mi guardaespaldas preferido fue el ruso que murió joven en Argentina, según me contó el padre porque se tenía que operar del corazón y allá no tenía cobertura.

Quizás si hubiera estado trabajando conmigo todavía viviría nadie puede saberlo.

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