Israel

Los pacientes se salvaron sólo porque trabajamos bajo tierra, era el testimonio de un médico argentino-israelí

Recordando una entrevista en el hospital subterráneo de Naharia, con el  Dr. Ricardo Shajar.

 

Al cumplirse días atrás 15 años del estallido de la segunda guerra en Líbano, tenemos muy presente al  Dr. Ricardo Shajar, al que conocimos cuando nos mostró los destrozos que un misil disparado por Hezbola había causado en el hospital de Naharía en el que trabajaba. Cabe recordar que hace unos días, dos cohetes fueron disparados, al parecer por algún grupo palestino, hacia la Galilea, recordatorio de la vulnerabilidad de la situación.

Shajar había llegado a Israel de Buenos Aires en 1989. 

Así describimos en aquel momento esa recorrida.  Sugerimos rememorar ese relato, porque Hezbola, aunque ahora disuadido, no se ha ido a ningún lado.

 

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El Dr. Ricardo Shajar  no quiere ni imaginarse qué podría haber pasado. Nos muestra los escombros de parte del Departamento Oftalmológico en el Hospital de Naharia, a raíz del impacto directo de un cohete katiusha disparado desde Líbano en el piso cuatro de la institución, y se estremece al tratar de describir lo que habría sucedido, de no ser por las grandes precauciones tomadas por el hospital.

Cuando se construyó en el 2001 una nueva sección en el hospital, el Director, Profesor Shaul Shasha, lo tenía claro: es solo cuestión de tiempo hasta que haya un ataque a gran escala y para esa eventualidad, sería necesario protegerse masiva-mente. Fue así que ordenó: se construye un hospital alternativo, bajo tierra. «El hospital de Naharia tiene 650 camas. Y el que usamos ahora, bajo tierra, tiene 450» –cuenta orgulloso el Dr. Shajar, uno de los miembros del equipo de Traumatología, que por su especialidad, ha atendido a varios de los heridos por los cohetes. «Aquí teníamos todo pronto, estaba todo instalado, las habitaciones, los muebles, todo listo. Faltaba solo bajar camas, enfermos y médicos. Así lo hicimos y con eso, salvamos muchas vidas».

El piso cuatro, arriba, ahora desierto –como todos los departamentos que operan ahora bajo tierra– es una de las más claras pruebas del potencial destructor de las Katiushas, que se podría haber concretado con cada uno de los 2.000 cohetes caídos en Israel, de no ser por la protección y los refugios.

Un herido por el impacto de un cohete Katyusha, ingresado al hospital de Naharia durante la guerra (Foto: Ariel Jerozolimski)

 

El domingo por la noche, también el Hospital Rambam de Haifa, repleto de heridos de los combates en el sur del Líbano y de los cohetes en el norte de Israel, tomó precauciones. Si bien allí no existe un hospital alternativo construido bajo tierra, como en Naharia, el imponente estruendo de los impactos de los cohetes, apuró a las autoridades a tomar la decisión: bajan al subterráneo, a tratar allí a más de cien de los heridos.

En el hospital de Naharia, el Dr. Ricardo Shajar se mueve entre las camas destrozadas, el hormigón seriamente dañado de la pared, nos muestra la pared destruida, las vigas derribadas.

 

El sitio por el cual entro el cohete, es evidente: una pared totalmente abierta, en una habitación con camas, que de no ser por las instalaciones subterráneas, cabe suponer que habrían estado ocupadas por enfermos.

Irónicamente, es mirando a través de ese agujero de lo que antes era una pared con venta-na ahora destrozada, se ve el hermoso paisaje del norte.

 El Dr. Shajar señala: «Desde allí vino, directo del norte».

«A mi me duele saber que del otro lado también hay sufrimiento, eso es indudable» – dice el Dr. Shajar. «Pero la diferencia es que nuestra intención nunca es matar civiles mientras que Hizbala dispara hacia nuestros civiles a propósito. Cada uno de los misiles disparados, tenía la intención de matar a cientos de israelíes. Cada uno, quería sembrar la muerte. No lo lograron, pero esa era y sigue siendo, sin duda, su clara intención». En el momento de hablar con él en Naharia, la cantidad de misiles era de casi 2.000.Ahora, ya superó los 3.000.

El Dr. Ricardo Shajar, casado con Susana (hoy Vered) y padre de dos hijas («casi mellizas», dice en broma), de 22 y 21 años de edad, vive en la lo-calidad de Kfar Vradim, también en el norte de Israel.»Ahí por ahora no cayó nada»– nos dijo días atrás. Al día siguiente, los cohetes llegaron también allí.

 De todos modos, eso era irrelevante, cuando de exposición a la difícil situación se trata. Pasa la mayor parte de su jornada en el hospital de Naharia, en el que –como en todos los hospitales del país– judíos y árabes conviven, tanto como médicos, como en calidad de pacientes.

El hospital subterráneo. Todas las comunidades y credos, como siempre en Israel.

 

Los pacientes de las diversas aldeas drusas de Galilea –identificables  claramente por los pañuelos largos blancos de las mujeres, que les tapan la cabeza pero no el rostro o por unos gorros rojos típicos, los mismos pañuelos o los grandes bigotes de los hombres– se entremezclan con las israelíes de pollera corta, los religiosos judíos de «kipa», médicos que hablan hebreo con acento argentino como el Dr. Ricardo o con acento árabe, como uno de sus internistas, que se está especializando, el Dr. Atef, árabe cristiano de la aldea Milie.

A todo ese mosaico apuntan los cohetes de Hizbala. Y a veces, también con cruentos resultados.

Uno de los pacientes del Dr. Ricardo Shajar es Shmuel Cohen. Lo atendió de urgencia, cuando llegó a cuidados intensivos, habiendo sido alcanzado por una katiusha, cuando volvía a su casa tras haber salido por unos minutos a tomar un poco de aire.

Shmuel tiene 71 años. Parece menos y también parece más. Tiene la mirada perdida y todo indica que no comprende exactamente ni donde esta ni qué le sucedió. Sus hijos, Ofer y Mazal, que le acarician y preguntan cómo se siente, sin tener respuesta, explican que su padre sufre hace ya un tiempo de Alzheimer. «Si no fuera por eso, ya estaría hablando con furia sobre las Katiushas, como hacía años atrás» - dicen ambos, con una amarga sonrisa.

Mazal cuenta que su hija, nieta de Shmuel, estaba hablando por teléfono desde su casa en Carmiel -donde también ha habido impactos de cohetes- con una amiga que vive en Acre, la misma ciudad en la que reside el abuelo, con otro de los hijos. «De repente, la amiga de mi hija oyó la alarma y un fuerte impacto. Y mi hija estaba segura que a su abuelo le había pasado algo»–cuenta Mazal recordando el llanto de la joven.

También a Daniel Vaknin, de 48 años, el cohete de turno lo tomó desprevenido. El, que afirma no tener dudas de que la convivencia entre judíos y árabes es posible («tengo muchos amigos árabes que vienen a mi casa y me invitan a la suya, y nos hemos visto también durante esta guerra»), habla ahora de «suerte» porque «solo estoy herido leve en una mano». Cuan-do salga del hospital, volverá a correr al refugio cada vez que suene la alarma.»Esto no es broma, hay que tener cuidado, aunque a veces no alcanzamos»-resume.

  El Dr. Shajar muestra satisfecho, cuan moderno y bien construido es el hospital de Naharia. Y muestra horrorizado los destrozos por el cohete en el cuarto piso. «Yo dormía tres pesos bajo tierra, en la sala refugio»-recuerda.

Y cuando volvemos a subir, preguntamos quizás un tanto ingenuamente, si no tiene miedo. «Uno no puede pensar en eso»- responde después de un leve movimiento de hombros. «No se puede quedar paralizado. Uno tiene que seguir adelante, esperando que no le pase nada. Tenemos mucho que hacer».

 

Ana Jerozolimski
(21 Julio 2021 , 13:33)

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