Friedrich Perschak

Friedrich Perschak

Lector, muy lector.  Desde hace años participo de talleres de escritura y lectura.  Estudiar Tora me lleva de la mano a mi identidad judía. Desde que me acuerdo, he leído.  En un verano, cuando tenía 9 años, mi padre nos dio a mis hermanos y a mí, libros para leer en la hora de la siesta;  ese fue el verano de Stefan Zweig. Desde ese momento mi relación con la literatura nunca se rompió. Todos los libros son buenos para ser leídos, todo lo vivido para ser narrado y para ser visto en el cine. La comunicación literaria como mi forma de vida.

Columna de opinión

Trabajo duro

“Nuestros miedos no evitan la muerte, frenan la vida”

Dra Elizabeth Kübler-Ross.

Vivió como murió, feliz.

Cuando nació, la madre tuvo que mover los mostradores de su tienda para poder pasar. Tan grande era la panza. Unos días antes de nacer se supo que eran dos. Mellizos.

De niños no tenían nombre, eran los mellicitos; pero en el liceo, cuando cada uno estudió carreras distintas empezó a ser él, con nombre y apellido. Se descubrió. Supo quién era y que quería ser.

Lejos de su hermano, comenzó a tener amigos nuevos. Novias que le enseñaron los placeres; descubrió un cuerpo al que cuidar y entender. El sexo siempre fue un misterio.

No tuvo tiempo para ser adolescente. Estudió medicina con pasión y apuro, con un solo sueño: salvar vidas. El solo hecho de estar frente a un enfermo era sentirse Dios. Más cuando

“Médicos sin Fronteras” lo envió primero a Senegal. Cuando bajo un sol de muerte se encontró con su primer niño desnutrido y con la ayuda de una jeringa le dio unos sorbos de agua con suero; vio el brillo de esos ojos que lo miraban, lo supo, lo sintió por primera vez en una forma clara y fuerte.

Era feliz.

No podía describir la sensación de otra forma. Era la felicidad misma.

Estuvo cuatro años allí. Cuando volvió a Montevideo, por el casamiento de su hermano, se sintió ajeno, el confort de su familia lo asqueaba. Solo disfrutó de la ducha. Fue su único placer permitido. Largos baños de agua caliente con jabón y acondicionador de pelo. Volvió por unos días a tener el cabello suave y lacio. Pero allí, con su familia, no era del todo feliz.

Lo mandaron a El Salvador. La guerra y un huracán habían vuelto al país a principios de siglo. Curó el cólera, el sarampión y la viruela. Se ocupó de las mujeres violadas y maltratadas. Fue feliz otra vez. Los mosquitos no molestaban. Las inclemencias de la selva y los truenos de la guerra solo eran una interferencia.

La felicidad era completa.

Nada dura para siempre. Le ordenaron ir a Suiza a la sede central. Fue pero no lo soportó mucho tiempo. A los meses; para disgusto de su madre, estaba en Yemen. Otra vez al sol. El aire seco y muerto. Pero nunca llegó a entender correctamente los miles de bandos, el porqué de los atentados. Ya no era cuestión de hambre o de enfermedad; era la maldad de la guerra.

Fue cerca de Al Hudayda. Subieron a la montaña con el intérprete. Se podía ver los barcos que entraban al Mar Rojo. Miles de luces en el horizonte que despacio se movían y se mezclaban con las estrellas. Una vez más sonrió agradeciendo su suerte.

- Ya es tarde, volvamos. Le dijo en inglés.

Un mal paso de su compañero de paseo hizo explotar una mina escondida. No pudo saberlo, peromurió.

Murió como vivió.

Feliz.

 

Friedrich Perschak
(27 de Agosto de 2021 a las 08:56)

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