Cultura

Conejo a la cazadora

Por Ruben Kurin

Voy a contar una anécdota verídica. 

En Corrientes y Callao quedaba el restaurant "El Toboso". 

Era pegado a la entrada del costado del hotel “Bauen”.  Ya hace un buen tiempo que demolieron,  supo ser en su momento, un hito gastronómico de la Argentina.

El mozo nos veía llegar y gritaba. 

¡A ver aquí la mejor mesa para los uruguayos y vayan preparando“conejo a la cazadora” para! y se ponía a contar a ver cuántos éramos en la barra de los comensales... 

Por lo menos una vez por mes le caíamos después del teatro. 

El mejor conejo a la cazadora que comí en mi vida fue allí. 

En la vidriera hacia la calle, habían de todas las comidas extravagantesen exposición y siempre luciendo aquello muy fresco.

Desde un cerdito asado con su manzanita en el hocico, hasta un gigantesco pulpo decorado en la fuente, con sabrosa guarnición de diversos mariscos. 

También un gruesísimo “bife de chorizo” (para nosotros, el clásico entrecot, pero del doble o triple en tamaño) 

Entre los vidrios algo empañados por la emanación del vapor que daba la sensación de “comida recién hecha”, se lucían varias marcas de finos vinos recostados en una gran pata de “jamón crudo importado marca Pata Negra”, que parecía dormir cómodamente mirando el espectáculo que daba multitud de la noche porteña sobre aquella maravillosa Avda.Corrientes.

En una de las tantas crisis económicas que nos tocó vivir tanto de un lado como del otro del charco, fui yo solo y por un par de días para hacer algunos trámites a Bs. As.

No había nadie en ningún negocio y menos en los restaurantes. 

Iba caminando despacio y me paré en la vidriera de “El Toboso” antes de comprar algún fiambre en algún almacén para llevarme a casa y allí comerme unos refuerzos antes de irme a dormir. 

El mozo, que creo, se llamaba José, me vio y corrió a la vereda a saludarme e invitarme a pasar, yo le dije, con cara de desgracia "botija"... no tengo un mango... 

Él insistió… pase, pase... 

Juro que adentro no había un alma. 

Me sentó y dijo,  “aquí también estamos pasando miseria amigo”, no se preocupe... ya pasará.

Pasaron unos minutos y me trajo el clásico “Conejito a la cazadora” con una botella tinto “Valmónt” yo rascaba mi bolsillo para no pasar vergüenza y, aunque sería el último dinerillo que me quedaba me dije, que va, no puedo negarme… ¡y dale Ruben!

Entonces cerraron el negocio, a pesar de que recién serían las ocho o nueve de la noche y no más. 

Entonces, también el dueño y el cocinero se sentaron conmigo a comer poniendo una gran fuente en el centro con el clásico “Conejito a la Cazadora” con  todos los acompañamientos de rigor correspondientes. Era un verdadero festín, que ellos también necesitaban para levantar el ánimo.

Estuvimos hasta las dos de la mañana comiendo, disfrutando como amigos de toda la vida y no me cobraron un peso, compartimos esa noche “una pobreza pasajera digna”.

Pasé sin ir a Bs As como dos años y cuando volví a “El Toboso”, ya lo habían demolido. 

¡Como cambió “todo” y no cambió nada en 20 años,  en las malas rachas se ve el interior de la gente. Es como cuando hay un apagón, primero rezongás, pero al rato te das cuenta que te acostumbrás a la luz de las velas, al silencio y si tenés al lado la compañía de alguien con quien compartir la poca luz, cuando viene la luz, te sale del alma un…

Ahhhhhh… ¡qué lástima!, estábamos pasándola tan bien…

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