Ianai Silberstein

Ianai Silberstein

Nacido 1957, casado, dos hijos. Empresario. Licenciado en Literatura y Literatura Inglesa en la Universidad de Tel-Aviv en 1980. PDD en la Universidad de Montevideo en 1999. Participante de los Seminarios para líderes comunitarios del Shalom Hartman Institute en Jerusalém en los años 2009,2010,2011,2012, 2016, 2017, y 2018. Integrante del Consejo de la EIHU entre 1997 y 2006. Vicepresidente en 2003 y 2004. Miembro de la Comisión Directiva de la NCI 2003 a 2013. Presidente 2006 a 2009. Actualmente Vicepresidente 2º de la NCI. Creador del espacio radial “radiomaná” al aire entre 2004 y 2009. Creador del sitito web (hoy blog) TuMeser en línea desde 2009 a la fecha. Escritor. Charlista. Juez All-Rounder del Kennel Club Uruguayo.

Columna de opinión

El pkak y la ubicuidad el hombre

Fuente: tumeser.com

Cuando transito Israel (en el sentido literal de moverme en el tránsito) me viene a la mente una expresión: “esto explota”. Usar semejante metáfora respecto de este país puede sonar, para algunos, irrespetuoso; a mí me suena paradójico. Sobre todo, me produce una suerte de pudor: la idea de que algo explote en esta zona del mundo es real y peligrosa. Sin embargo, y con el solo propósito de ilustrar una situación, un estado de las cosas (que para eso sirve el lenguaje figurativo); permítanme elaborar.

Uno de los fenómenos más conocidos y padecidos en Israel es el de los “pkakim” (singular pkak) o embotellamientos de tránsito en ciudades y rutas. La distancia en este pequeñísimo país no puede ni debe medirse en kilómetros sino en un doble tiempo: el de la hora del día en que queremos ir de un lugar a otro, y el del tiempo que insumirá hacerlo. La distancia entre Kfar Saba y Tel-Aviv (20kms) puede duplicarse si uno sale en el entorno de las 8am o pasadas las 10am. La maravilla de una aplicación como Waze no es sólo su capacidad de llevarnos de un lado a otro de la forma más eficiente posible (a veces, como en la vida, eligiendo entre las alternativas menos malas), si no su capacidad de decirnos a qué hora llegaremos, exactamente.

Cuando sucede un accidente, del cual uno no sabe pero Waze sí, comienza una frenética búsqueda de alternativas para cumplir ese tiempo “prometido” en el momento de la partida. Sucesivos bips después, estamos perdidos en una maraña de autos, inmovilizados, en caminos menores que buscan atajos; al punto que un moshav cierra su portón de modo que la horda de autos no lo atraviese, tal como sugiere Waze, insensible a la bucólica tranquilidad pastoril de un moshav cuyo único pecado ha sido quedar ubicado a menos de un kilómetro de la autopista #2. Peor aún: si uno peca de soberbia y cree que solo encontrará una opción mejor, pues peor le irá; sólo Waze, casi como Dios, sabe. Rendirse, resignarse, y someterse al flujo del tráfico vehicular es la opción más recomendada para enfermos coronarios. Bah, para cualquiera. When I find myself in time of trouble… bueno, no es Mother Mary la que viene en mi auxilio; es Waze: let it be.

Fuimos a Galilea entre sábado y lunes. Al regreso, celebramos que por primera vez en este mes no nos atascamos en ningún pkak; más o menos tránsito no es embotellamiento, es lo mejor de Israel. Como si fuera su flujo sanguíneo, por esas arterias que parecen multiplicarse lustro a lustro, transita una energía vital contenida por sus inexorables fronteras. En auto, en Israel, sólo se puede ir a… Israel. A su vez, hay ciertas regiones (sí, en un país mínimo hay regiones) que concentran mucha más actividad y por lo tanto más y más densidad vehicular: el Gran Tel-Aviv, en horarios picos (casi todos lo son) puede generar atolladeros simultáneos en todas sus grandes arterias: desde la autopista con peaje #6, la tradicional #4 (el viejo camino de la antigüedad entre sur y norte), la ingeniosa e ingenieril #20 o Ayalon, y la #2 o Namir o “ruta de la costa” como se conocía hace cuarenta años. Por momentos la opción no es qué camino tomar, eso lo resuelve Waze, sino si salir o quedarse donde uno está. Del mismo modo, de la costa a Jerusalém, unos 60 kms, una hora es un tiempo record; noventa minutos es normal; dos horas o más supone atasco. Me decía una pareja en Alon Shvut, Gush Etzion, al sur de Jerusalém: él viaja una hora a Rejovot cada día, 70kms, para trabajar; ella está parada en los embotellamientos la misma hora, casi sin moverse, para llegar a su oficina en Talbyie a 20kms.

Al mismo tiempo que uno padece este fenómeno, cotidiano en la vida del israelí tipo (por supuesto no afecta al kibutznik de Sde Boker o al ciudadano de Metula, pero doy fe que ciudades como Kiriat Shmona o Dimona, por nombrar sólo dos, no escapan al fenómeno en ciertos horarios), uno no puede dejar de admirar el frenesí de inversión en infraestructura. No se trata de voluntarismo o prioridades políticas sino de una necesidad vital: no sólo que un país en estado de guerra existencial DEBE tener buenas vías de comunicación; cuando ese país no está en guerra esas mismas vías le permiten crecer. El crecimiento económico, el “start-up nation” del cual tanto nos jactamos, tiene sus consecuencias: sociales, cuando la brecha entre ricos y no tan ricos se agranda; de fuerza laboral, cuando no se consigue personal para servicios porque la tendencia es ir hacia el “high-tech”; de costo de vida, cuando el poder adquisitivo sólo crece; y por supuesto, de calidad de vida. En un país rico indefectiblemente habrán más autos y más camiones y más actividad, y esa es la savia que recorre las arterias del país, en las que uno, simple “turista” en tiempos de no turismo, queda atrapado. Porque recordemos un rubro que no está presente, todavía: los ómnibus de excursiones. El estacionamiento de Capernaum en el Kineret, previsto para cuarenta ómnibus, está desierto.

Por eso, volviendo al principio, uno siente que este país “explota”. Cuando todo se detiene porque simplemente son demasiados en muy poco espacio, cuando nadie puede llegar a ningún lado, cuando la noción de que de un lado está el mar y del otro la frontera (sea dónde sea en Israel la frontera está ahí nomás), sólo queda pensar, parafraseando a Cat Stevens, where do people go (“Where do the children play?”). Queda claro que no hablo de conflictos internos, de las diversas “grietas” que atraviesan la sociedad, ni mucho menos de los misiles que en forma casi costumbrista llegan, ahora, desde Gaza; el Estado de Israel sabe defenderse, y los ciudadanos israelíes han demostrado que pueden resolver sus diferencias en forma creativa y democrática, como lo demuestra el ya no tan nuevo gobierno de Benet y Lapid. Cuando pienso en “explotar” pienso en ese minuto de quiebre que cualquiera pude tener en medio de un trámite, nunca exento de cierta dosis de grosería y malos modos, y sobre todo cuando pienso, experimento, esa sensación de inamovilidad, desesperanza, e incertidumbre que supone un atasco en Israel.

Tal vez el aprendizaje sea, como en ciertas circunstancias de la vida, ponernos en manos de aquello que algunos llamamos Dios o del oráculo que llamamos Waze. En cualquiera de los casos, se trata de saberse pequeño, insignificante, y valorar los momentos en que sí podemos incidir en el entorno. Creo que hay poca cosa más judía que eso y por eso Israel ha perfeccionado el recurso: embotéllate y conócete. Llegarás a destino siendo otro.

Ianai Silberstein
(20 de Octubre de 2021 a las 13:14)

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