Janet Rudman

Janet Rudman

Me gusta leer y escribir. Encontré en la lectura y la escritura una forma de canalizar mi esencia. Leo con la misma pasión con la que tomo café. Me gusta escribir sobre historias mínimas. He trabajado en varios proyectos editoriales uruguayos que construían identidad judía: Kesher, TuMeser, Jai y ahora formo parte del staff de SemanariohebreoJai.

Columna de opinión

La casa embrujada

Fue raro que la abuela Luisa me dejara su apartamento al morirse. Cuando me quedaba a dormir de niña, escuchaba llantos al despertarme por la noche.  Su empleada me contó que en esa casa murió una niña de sarampión y que su alma lloraba por las noches.  Mi abuela decía que eran historias de ignorantes. Con la adolescencia, se fue borrando mi entusiasmo por visitar a la abuela y me olvidé del tema. 

Al aceptar la herencia me comprometí  a vivir  cinco años en esa casa. La abuela Luisa  siempre fue una mujer manipuladora, lo digo como su nieta preferida.. Yo la llamaba “El Padrino” en versión femenina. 

Pintamos el apartamento con el pintor más barato del universo.  No me animé a tirar las fotos  de sus antepasados y en especial un cuadro de ella enorme, los metí en un placard. El día antes de la mudanza Roberto tuvo un viaje de improviso a Paysandú. Yo había pedido licencia, así que dejé a los chicos con mamá. Con el famoso “yo puedo” decidí pasar sola la primera noche en mi nuevo hogar. Estaba agotada La cama no estaba armada, así que dormí en un  colchón en el piso. Me desperté sin saber dónde estaba. Escuché sollozos entrecortados que subían el volumen. Recorrí la casa y me aseguré que estaba vacía. Volví a la cama, logré conciliar el sueño de nuevo. Otra vez me desperté con una ventana que se abrió, se había desatado una tormenta de verano con rayos y truenos. Cuando era una niña, corría a la cama de mis padres cada vez que había una. Me levanté, prendí las pocas luces instaladas y me hice un café bien negro.  Me acordé de la historia de los llantos que me asustaba a los ocho años. Prendí la computadora y le pregunté al señor google qué se hace en el SXXI con los fantasmas. Encontré cinco páginas con videos y artículos sobre cómo sacarse de encima un fantasma. Había uno con pasos a seguir y me pareció muy convincente. Tenía que prender una vela blanca en cada cuarto de la casa y repetir un mantra que decía así: “alma en pena, vete a tu mundo, que aquí ya cumpliste tu misión”. Agregar inciensos de romero y rezar al universo para que se fuera.

No le conté a nadie y llamé a Karina con un tono de desgraciada que fue muy convincente. Siempre me reí de ella por su afición por las brujas y los gatos. Me dijo que no me preocupara, que conocía muchos casos así y que tenía la persona perfecta para que mi fantasma no apareciera nunca más. Tenía muchas ganas de huir de ese apartamento y volver a mi ex casa. 

Fui a buscar el cuadro de mi abuela y sentí su mirada diciéndome “pensaste que te dejaba un gran regalo” Sentí que se comunicaba conmigo y me decía que una casa con un fantasma era una responsabilidad y que yo  iba a saber cómo enfrentarla.

Demoré un par de días en darme cuenta que solo yo escuchaba al fantasma. Roberto dormía como un tronco, así que nunca se enteró. No entendía mucho mi nerviosismo, me decía que me relajara, que todo iba a estar bien. Si hay una frase que detesto es esa. Con Karina experimentamos con varias brujas. Fue muy interesante conocer maleficios y cómo se revierten. A mí me hizo más escéptica. Entre tanta bruja, olvidé tomar la píldora y quedé embarazada. Yo ya tenía a Carlitos y a Lupe, no teníamos planes de otro bebé. El embarazo ahuyentó al fantasma y nunca más supe de llantos.  

Janet Rudman
(28 de Octubre de 2021 a las 13:32)

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