Friedrich Perschak

Friedrich Perschak

Lector, muy lector.  Desde hace años participo de talleres de escritura y lectura.  Estudiar Tora me lleva de la mano a mi identidad judía. Desde que me acuerdo, he leído.  En un verano, cuando tenía 9 años, mi padre nos dio a mis hermanos y a mí, libros para leer en la hora de la siesta;  ese fue el verano de Stefan Zweig. Desde ese momento mi relación con la literatura nunca se rompió. Todos los libros son buenos para ser leídos, todo lo vivido para ser narrado y para ser visto en el cine. La comunicación literaria como mi forma de vida.

Columna de opinión

Paisaje con grano de arena

La hija del Cachila, el domingo a la tarde, les pidió permiso a sus padres que estaban tomando los últimos mates, para salir a correr. Llenó una botella de plástico que usaba a modo de cantimplora, la puso dentro de su mochila, saludó a  cada uno de sus padres con un beso sonoro, y salió. Lo último que vieron de ella fue su espalda y su pelo pelirrojo cruzar el portón y correr hacia la esquina.

Tres días de búsqueda después, Martita colgaba en medio del monte de eucaliptus, detrás de un árbol  encontraron su mochila. Debajo de ella, caído y mezclado con arena y hojas secas un libro de Wislawa Szymborska. Nadie en el pueblo sabía quién era esa mujer de nombre tan raro. El libro parecía ser de poesía. Ninguno de los que lo levantó y luego volvió a poner sobre la arena, tuvo la iniciativa de leer lo que estaba subrayado.

“Pobre Martita”, exclamaba cada uno de los vecinos que pasaban por el monte al verla.  A nadie se le ocurrió avisar a sus padres. Nadie quiso ir a buscar una escalera para bajarla. Todos se detenían y desde el suelo la miraban y trataban de adivinar en su mirada suicida por qué lo hizo. 

El sol prendió fuego su pelo. Luego la sombra fresca de los eucaliptus escondió sus facciones y su rigor mortis. Era el acontecimiento del año. Martita muerta  a la vista de todos. Sus padres, en la comisaría preguntaban una y otra vez al comisario Ferreira qué había pasado con su única hija. 

Cuando por fin se enteraron, fueron ellos también corriendo hasta allí. No faltaba nadie del pueblo. Todos los vecinos querían ver ahora la cara del Cachila al encontrar a su hija allí arriba. “Pobre Cachila”, exclamaban. Ya no pensaban en Martita. 

Alicia, la madre abrió la boca como queriendo gritar, nadie se movió para escuchar su grito, pero no hubo ningún sonido. En silencio verificó si la botella de agua estaba vacía; cerró la mochila y abrazó el libro de poesía.

Era su culpa. Ella le había regalado ese libro. Juntas habían subrayado y tratado de entender esos versos. "Y al final dejé de saber qué era lo que tanto buscaba”.

La poesía llevó a la muerte a Martita, y mató en vida a Alicia. 

 

 

 

Friedrich Perschak
(18 de Febrero de 2022 a las 14:03)

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