Israel

Un último adiós en el kibutz Ein Hashlosha, un viaje que trasciende lo personal

Esta nota es ante todo un homenaje a la bendita memoria de Estela Har-Even (75)- nacida como Liebermann-, una mujer de buen corazón que supo siempre hacer grandes cosas en silencio, sin alardes de nada, sembrando calidez y sonrisas por doquier, aún cuando tuvo que lidiar en lo personal con no pocos desafíos.

 

Estela, siempre activa con gimnasia, natación y mucho aporte a su comunidad

 

 

Falleció el viernes último en Israel tras un rápido deterioro en la enfermedad que padecía desde hace poco, lo cual al menos le ahorró , con justicia, un largo período de sufrimiento que por cierto no merecía. Fue sepultada en su hogar, el kibutz Ein Hashlosha, que eligió como tal hace ya muchas décadas, enamorada de sus senderos y plantas y más que nada, de la gente, su gente.

No teníamos duda que debemos ir a su entierro, pero era ineludible pensar qué mal día para viajar allí, justo el Día de Jerusalem para el cual los terroristas de Hamas amenazaban con lanzar cohetes desde Gaza hacia Israel. Y Ein Hashlosha, ubicado a menos de 2.5 kms de la Franja de Gaza, suele ser uno de los blancos más atacados. Pero qué me voy  a quejar yo, me dije, si allí viven bajo esa amenaza todos los días…

Se viaja por la carretera 232 y en determinado cruce, casi el último cartel antes de llegar a Ein Hashlosha, indicando que por allí se llega también a Nirim y Nir Oz.

 

En el camino , a medida que uno se acerca a la zona conocida en hebreo como “Otéf Aza”, o sea algo así como el “sobre”, o sea el área adyacente a Gaza, que es la primera a la que disparan cohetes, aparecen los recordatorios de lo singular del lugar. Primero, un impactante dibujo enorme de los rostros de los cuatro israelíes prisioneros en manos de Hamas.

 

Se trata de dos soldados Hadar Goldin y Oron Shaul cuyos cuerpos fueron secuestrados por Hamas en la guerra del 2014, habiendo sido asesinado uno de ellos durante un alto el fuego humanitario pedido por Hamas y aceptado por Israel. Y de dos civiles, Abera Mengistu e Hisham a-Saied, judío de origen etíope el primero, beduino musulmán el otro, ambos israelíes con alguna alteración emocional que cruzaron por su propia voluntad a Gaza sin comprender lo que hacían, en el 2014 y 2015 respectivamente. Todos son retenidos contra las normas más básicas del Derecho Internacional humanitario.

Sus rostros aparecen en este dibujo enorme bajo una frase de una hermosa canción en hebreo: “hoshét haiád vega bam”, que aunque se refiere a la belleza de los altos del Golan, en el momento sentí que era como un pedido a Dios: extiende tu mano y tócalos, sálvalos, ayúdalos.

Y van apareciendo las “miguniót”, estructuras blindadas erigidas en general junto a las paradas de ómnibus, para que quien espera tenga dónde resguardarse si suena la alarma.

 

 

Gran parte de estas estructuras protectoras, fueron instaladas en la zona por el Keren Keyemet Leisrael

 

Alguien renovó recientemente los dibujos que las engalanan, una linda forma de alentar, de inspirar alegría aún cuando hay que tomar precauciones para no morir.

Esta es también una nota en homenaje al espíritu que la llevó a Estela (Z”l) del Montevideo que la recibió de pequeña-tras haber nacido en un campamento de refugiados en Alemania- y que fue su casa, al desierto del Neguev en el que se instaló en 1969 y del que nunca se fue. De allí se abocó a la vida comunitaria, a voluntarizarse durante 10 años para ayudar a los soldados de las Fuerzas de Defensa de Israel que cuidan la zona, y mucho más.

Es el mismo espíritu de aquellos que se hicieron presentes en el pequeño cementerio del kibutz Ein Hashlosha donde hay más de un centenar de tumbas, incluyendo la de David Volpin, el argentino que llegó de Buenos Aires a Israel con el primer grupo de voluntarios del exterior (MAJAL), se instaló en Ein Hashlosha y fue asesinado en 1951, a los 36 años, por terroristas que lo atacaron mientras llevaba el rebaño por sus campos, convirtiéndose así en el primer caído del kibutz.

La tumba de David Volpin
Y éste era él, David Volpin, el primer caído del kibutz, en una página recordatoria

 

Una de las javerot, de las compañeras miembros del kibutz, despidió a Estela, haciendo llorar y también sonreir. Contó sobre la dedicación de Estela a todo aquello en lo que trabajó en el kibutz, sea el “kolbo”-el supermercado local al que recordamos nos llevó más de una vez-o muy especialmente, el jardín de infantes. Ella contaba sobre la infuencia positiva que tuvo Estela en los niños, y veíamos a varios, ya hombres y mujeres grandes, asintiendo con una sonrisa.

Y una mujer joven que llegó hace pocos años al kibutz con su familia, contó cómo Estela la saludó cuando la vio por primera vez , en hebreo, pero siempre agregando “querida” en español, ofreciéndose para todo lo que precisaran en su nueva vida. Y lo principal, contó, es que no fueron solo palabras sino que Estela, de bendita memoria, siempre estuvo dispuesta a plasmarlas en acciones, desde los apodos cariñosos a sus dos hijos, hasta los famosos cañoncitos de dulce de leche que preparaba y que se ve que eran leyenda viva en su entorno. A tal punto, que esta joven mujer hoy residente en Ein Hashlosha, despidió a Estela con las palabras junto al ataúd, como “savta Estela”,  o sea abuela, en nombre de sus pequeños hijos .

Y allí estaban sus familiares que lloraban su ida física, pero agradecían que haya sido tan rápido, porque no merecía sufrir.

Estela y su hermano Mauricio
Estela y Marta, su hermana mayor

 

 

Su hijo Haim, su hermano menor Mauricio y su hermana mayor Marta quien con su esposo Mario Amitai, residen hasta hoy en el kibutz Nitzanim . Marta recordó todo lo que compartieron de niñas, hasta juntas se enfermaban, y Mario , con la voz entrecortada, recordó la singular personalidad de su cuñada y lo esperada que era en las reuniones familiares. Allí estaban para confirmarlo sus sobrinos Eitan, Hagai, Tsahi y Dror-todos ellos Amitai- con sus respectivas familias, y Maia Liebermann.

Y era notorio que había mucho para sonreir al recordarla, no sólo para llorar.

Y yo miraba a toda esa gente reunida alrededor del féretro en las palabras de despedida, y luego junto a la tumba, y pensaba que en cualquier momento puede sonar la alarma indicando que un cohete disparado desde Gaza, está en camino hacia el kibutz, como ha pasado en tantas ocasiones . Eso pasa desde hace años, con intervalos por cierto. Es un peligro siempre pendiente con el que la gente tiene que vivir. Cuando están comiendo, cuando se están duchando, cuando trabajan y cuando hacen el amor o jugando con hijos o nietos. Y tienen sólo 15 segundos para resguardarse.

Pero siguen allí. Y por eso allí, en el funeral, yo sentí que el heroísmo siempre está callado, no es grandilocuente. No anda gritando. El simple y directo heroísmo de seguir adelante a pesar de todo, en medio de la adversidad , de esa situación que tanta gente de la zona adyacente a Gaza dice “esto es 90% paraíso y 10% infierno”. Pensé en eso cuando la gente se quedaba conversando entre las tumbas. Muchas de ellas, de latinoamericanos que realizaron su sionismo allí en medio del desierto y descansan hoy en el kibutz.

 

 

 

Entre ellos la muy querida amiga de papá, Sara Stamler , con quien compartió años en el ken Abraham de Goes del Hanoar Hatzioni en Montevideo. Y su esposo, el argentino Jaime Hershman, que también descansa allí.

Y lo pensé cuando Angelita me mostró la tumba de sus padres y de Shoshana Weisz, que tan prematuramente falleció hace ya décadas, sucumbiendo al cáncer. Y cuando Ruben Friedmann, columnista de deportes en Semanario Hebreo-que ya nos ha enviado más de una nota escrita desde el cuarto refugio- se nos acercó a preguntarnos si tenemos tiempo de ir a su casa tomar un café, tal cual sabía que haría. Yo entré a su casa, hermosamente decorada por su esposa Estela Waiserbas con colecciones de casitas de cerámica por todos lados, mirando dónde está la pieza blindada para calcular los pasos hacia allí en caso de alarma…pero estos amigos queridos así viven siempre.

Sentí la heroica normalidad de la vida diaria cuando Estela se subió a su bicicleta para acompañarnos hasta la casa de su tocaya recién fallecida, donde la familia cumplía la shivá, comenzando la semana de duelo judío. Y cuando miraba las entradas de muchas casas, llenas de plantas y adornos de cerámica, esa normalidad hermosa de la vida también cuando uno sabe con qué amenazas tiene que lidiar.

 

Y cuando en el funeral se me acercó el querido Pablo Leffler , a quien entrevistamos varias veces a lo largo de los años sobre su trabajo en los cultivos en los campos del kibutz, expuesto a los disparos de los francotiradores palestinos desde Gaza,y  bromeando me preguntó si vengo a cubrir en vivo los cohetes que Hamas puede tirar ese día.

Y tanto más.

Pero como ya estoy escribiendo con los ojos nublados por lágrimas de emoción, me detengo aquí por hoy.

Bendita sea tu memoria Estela. Que descanses en paz. Podés estar segura: en Ein Haslosha nadie te olvidará.

 

Y en camino de regreso al centro de Israel, los hermosos paisajes pastorales de esa zona, contrastaban con la tensión siempre latente de fondo

 

 

Ana Jerozolimski
(31 Mayo 2022 , 17:20)

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