Ruben Kurin

Ruben Kurin

Soy Ruben Kurin, trabajé desde los 14, un día me di cuenta de que tenía más de 60 y pensé que necesitaba un cambio. Siempre me gustó escribir y quise dedicarle más tiempo a temas que me interesaban,  aprendí idiomas, informática, filosofía y  historia, Ahora puedo escribir y expresarme. Soy feliz porque considero que lo que no disfrutamos es tiempo perdido.   

Columna de opinión

Si hasta parece un cuento

Dedicado a mi “morá” Dora Zlocki

 Cuando la dictadura militar comenzó, en  1973, la facultad de Bellas Artes fue continuamente perseguida por la que Mario (Meir) Zlocki profesor de pintura y exiguo militante de izquierda debió emigrar contra la voluntad de su esposa en compañía de sus niños, un varón de seis años y una pequeñita de cuatro.

Nunca hubiese pensado en Israel. Podía haberlo hecho con Holanda, Cuba o hasta la mismísima Rusia o cualquier país detrás de la cortina de hierro como se les llamaba a los que conformaban la hoy extinta Unión Soviética, pero el destino juega con impensadas decisiones en la vida de la gente.

Eva trabajaba también de docente, pero no se había involucrado jamás con la política. 

Nunca iba a imaginar Dora que aquella llamada telefónica le daría un vuelco a su vida tan grande como de querer volver  a su tierra natal de la cual muy poco sabía y ni hablemos de las costumbres a las que se tendría que adaptar.

Le anunciaban que su padre, quien ya estaba separado de ellos desde hacía diez años se estaba muriendo y tenían que ir a despedirse mientras pudieran.

Así que ella y su hermano Eduardo pidieron un mes de licencia en sus respectivos trabajos tomando de inmediato el avión que los llevaría a aquel triste encuentro.

No tenía caso que Rosa viajara ya que su vida, luego de tantos años de separados ya estaba organizada sin su pareja con la cual mantenían una excelente relación de amistad a la distancia.

Al llegar a Montevideo los dos hermanos se encontraron con el esperado y triste espectáculo pudiendo despedirse ambos de su padre moribundo. Pasó el mes y regresaron  a Israel porque se les terminaba la licencia.

Como si sucediese en una novela tomaron ese vuelo el famoso trágico día del 11 de septiembre del 2001.

Con el alerta aéreo mundial tuvieron que hacer escala en Londres y retrasar veinticuatro horas el trasbordo.

Al hacer la llamada a la madre para avisarle del atraso esta le comunica que el papá acababa de morir.

Ella, su exesposa se enteró antes que sus hijos que por tan solo un día no lo acompañaron en el deceso.

Ya en Israel y retomando cada uno su rutina fue pasando el tiempo.

Luego de cuatro años decidieron volver a Uruguay a hacerle a papá la “matzeibe”.  El epitafio lo habían ordenado así como los trámites por internet.

Quien lo hubiese pensado ese hombre uruguayo-israelí, hijo de emigrantes austro polacos venidos a Uruguay en 1939 escapando a la guerra con un padre llamado Samuel Zlocki y de doña Adela Vecher fanático político de ideales izquierdistas  era enterrado en el cementerio israelita con los ceremoniales y rituales religiosos  

 Cuando llegaron del cementerio Dora trató de comunicarse por teléfono con su madre.

Lo intentó varias veces, pero Rosa no contestaba, nadie contestaba.

Decidió entonces llamar a la vecina la que le respondió que al sentirse con molestias estomacales decidió ir hasta el hospital a hacerse ver pero que la habían dejado internada en observaciones.

Cuando llegan a Israel se enteran  que su madre mujer que había insistido en que los hijos fueran a realizar el ritual tradicional judío a los muertos  a su exmarido tenía una  enfermedad terminal y en pocos meses los hermanos estaban vieron  caer el cuerpo de su madre dentro de un pozo envuelta tan solo en una mortaja como lo indica la ley de Moisés. 

 Justo o no justo, el rito es verdaderamente perverso y no hace a mi juicio, más que prolongar el duelo en el tiempo más de lo debido al quedarse con esa imagen grabada en la cabeza y en el alma.

 Dora, que ya tenía cuarenta y pico, seguía soltera, había tenido algunos vínculos amorosos. 

Joshua su enamorado actual y diez años menor sabía que Dora quería ir  a vivir al Uruguay, pero verdaderamente no lo entendía muy bien. 

Le preguntó los motivos  y conversaron como no lo habían hecho nunca hasta ese momento.  

Habían hecho un par de viajes juntos a París a Italia y por allí en la vuelta, pero no dejaba de ser eso, una relación sin compromiso a futuro.

Esto quizás, los motivos de que perdurara en el tiempo hasta el día de hoy a dieciséis mil quilómetros de distancia y por e-mail o por teléfono.

 - ¿Así que te vas nomás?

 Bastó con tan solo esa pregunta para que toda una historia en aquel cambio de vida no se haga esperar.

 Cuando estaban en Montevideo con Eduardo, Dora observó la forma de vivir de los uruguayos.

Era tan distinto todo

Por ejemplo:

Le llamaba la atención de que la gente pedía permiso y decía algo tan sencillo como gracias.

Otra de las cosas que la sorprendía era la cantidad de gente vieja, jubilados viviendo del estado y a cargo de sus familiares.

La poca juventud existente en un país de tan solo tres millones de habitantes vivía en casa de los padres y una gran proporción no estudiaba ni trabajaba haciéndola pensar que en Uruguay no habría trabajo sin embargo ella apenas llegó lo consiguió logrando hacer lo que sabía que era enseñar hebreo.

 Al morir la madre, con Eduardo su hermano, ambos decidieron seguir pagando un par de años más la hipoteca del apartamento de Adela Vecher de Zlocki, ese era el nombre completo de la mamá que ahora les pertenecía.

 Al terminar de pagarlo comprobó que con la venta de este le alcanzaba para tener una vivienda propia en una muy buena ubicación en Montevideo.

No lo pensó dos veces, al cabo de muy poco tiempo ya estaba trabajando y viviendo en su país natal del cual había emigrado con su familia a los cuatro años.

No fue fácil pero el ejército la había preparado lo suficiente para afrontar esto y mucho más en la vida.

En la época en que le tocó hacer el servicio militar coincidió la guerra contra el Líbano. Aunque no fue al frente por ser mujer vio morir a varios camaradas, compañeros de generación, de estudios, de barrio y se hizo fuerte a base del dolor al que le toca vivir en un país en guerra.

 

Tres años más tarde, al perder su trabajo Eduardo Zlocki decide también irse a probar suerte a América con Dora y comparten por primera vez los dos hermanos ya grandes el apartamento del barrio de Pocitos muy coqueto, aunque de un solo dormitorio.

 Él trae su profesión de diseñador gráfico y consigue trabajo como tal.

Ya hace un año que llegó, pero no es la panacea que imaginó lo cual no lo deja concentrarse en buscar un sitio adonde vivir solo.

 Aquí hay primos, tíos parientes de parte de mamá y de papá, pero “cada familia es un mundo” al que ninguno de ellos por la distancia de tantos años no mezcla ni trata de hacerlo y de en cada uno de “esos mundos.

 Don Samuel Zlocki (POLACO) y doña Adela Vecher  (AUSTRÍACA) fueron sus ABUELOS  PATERNOS (Vivieron en BERLIN escapan a la guerra en 1939 y se instalan en MONTEVIDEO) Tienen 2 hijos varones Mario (Meir) Zlocki (Profesor de Bellas Artes, padre de Dora y Eduardo) 1930-2001 y otro hijo de quien no tenemos más que los datos de que aún vive con más de 80 años, que es gay y que estuvieron peleados durante toda la vida (quizás por esta misma razón).

 Don Alberto Zobol y doña Luna Saúl (Origen Esmirna Turquía ambos) fueron sus ABUELOS MATERNOS Se conocen Uruguay abren una tienda en FLORIDA. Forman allá su familia: Tienen 4 hijos (2 hombres y 2 mujeres) Rosa Zobol (Maestra y mamá de Dora 1930-2005), Zelma Zobol, Yaco Zobol y Pocho Zobol que todavía vive con más de 80 años.

 Año 1939

Ya en alta mar en un camarote de 2da pero consciente de que los había hasta de 6ta categoría. 

No fue fácil llegar hasta el barco que los traería hasta América

Para esto Samuel Zlocki tuvo que apelar a sus contactos “comerciales” y a la ayuda proporcionada por la nacionalidad austríaca de su esposa Adela sorteando así decenas de vicisitudes. 

Él ya tenía la experiencia de emigrante cuando casi niño tuvieron que escapar prácticamente de su Polonia natal por los pogromos que cada vez se hacían más crueles y sangrientos.

 Aunque había nacido en una aldea de la que no se acordaba el nombre pero la misma  no era más que un calco de la Anatekva de Sholem Aleijem, tuvo la oportunidad de vivir los últimos tiempos en Varsovia y allí trabajar para una gran tienda adonde aprendió aparte del oficio de sastre más algo de astucia comercial.

 El camino de las persecuciones antisemitas lo hicieron cruzar las fronteras que lo llevaron hasta Berlín adonde conoció a Adela Vecher emprendiendo juntos un negocio de fábrica de ropa haciéndolos progresar hasta que llegó el flagelo del nazismo.

 Despacio recostó la cabeza en la litera para no despertar a Adela y el bamboleo del barco lo hizo dormir casi de inmediato.

 No habría pasado una hora cuando la pesadilla de aquel carnicero gordo con el hacha en mano lo perseguía furioso porque se había ido sin pagar con el paquete de carne, comida para sus pequeños a la que solo podría acceder robándola así doblaba siempre la misma esquina adonde se encontraba con un policía que tocaba pito sin cesar hasta que los vecinos del barrio lo perseguían hasta que finalmente la desesperación y el sudor frío lo despertaban junto con un grito desgarrador  y  la boca reseca.

 Treinta días más tarde el barco entraba al puerto de Montevideo mostrando a su izquierda un cerro con una fortaleza en la que arriba una enorme bandera de colores celeste y blanca adornada con la cara de un sol sonriente y que al flamear parecía darle la vivienda a todos los que llegaban al país.

 Así los abuelos paternos de Dora y Eduardo Zlocki ponían su parte en formar la familia en Uruguay.

 Los abuelos “turcos” y la Tienda se llamaba “DON ALBERTO” en la ciudad de Florida a cien quilómetros de Montevideo…Don Alberto Zobol y doña Luna Saúl:

Aunque nadie supo bien la historia tanto de Alberto como de Luna, ellos habían nacido en Esmirna Turquía, pero se ennoviaron aquí en Uruguay. Se decía que era un matrimonio arreglado por una casamentera como se estilaba antes y que ambos eran casi unos niños de no más de quince o dieciséis años como mucho.

 La dote de Luna fue el juego de dormitorio algunos platos, fuentes, un par de ollas y sartenes, un viejo samovar traído de origen.

Ruben Kurin
(9 de Junio de 2022 a las 14:31)

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