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Irán: terror, represión y amenaza nuclear

Occidente debe tomar tan en serio la violación a los Derechos Humanos en Irán como su programa nuclear que amenaza al mundo entero. 

El pueblo de Irán no necesita más que acciones y que Occidente apoye la libertad de un pueblo que resiste a la violencia, la represión y el fundamentalismo islámico.  

Por estas horas el pueblo iraní está, de forma pacífica, otra vez en las calles de las principales ciudades del país para mostrar su rechazo al fundamentalismo islamista emanado desde el Líder Supremo y los gobiernos que fomentan la persecución a las mujeres. 

En el año 2020, el año de la pandemia, el régimen iraní quitó fondos para la lucha contra el covid-19 y aumentó el gasto en las Fuerzas de Seguridad como la facción Basij que asesinó a 1.500 personas en la represión de las protestas de noviembre de 2019. Estados Unidos denunció entonces que había altos funcionarios de gobierno que habían dado luz verde a la matanza de civiles incluidos niños. 

En 1979 fue el clero chiita, la rama minoritaria del islam, que llegó al poder tras la revolución y comenzó un régimen teocrático que unificó a la política con el fundamentalismo islámico sobre dos soportes: una fuerte represión interna violatoria de los Derechos Humanos y una agresiva política nuclear con fines bélicos. 

Una violación sistémica de los Derechos Humanos 

El asesinato de MahsaAmini, una joven iraní de 22 años detenida por no usar correctamente el velo,expuso una vez más la opresión que existe en el país persa sobre las mujeres: horarios diferenciados para sus actividades, distópicas limitaciones para su vida cotidiana, agresiones psicológicas y físicas y vejaciones en nombre de la estabilidad teocrática del régimen. Sin embargo, permitió al mundo conocer algo más del verdadero rostro de Irán: los cuerpos de seguridad y la comúnmente conocida como Policía Moral que patrulla las calles en busca de incumplimientos morales por parte de las mujeres y en función de lo que la ley islámica establece. 

El país entero estalló entre protestas: cientos de mujeres en las calles de las ciudades se quitaron el velo, muchas de ellas los quemaron y miles de personas arrojaron piedras contra las imágenes del Líder Supremo Khamenei. En las últimas horas se contabilizaron, al menos oficialmente, entre 8 y 30 muertos por la represión y centenares de heridos y detenidos cuyas historias buscan ser silenciadas por parte del régimen tras el bloqueo a internet. 

En Irán no existe tampoco la libertad de expresión ni de reunión. El estado teocrático tiene cuerpos de seguridad ligados a la Guardia Revolucionaria de Irán, una rama de las Fuerzas Armadas iraníes, que patrullan las redes sociales e intervienen en las aplicaciones de los teléfonos celulares de la disidencia. 

El país es también un mosaico étnico donde, a mayoría de lo que muchos podrían pensar, la mayoría de los iraníes no son persas, sino que conviven otras etnias tanto religiosas como culturales. Esto intensifica la represión contra pueblos como el Kurdo, una nación sin estado repartida entre distintos países, los azeríes u otras etnias religiosas. 

Los tribunales de justicia, compuestos por clérigos afines al régimen y al gobierno, son quienes promueven las retrógradas sentencias contra las mujeres: en Irán siguen siendo lapidadas y enviadas a la horca por relaciones sexuales fuera del matrimonio, entre otras cosas. Solo en el mes de julio, 32 personas fueron ejecutadas de las cuales 3 fueron mujeres. Según cifras consultadas, Irán es el país que más mujeres continúa ejecutando. 

La amenaza nuclear desde Teherán

Las últimas amenazas nucleares de la Federación Rusa en la invasión a Ucrania, siendo Vladimir Putin un interesado aliado del gobierno iraní, demuestran que la retórica bélica nuclear sigue siendo legítima para quienes buscan expandir el terror e Irán es un estado autoproclamado como legitimador del terrorismo para conseguir sus objetivos en política exterior y dominio regional. 

Es por esto por lo que los Líderes Supremos de Iránsostienen a guerrillas como Hezbollah, en el sur del Líbano, bases operativas terroristas en Siria y a los Huthíes en la guerra de Yemen. 

El programa nuclear iraní, iniciado antes de la revolución islámica de 1979, es una amenaza directa a la seguridad del mundo entero. El ocultamiento de información por parte de las autoridades a las organizaciones internacionales expertas en la materia, la incendiaria retórica de clérigos y políticos contra el estado de Israel y sus vecinos, el deseo de aniquilamiento al pueblo judío y el enriquecimiento de uranio a niveles no pacíficos (fundamental para conseguir la bomba atómica) hicieron que la República Islámica de Irán fuera sancionada hace años y aislada de la comunidad internacional. 

Desde entonces, se conoce que Irán profundizó su financiamiento a través de canales alternativos y promovió un nuevo esquema de alianzas políticas contra Occidente: China, Rusia, Venezuela, Nicaragua y Cuba. 

A partir de 2015, un concierto de países liderado por Estados Unidos y la Unión Europea, comenzó un proceso para aliviar estas sanciones contra Irán y permitir una vuelta al comercio de petróleo en el conocido acuerdo nuclear o JCPOA por sus siglas en ingles. Sin embargo, de forma clandestina, Irán nunca abandonó sus intenciones bélicas y el acceso al poder nuclear para fines no benéficos. En el 2018, poco tiempo antes de la retirada de Estados Unidos del acuerdo, Israel hizo pública la denuncia de instalaciones nucleares clandestinas en el país persa y la vuelta al enriquecimiento de uranio. 

Irán, a pesar de decir lo contrario, nunca dejó de lado su intención de irrumpir de forma violenta en la región. Tampoco dejó de lado su aversión al pueblo judío, a la vida occidental y la convivencia pacífica entre religiones. Este modelo imperante en el país persa no tolera la pacificación y no dudará en engendrar armas nuclearespara conseguir sus objetivos. 

Por estos días en Viena, frente a la preocupación de Israel y los vecinos estados árabes de la región, existe una posibilidad de retomar el acuerdo del 2015 y permitirle a Irán a acceder a millones de dólares y activos financieros congelados como así también a las divisas producto de la venta de petróleo. Esto le daría, según fuentes consultadas, una suma estimada de cientos de miles de barriles diarios y una fuente inagotable de recursos, a pesar de las oscilaciones del precio internacional del petróleo, para seguir financiando la represión interna y sus actores externos en el Líbano, Siria o Yemen. 

Los gobiernos occidentales deben tomar tan en serio la violación a los Derechos Humanos como el programa nuclear de Irán. No puede pensarse el permiso de este poder que debiera estar únicamente reservado a países cuyas instituciones sean lo suficientemente sólidas para impedir una guerra nuclear. 

En Irán el fundamentalismo islámico y las ambiciones nucleares son las dos cabezas de un peligroso monstruo al que Occidente tarde o temprano deberá enfrentar. La verdadera cara de la represión y el terror están esperando los poderes nucleares para profundizar las amenazas al mundo libre. 

No puede haber otro error de cálculo occidental en un mundo cada vez más complejo. 

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