En comunidad

Desde las tripas

Por Eli Aljanati

No tenía ganas de escribir sobre lo que ocurre en Israel y la guerra a la que se ha visto obligada a pelear.

No quiero hacer  ningún análisis sesudo de geopolítica, ni sobre las causas o consecuencias de la masacre, a nivel interno o internacional. 

Ni sobre el antisemitismo rampante a nivel mundial que se desató 

Ni sobre cuáles son las razones por las que los progresistas del mundo son la principal fuente de apoyo a Hamas en Occidente.

 Tampoco quise escribir sobre la enorme de solidaridad que los judíos del mundo están mostrando.

Ni siquiera quería escribir sobre el orgullo de ver a un pueblo unido (al fin) cuando las circunstancias más lo requieren. 

No voy a hablar de la emoción de ver al ejército de mi pueblo poner la carne –literalmente- para liquidar a Hamas. 

Menos aun quiero escribir sobre las imágenes y videos exhibidos al mundo de los muertos, torturados, violados, quemados. Me resulta aunmas duro y no lo hare sobre los secuestrados.

No voy a hablar de la caída de caretas a nivel internacional de países, organizaciones y personas que apoyan a Israel con “peros” al final de cada oración. 

Ni siquiera hablaré  de la ayuda militar que Israel recibe, y tampoco de las razones por las cuales aun no ha podido  ingresar a Gaza. Se lo dejo a los expertos.

Ya no quiero decir nada sobre las manifestaciones antisemitas en mi país y en el mundo. Tampoco hablaré sobre la doble vara para medir a Israel y al resto del mundo.

Tampoco hablaré del resto de las masacres que a diario ocurren en el resto del planeta, pero de las que nadie dice nada, porque hay ocho mil millones de expertos en Medio Oriente.

No levantaré la lapicera para señalar el papel de quienes han educado en el odio a los judíos a generaciones enteras de musulmanes que viven a metros de Israel e incluso adentro del mismo.

No quiero decir nada de la ausencia de manifestaciones anti Hamas en ninguna parte de Medio Oriente y tampoco de las que vi en buena parte de Occidente. 

Aunque me gustaría, prefiero no hablar de los que si apoyan a Israel y a los judíos, sabiendo que la batalla no es por tierras, sino por evitar que seamos borrados del mapa por ser lo que somos.

Dejaré que otros se refieran a que este conflicto empieza con los judíos pero el enemigo final es Occidente.

No hablaré de política, no hablar´r de ideología, ni tampoco de odio ancestral, de pensamientos de atávicos, ni del regodeo de muchos ante la sangre de mi pueblo derramada.

No vale la pena hablar de los insultos y amenazas que en forma más frecuente ahora, recibo en redes sociales por decir lo que pienso y lo que soy.

Tampoco escribiré sobre cosas que gente mucho más inteligente, versada y atenta que yo, ya han hecho.

Tampoco hablaré de cómo nos bancamos mutuamente los judíos de la Diáspora y los que están en Israel. De sus miedos y de su esperanza.  De nuestros miedos y nuestras esperanzas.

Nunca hablaré , porque me lo guardo para mí, del dolor de las familias que han perdido a parte de sus integrantes. Ya nadie hablara de las familias que desaparecieron enteras.

Y aun menos hablarë, de quienes lucran con la muerte y aprovechan a pegarle a un pueblo herido pero que va a sobrevivir y vivir a pesar de todo.

No hablaré de cosas que antes no entendía pero ahora sí. No entendía como se llegó a producir el Holocausto, pero ahora lo sé.

No hablaré de como los peores enemigos de la libertad no son los que la atacan, sino de los que no hacen nada para evitar que ello pase.

Confieso que estoy harto. Harto de ser señalado. De ser perseguido, de hacerme sentir distinto (para mal).

Eso no me provoca esconderme y asimilarme entre la masa vociferante. Al revés, me hace reafirmar mis convicciones y mi sentido de pertenencia.

Alguna vez dije que era afecto a ser combativo e ir a buscar a los antisemitas, antes que ellos me busquen a mí. Y en eso estamos.

Mucha gente anónima en Twitter (X) me dice lo mismo. HOY, más judío que nunca, más unido que nunca y más combativo que nunca. ¿Por qué si no es ahora, cuando?

 

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