Mundo Judío

La paradoja permisible

Fuente: eldebate.com

Por Marcelo Wio 

n la novela Maniac, Benjamín Labatut decía algo así como que los huecos que deja la pérdida de la fe, que tienen la forma menoscabada de la deidad repudiada, exigen ser rellenados por algo igualmente imprescindible como aquello que se extravió. Esa elección, sostenía, rige el destino de los hombres.
La creencia en el mérito, en el valor del esfuerzo, de la perseverancia –de los elementos que lo coadyuvan: las instancias y sus normas, sus calificaciones, sus recompensas– , ha dejado un vacío que pretende llenarse casi con su opuesto: el derecho del capricho, del color de piel, de la ignorancia vocinglera; el privilegio de la (auto)percepción, de la ofensa, de la filiación. Una «divinidad» hecha de parches inexactos, contradictorios: jirones de antojo, ficción, interés y estulticia con doctorado y mucha prensa.


Un poco como el ídolo palestino, fabricado de falsificaciones, hurtos y una negación de la vida presente como germen paradójico de una utopía lustrosa; así andan los jóvenes atravesando la actualidad, como si el abandono, la renuncia apenas disfrazada de frenética actividad inerte, inútil, fuese la ofrenda exacta para el futuro impecable, vital: verde, que te quiero verde; de biología cancelada, de conocimiento rebajado a sentir (o incluso a mera digestión), del gobierno del amor y la bondad. Vamos, el porvenir entregado a los totalitarismos ya conocidos y aquellos por conocer: la estupidez no elabora más que regalías para los que se valen de esos remiendos pseudorreligiosos para su provecho – trillado atajo para mediocres e inescrupulosos.


Esperan, con los dientes largos, los Putin, los Erdogan, los ayatolás iraníes, los jeques qataríes de turno. Aguardan, sí, pero sin pasividad, extendiendo cheques onerosos, redes de complicidades y obediencias. Empastan la ausencia con sencillas seguridades hechas de orden y fe; y de beneficios económicos, que no todo es el más allá.
Mientras tanto, los prestigios académicos ensamblan las distintas formas de asentimiento que esos fondos pagan: los próximos burócratas del horror, los científicos de sus expansionismos, los políticos como necesarias marionetas, y los muchísimos indispensables y disciplinados nadies que «votan», consumen, vitorean y, cada tanto, aportan un cierto número que escenifica la oposición, antítesis precisa para ejercer el poder como un recordatorio implacable.


Incoherentemente, quienes hoy se dicen humanitarios, progresistas, ‘autopercibidistas’, universalistas (aunque identitarios), están escribiendo el contrato con la tiranía. Acaso no tan ilógico: el totalitarismo suele llegar al consenso –o, antes bien, a una ilusión creíble del mismo: a la espiral de silencio, digamos– por el lado de la benevolencia, del sueño infalible de la mayoría, del bien común inclusivo (para el que siempre se justifica que se corten algunas frutas en mal estado, de semillas contraproducentes).


Ahí anda buena parte de la izquierda contemporánea. Adulterando consentimiento. Blanqueando y actualizando odios viejos: el judío vuelve a ser aquel que pensaron los taumaturgos de la KGB, los nazis y fascistas, o el islamismo fanático. Casi los mismos que apuestan a volver; aquellos a los que les están allanando el camino: al punto que el régimen de los ayatolás –homófobo, totalitario, teocrático, misógino, supremacista, imperialista– es presentado como un aliado justamente de los valores opuestos.
No extraña: la paradoja lo permite todo. Hasta al movimiento LGTB occidental abraza al grupo terrorista, genocida, violador, ‘LGTBófobo’. En el reino de los tontos y los fanáticos, el rey es el más brutal.

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