Mundo Judío

Antisemitismo: intentemos comprender, detengámonos en la ignorancia

Por ROBERTO CYJON

En un mundo que parece inundado por un, acaso, renovado antisemitismo, entendemos oportuno inspirarnos como punto de partida en el reciente libro del insigne historiador Peter Burke: Ignorancia: una historia global.[1] Su trayectoria académica configura un modelo de historiar el conocimiento. ¿Por qué habría de dedicarse con sus más de ochenta años a indagar en una nueva historiografía como la de la ignorancia? Pues lo motivan ciertos pensamientos como el de Petrarca (Italia, 1304-1374): “¿Qué campo más amplio puede haber que un tratado sobre la ignorancia?” Cita otro argumento: “La ignorancia, al igual que el conocimiento, es una creación de la sociedad” y describe un glosario de decenas de tipos de ignorancia. Compartimos solo algunos:

Ignorancia decidida: no querer saber; autorizada: rechazo colectivo de una información por considerarla irrelevante; deliberada: voluntaria; estratégica: mantener a otros en la ignorancia de manera deliberada; de grupo: ignorancia organizativa; interesada: una forma de no querer saber; organizativa: distribución irregular de conocimiento dentro de una organización; superable: ignorancia culpable o censurable…finalmente: docta ignorantia: la ignorancia que se consigue a través del estudio y la meditación. (Burque, 2023, pp. 451-454).

Considerando estos pocos elementos podríamos concluir que somos ignorantes en tanto estudiamos, pues ampliamos el universo de lo desconocido, que hay ignorantes voluntarios y culpables, que existen métodos para que lo sigan siendo, que el problema es muy antiguo y es una creación premeditada de la sociedad. Todo ello influye en la política, salud, economía, religión, guerras, vida cotidiana…para ejemplificar algunas de las innumerables consecuencias.

De mi parte, me detendré en una de sus eventuales derivaciones: el fanatismo. Mediante el repertorio anterior es posible enunciar que, para pasar de ciertas formas de ignorancia al fanatismo basta dar un pequeño paso adelante. Por fanatismo se entiende, según la RAE: “Apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas.” El fanático, por ende, es un discriminador. “El que selecciona excluyendo”, por definición. El que desprecia al otro por falta de sensibilidad o capacidad de razonamiento; por no considerarlo un igual, sino un no aceptable merecedor de consideración. Agregamos: por ignorante en algunas de sus tantas facetas.

Antes de vincularlo con el antisemitismo surge una pregunta preliminar: ¿acaso no hay fanáticos judíos? Sí los hay y es igualmente reprobable. El fanatismo, provenga de donde provenga, alienta a la deshumanización. Cuanto más en casos de guerra en los cuales los civiles llevan las de perder. Así llegamos al punto medular de nuestro dolor actual: el auge del antisemitismo a partir del 7 de octubre de 2023, en que Hamas secuestró, violó civiles y cometió la peor masacre en Israel contra los judíos y quien se encontrase en su camino. Es la más despiadada desde el nazismo y su programa de Solución final al “problema judío.” Es por ello que percibimos en conceptos como ignorancia deliberada, estratégica y organizativa, mecanismos para estimular el antisemitismo, solapado o explícito, mediante un término nuevo: el antisionismo. Una premisa que, solapada, se sustenta en condenas de colonialismo y opresión israelí y olvida o minimiza el 7 de octubre, mientras que explícita exige la destrucción del Estado de Israel. ¿Es posible desarticular el antisionismo del histórico antisemitismo? ¿No subyacen en él los cimientos de las clásicas acusaciones seculares, de diestra y siniestra sobre el judío dominador del lobby mundial, gestor del comunismo o reaccionario capitalista? Volviendo a Burke ¿es dable justificar estas posiciones a los amparados en la “ignorancia inevitable”: la ignorancia sin culpa?

Los judíos somos, a grosso modo, 15 millones de personas entre 9 mil millones. Sostenía Hanna Arendt en 1948, que es un absurdo atribuirle a un colectivo infinitamente pequeño, como la cantidad de judíos en el mundo, los males de toda la humanidad. Esto alcanzó los mayores límites en el siglo XX: “en que las evoluciones políticas han empujado al pueblo judío al centro de la tormenta de los acontecimientos. La cuestión judía y el antisemitismo, fenómenos relativamente carentes de importancia en términos de política mundial, se convirtieron en el agente catalizador del nazismo, en el que cada ciudadano tenía que demostrar que no era judío.”[2]

Israel no es una sociedad perfecta, ninguna lo es. Está involucrada en una guerra dramática, dolorosa y trágica, porque esas son las características de todas ellas. La guerra israelí contra Hamas no es la única que angustia en tiempo real. La de Rusia contra Ucrania es anterior, vigente, terrible y cruel. Los conflictos derivados de dictaduras, pobreza extrema e intereses mezquinos, entre otras maquinaciones, son no menos      estremecedores. Suceden ante nuestros ojos en todas las latitudes. ¿Quién decide que la centralidad en la opinión pública -como señalara Arendt- recaiga sobre Israel y el judaísmo? Cierta prensa, ámbitos académicos, movimientos por los derechos humanos y las redes sociales ¿carecen de responsabilidad al acentuar con ferocidad la palestinofilia y el antisionismo? ¿Tiene sustento horizontalizar a la sociedad israelí democrática atrapada en una guerra provocada, que ojalá termine ya, con el terrorismo de Hamas? Se trata del drama de dos pueblos, no de una clasificación automática y banal entre “buenos” y “malos”. El dolor por el sufrimiento judío ¿es selectivo para la maquinaria de “normalizar” al antisionismo? Si es selectivo es discriminatorio. Si es discriminatorio es antisemita. Quizás sean silogismos reduccionistas, aun así, le damos cabida a los matices. 

La reflexión que pretendemos inferir es que los postulados de odio de Hamas y tantas otras organizaciones terroristas islámicas, configuran una amenaza étnica, religiosa, política, regional y mundial muy grave y peligrosa. Quien desinforma y califica irracionalmente a Israel como único culpable de las lamentables desgracias que padecen los gazatíes y desconoce o no acusa con claridad la propia responsabilidad de Hamas, sumada a su crueldad incalificable contra israelíes y judíos, sería igualmente reduccionista. Más aún, podría ser un ignorante deliberado y, consciente o inconscientemente, a nuestro pesar: un antisemita renovado.


 
[1] Burque, P. (2023): Ignorancia: una historia global. Madrid: Alianza.
[2] Arendt, H. (2016). Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza, (p. 33).

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