Israel

Rehén del terror: los días de Eli Sharabi en los túneles


Hay libros que te golpean y otros que te dejan en silencio. Rehén, de Eli Sharabi, hace las dos cosas. Es su historia de 491 días secuestrado por Hamás, contada sin adornos, con la urgencia de quien todavía está ahí, respirando entre túneles y oscuridad.

Mientras leía, me impresionó cómo Eli se aferra a la memoria: intenta recordar los días, las festividades, a su esposa, a sus hijas, a sus amigos. Recordar lo bueno es su manera de creer que va a salir, que hay una vida esperándolo después. Nunca duda de eso.

Conocemos a Almog Sarusi, Hersh Goldberg-Polin, Alon Ohel, Ori Danino, Eliya Cohen, Or Levy y, finalmente, a Ohad Ben Ami. Sus diferentes compañeros en diferentes etapas de cautiverio.

También me conmovió mucho la forma en que cuenta la ayuda entre los rehenes. En cada lugar donde estuvo —una casa, un túnel, otro túnel todavía peor—, lo que los sostenía era el vínculo. Saber que no estaba solo. Entender que no podía cambiar el hecho de estar ahí, pero sí su actitud.

Me llamó la atención cómo describe a sus carceleros. Algunos parecían menos crueles: daban un poco más de comida, no golpeaban. Pero Eli nunca se engaña: seguían siendo parte de Hamás, de esa ideología que no deja lugar para Israel. Les decían que sus familias los habían olvidado, que Hamás estaba ganando. Él sabía que era mentira, pero igual dolía escucharlo.

Hay algo muy humano (y perturbador) en cómo cuenta que esos mismos hombres, que podían ser tan violentos, rezaban llorando o hablaban con ternura a sus hijos por teléfono. Eli, que entendía árabe, captaba todo: el tono, los silencios, la tristeza. Era su única forma de saber qué estaba pasando afuera.

Y hay escenas que se te quedan grabadas: cuando lo trasladan y, por un segundo, huele comida frita en la calle, ve negocios abiertos, gente caminando. Pequeños destellos de normalidad, que para él eran señales de que el mundo seguía existiendo.

Lo que más me quedó de Rehén es su foco absoluto: sobrevivir. Saber que el miedo no puede paralizarte. A lo largo del libro, el hilo que lo sostiene todo es la determinación de vivir. Cuando a veces le ofrecían una pita solo si repetía una oración del islam, él lo hacía sin dudar: no porque creyera, sino porque sabía que cada bocado lo acercaba un poco más a volver a casa.

“No sé si siento a Dios en esos momentos. Pero siento poder. Conexión. Me recuerda por qué debo sobrevivir. Por quién. Para qué.”

Un libro durísimo, pero lleno de vida.

Janet Rudman
(02 Noviembre 2025 , 16:25)

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