Israel

A Itzjak Rabin se lo extraña ante todo por su integridad al gobernar

Nota de opinión

Recordar a Itzjak Rabin con enorme nostalgia y tener presente el sentimiento de orfandad que embargó a gran parte de la ciudadanía israelí cuando fue asesinado, no significa que haya que glorificar su política ni insistir en el camino por el que él trató de marchar hacia la reconciliación pacífica con los palestinos. 

Su intención fue pura y lógica, tratar de cambiar la dinámica del conflicto, el enfrentamiento y la muerte por una realidad de convivencia pacífica, sin dolor ni sangre. Pero sus interlocutores, encabezados por el jefe de la OLP Yasser Arafat, demostraron que no eran dignos de la confianza que Rabin había depositado en ellos, pensando que realmente querían cambiar.

En este trigésimo aniversario del magnicidio, son varios los puntos en los que nos podemos concentrar. 

Uno, el más evidente, es el horror del asesinato como forma de frenar un camino político en un país democrático donde se puede recurrir a las urnas. 

Foto: Ariel Jerozolimski

 

Otro, recordar que el asesino, al que consideramos un terrorista, Igal Amir, fue el que disparó los tres balazos pero de hecho sus acciones fueron el corolario de una terrible campaña de incitación y demonización. Criticar a Rabin y manifestar contra él, era legítimo, inclusive si los temas en discusión no hubieran sido tan polémicos. Llamarlo de traidor y asesino, difundir fotos montadas suyas con uniforme de SS y manifestar con elementos como un féretro sobre el que se escribió que Rabin asesina al Sionismo-y daban a entender que él debe terminar en el ataúd- o una soga para ponerle al cuello, es inaceptable. 

Un elemento muy grave en todo esto es que el entonces jefe de la oposición y hoy Primer Ministro Netanyahu lo vio todo. La foto de SS, desde el balcón de la plaza Kikar Tzion en Jerusalem y mucho más, porque el entonces jefe del Shabak, el servicio de seguridad, Carmi Guilon, se lo mostró personalmente, para exhortarle a que baje las llamas. Netanyahu nunca llamó a Rabin de traidor ni asesino y muchas veces  trató de callar los gritos con ese tono, pero no frenó realmente a los extremistas. Cabe suponer que no creyó que se llegaría al extremo del asesinato. Muchos no creyeron. Pero no puede decir que no vio, que no sabía, que no le advirtieron.  Es cuestión de responsabilidad. 

Es que uno de los puntos centrales a abordar hoy aquí, es el enorme ejemplo que dio Itzjak Rabin, el legado que dejó, en términos de qué significa gobernar con responsabilidad.

Rabin nunca iba a deslindarse de ninguna responsabilidad. Hacerse responsable por eventuales o confirmados fracasos, era para él inherente a su condición de Primer Ministro. No concebía otra opción. No tenemos dudas: si  la catástrofe del 7 de octubre hubiera ocurrido estando él al frente, ese mismo día habría dimitido. O habría proclamado categóricamente que al terminar la guerra se retiraba definitivamente de la vida política, comprometiéndose a no postularse nunca más. Y habría pedido perdón. Habría asegurado que se formaría una comisión oficial de investigación para llegar a la verdad.

Evidentemente estamos suponiendo, pero no en el aire sino en base a la forma en que él actuó siempre.

Cuando en su primer período como jefe de gobierno se descubrió que su esposa Lea  tenía una cuenta en dólares en Estados Unidos, lo cual en ese momento era ilegal, Rabin anunció de inmediato-aunque al parecer no sabía al respecto- que presenta su renuncia. Dijo claramente que no concibe que Lea lidie sola con el problema y que él, como Primer Ministro, debe actuar de la forma más exigente posible.

Cuando  tras muchas dudas por lo desafiante y arriesgado del tema, aprobó el operativo Ionatan, el rescate de los rehenes israelíes llevados por terroristas a Entebbe, Uganda, en julio de 1976, dejó pronta una carta de renuncia. En ese momento, evidentemente, por la necesidad de garantizar absoluto secreto, no dijo nada, pero luego se reveló: si algo funcionaba mal, si el operativo terminaba en desastre, si pasaba algo con los aviones, con los rehenes, lo que fuera, él dimitía.  Yo soy el Primer Ministro, yo tengo la responsabilidad, era su lema.

Gobernó a la luz de esa noción y con ello dignificó el puesto de Primer Ministro de Israel. 

Esto no significa que se debe glorificar ni idealizar su política. Sus intenciones con el proceso de Oslo, respondieron a la visión de estadista que piensa en las próximas generaciones. Pero el resultado, lamentablemente, fue desastroso. Claro que es imposible saber qué habría pasado si no hubiera sido asesinado, si acaso él habría logrado maniobrar de modo que Arafat realmente cambie, que actúe en favor de la paz, y no como actuó siempre, hasta su propia muerte. Quizás también habría logrado destruir a Hamas si hubiera perpetrado sus atentados suicidas mortales tal cual los hizo después del asesinato de Rabin. No se puede saber.

La derecha tenía razón en absolutamente todas sus advertencias. Creemos que Rabin hizo lo correcto al intentar. El terrorismo asesino no empezó con Oslo, eso debe estar claro. 

Por todo esto, habrá quienes lo recordarán como el arquitecto de un proceso peligroso para Israel. Otros, como quien entendió que debía tratar de cambiar de rumbo y llegar a la paz, lo cual se intenta con los enemigos. Todo esto es válido. Y por sobre todo, consideramos que se lo debe recordar como una figura que entregaba todo de sí por el pueblo. En una entrevista concedida días atrás al canal n12 de la televisión israelí, su hijo Yuval contó que su padre se asombraba cuando la  gente lo homenajeaba por algo que había logado, porque él  simplemente consideraba que había hecho lo que debía hacer.  El siempre veía en el país y no en sí mismo lo primero, y tenía claro que estar en la cúspide, rigiendo los destinos de Israel, no significaba sólo festejar los éxitos sino ante todo, hacerse responsable por los fracasos.

Ana Jerozolimski
(03 Noviembre 2025 , 12:11)

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