En noviembre leí dos libros nuevos y, para el taller, volví a leer tres. La relectura siempre revela aristas que en la primera pasada se nos escapan, incluso en los mejores libros.
¿Qué pasa con Baum de Woody Allen? Mi lectura, mi película

Leer a Woody Allen es, para mí, como rebobinar mi propia vida. Ese Nueva York que describe —y que ya no existe— es el que conocí las veces que estuve allí. Sus calles, su ironía, sus neurosis… todo me devuelve a la juventud, a mis lecturas y a las películas que me acompañaron. Todavia recuerdo la emoción de ir a un estreno suyo.
Pienso en Hannah and Her Sisters y sé exactamente qué me estaba pasando en ese momento. Lo mismo con Whatever Works o Match Point, que me dejó pensando durante semanas en el bendito azar y en cómo a veces la vida es eso: suerte, mala suerte y decisiones de mierda.
Por eso no puedo leer ¿Qué pasa con Baum? desde un lugar neutro. No quiero y no puedo. Me encanta Woody Allen, con sus sombras, sus torpezas y su ego siempre al borde del colapso. Me hace reír incluso cuando habla de sus miserias, que nunca son pocas.
En esta novela vuelve a su tema favorito: el hombre judío, neurótico, confundido, talentoso a medias, hundiéndose en sus conflictos. Asher Baum es exactamente ese personaje. Un escritor de talento dudoso, un hombre de mediana edad que ya se resignó a no ser Kafka pero que siente celos de cualquiera que sí lo sea. Su tercer matrimonio se tambalea, su autoestima también, y él vive atrapado en la sospecha permanente: su esposa, su hijo, su hermano, todos parecen brillar más que él.
Woody Allen arma este universo que conoce de memoria: la escena literaria que siempre parece más importante de lo que es, los autores que venden treinta mil ejemplares y ya creen que cambiaron la historia, la mirada despiadada sobre las relaciones, el desgaste, los celos, la culpa. Y ese humor que nace no de los chistes, sino de la manera absurda en que Baum se toma a sí mismo.
La mayor parte del libro es casi un gran monólogo interno: Baum habla con su conciencia, con su ego, con sus fantasmas.
Y después, cuando una cree que todo va a seguir en la misma frecuencia neurótica, Allen te tira un dilema moral de esos que te dejan pensando. Una “verdad incómoda”, como él la llama. No voy a contar cuál, pero sí diré que es el tipo de verdad que te puede arruinar la vida o salvarte, dependiendo de qué parte de vos gane la pulseada.
Lo mejor de la novela está ahí: en ese momento en que el lector se pregunta qué haría él o ella en el lugar de Baum. ¿Hablar? ¿Callar? ¿A quién? ¿Cuándo? ¿Y con qué costo?
Ese remate le da sentido a todo lo anterior: de golpe entendés al personaje y también entendés por qué Woody Allen, a sus casi noventa, sigue siendo único en lo suyo.
¿Qué pasa con Baum? No sé si es su mejor obra, pero sí es un resumen perfecto de su universo: neurosis, culpa, sátira, y esa mezcla rara de ternura y crueldad que solo él maneja.
A mí me hizo reír, me incomodó y, sobre todo, me recordó por qué sigo leyendo a Woody Allen porque todavía encuentra la forma de hacerme reír.
Y yo, cada tanto, necesito exactamente eso.
Los días perfectos de Jacobo Bergareche

La historia es sencilla: Luis, periodista cuarentón y un poco aburrido de su vida —y no del matrimonio solamente, sino de la vida misma— tiene una aventura de cuatro días al año con una mujer que conoce en un congreso. Cuatro días que funcionan como tanque de oxígeno, chispa, “estado de excepción”. Y cuando ella corta la relación, él se queda flotando en el aire.
De ahí salen las cartas. Primero la carta a la amante, que tiene ese tono de confesión sin filtro; después, más adelante, la carta a su esposa. Y, para mí, esa segunda carta es la que te mueve el piso de verdad. La que debería circular en todas las parejas que llevan años juntas, como un recordatorio de que la rutina no es inocente: desgasta, borra, acomoda demasiado.
En el medio, aparece algo que me fascinó del libro: el aburrimiento.
El tedio.
Esos días que transcurren uno igual al otro. A veces solo ocupados por como llegar a fin de mes con las cuentas pagadas.
No como fracaso, sino como condición humana. Esa parte me hizo ruido —del bueno— porque Bergareche escribe algo tan real que casi te podés ver ahí: el tedio no es un síntoma de que algo está mal, es simplemente lo que pasa cuando todo sigue su curso. La vida se vuelve un “buque inmenso y cargado de cosas”, como le escribe Luis a su esposa, un barco que cuesta mover un centímetro.
Y aunque suene triste, es profundamente honesto.
Lo otro que amé fue el juego con las cartas de Faulkner a Meta Carpenter. Esos dibujitos, esa mezcla de arte y vulnerabilidad. Me pareció hermoso cómo el libro rescata esa intimidad epistolar para mostrar que incluso los genios, en esos papeles arrugados, eran igual de torpes, seres deseantes y contradictorios que cualquiera de nosotros.
Entre esas referencias aparece otra idea que quiero pegar en la heladera:
que quizás en los matrimonios debería reemplazarse la palabra “muerte” por “tedio”.
Tiene algo provocador, sí, pero también verdadero. La muerte une; el tedio separa. Porque nadie se muere del tedio, pero las parejas sí.
La novela está llena de esas pequeñas epifanías que te dejan pensando. De esa pregunta silenciosa que Luis se hace una y otra vez: ¿en qué momento dejamos de buscarnos como pareja para convertirnos en padres, compañeros de logística, socios de facturas y reuniones de colegio?
Y ahí aparece Handke, diciendo que ya no aspiramos a la felicidad sino a tener un buen día cada tanto. Y yo lo leí y pensé: sí, totalmente. Un buen día, o un buen momento en un día bastante gris Algo que te despierte, aunque sea un ratito.
La novela también habla de la infidelidad, pero no como escándalo, sino como esa necesidad de “vivir otra vida”, como dice Esther Perel. No justificarla, sino entenderla. Porque Luis quiere sentir algo. Quiere movimiento. Quiere vida.
Y sin embargo, lo mejor del libro —para mí— es que nunca te da una respuesta clara. No da lecciones de moral. Te muestra un alma en crisis (la de Luis) y después te deja preguntándote por la tuya.
Vargas Llosa dijo que el libro es “ameno, divertido, insolente y muy bien escrito”. Yo diría algo más simple: es un libro que tiene algo, no sé qué, pero te toca. Te deja pensando en tus propios días perfectos, en los que fueron y en los que podrían haber sido. En las pequeñas despedidas de la vida cotidiana, esas últimas veces que no sabemos que son últimas.
Es una historia sobre el deseo, sobre lo que se apaga y lo que se enciende, sobre la aventura dentro de lo estable, sobre las parejas que quieren sobrevivir a la rutina… y también sobre la libertad dentro del amor.
Un libro que vale la pena leer. Porque es tan real como la vida misma.
Y porque, como dice Bergareche, a veces alcanza con un día lindo entre tantos días olvidables. ¿No les pasa en un almuerzo en familia que observan como de afuera y sienten que es un día perfecto?
Relectura
Mi querido Mijael de Amos Oz

Volver a Amos Oz siempre es una forma de volver a la buena literatura y al Israel que fue. Mi querido Mijael me llevó directo a la Jerusalén de los años 50, esa ciudad partida, encerrada, donde ni siquiera se podía llegar al Kotel. Y en ese encierro, Jana, la protagonista, se siente igual de atrapada que la ciudad misma.
Siempre me impresiona cómo Amos Oz entendía el alma femenina. La delicadeza, la precisión, el modo en que puede contar lo más íntimo sin exagerar nada. Este libro salió en 1968 y ya estaba ahí todo lo que después lo convirtió en un gigante: sensibilidad, mirada política, profundidad emocional y una verdad literaria que lo acompañó toda su vida.
Jana es una narradora complejísima. Sufre, hace sufrir, se contradice, se enoja, se frustra y, sí, también rechaza a su propio hijo. Tiene algo de Madame Bovary, algo de esas personas que viven peleadas con el mundo porque viven peleadas consigo mismas. Una mujer que no está bien, que no sabe qué hacer con lo que siente, que se hunde en compras compulsivas o pastillas porque no encuentra otra salida.
Mijael, su marido, parece soso… ¿o será que lo vemos a través de sus ojos? Él trabaja, investiga, cumple con sus deberes en la Guerra del 56 y tiene una paciencia infinita con una mujer que ya no encuentra su lugar.
¿Cuánto de la madre de Oz hay en Jana? Su mamá se suicidó cuando él era adolescente, y este tipo de sufrimiento, cuando no se atiende, cuando nadie lo nombra, suele terminar así. Quizás esta novela sea su manera de entender, de procesar, de poner palabras.
A mí me quedó un personaje incómodo y fascinante a la vez. Jana no es mala: está perdida, aterrada, atrapada en un modo de sentir que la lastima y lastima a los demás. Y Amos Oz la mira con una compasión brutal, de esas que solo pueden nacer del amor o del dolor.
También hay, claro, un retrato increíble del Israel de fines de los 50: una sociedad frágil, recién armada, llena de tensiones, sueños, miedos y contradicciones.
Y el inicio… ese inicio es pura belleza y pura herida:
“Escribo porque las personas a las que amaba han muerto.
Escribo porque cuando era niña tenía una gran capacidad de amar
y ahora esa capacidad está muriendo.
No quiero morir.”
Qué escritor. Qué libro. Qué manera de narrar el alma femenina.
No me acuerdo de nada de Nora Ephron

Un libro que te hace reír… y pensar un poquito también
“No me acuerdo de nada” es uno de esos libros que siempre vuelvo a agarrar cuando necesito algo ligero, inteligente y que me haga sonreír sin esfuerzo. Lo leí más de tres veces (sí, más) y lo trabajé en varios talleres. Es de esos ideales para leer en un aeropuerto, en un ómnibus o en la sala de espera del doctor, cuando una necesita que el mundo se vuelva un poco más amable.
Lo primero que pasa con este libro es que Nora Ephron te tira nombres de personajes norteamericanos que en el Río de la Plata no conoce nadie. Antes nos íbamos directo a Google; ahora tenemos a ChatGPT, así que el problema está resuelto. Pero más allá de eso, lo que queda siempre es su humor: un humor que no busca caer bien, que no es políticamente correcto y que, sobre todo, se ríe de sí misma. En eso, Ephron es una maestra.
El libro salió en 2010, cuando ella tenía casi setenta años. Recién en 2022 la edición en español se hizo popular, esas cosas que pasan cuando un libro parece “despertarse” tarde. Y tiene sentido: Ephron escribe desde ese momento de la vida donde una ya no finge. No necesita quedar bien con nadie. Cuenta lo que quiere y, sospecho, también calla lo que quiere.
El título no engaña: acá hay olvidos, despistes, esa memoria que empieza a fallar y que da un poco de risa y un poco de tristeza. Esa mezcla está en todas las páginas: uno se ríe, sí, pero también aparece esa puntada cuando te das cuenta de que está hablando de la propia fragilidad. Ephron lo sabe, juega con eso, te lleva y te trae de una forma que te desarma.
El libro es una mezcla, un rejunte delicioso de pequeñas historias: trabajo, cine, periodismo, familia, amores, fracasos, fiestas donde nada sale como una imaginaba y hasta sus peleas con el mail y con internet. Es muy ella. Y es muy de su época.
A mí siempre me enganchan los textos donde se permite ponerse más autobiográfica. Hay un relato, “La leyenda”, que me sigue pareciendo uno de los mejores: crudo, honesto, contado con una simpleza que conmueve sin golpe bajo. También me encanta cuando habla del fracaso sin esa tontería de “todo es aprendizaje”: no, acá hay frustración, hay inseguridad, hay tropiezos. Y ella lo dice con una claridad que se agradece. Muchas veces el fracaso es solo eso. No trae aprendizaje. Deja de mirar Instagram por un rato y mira la vida.
Algo que atraviesa el libro entero es la sinceridad. Está atrás del humor, como una segunda capa. Una siente que Ephron escribe como hablaba: rápida, brillante, irónica, con ese ritmo que después reconocemos en sus películas. Porque sí, no olvidemos que esta mujer escribió Cuando Harry conoció a Sally, Tienes un e-mail, Sleepless in Seattle. Si alguna vez te enamoraste de esos diálogos chispeantes con Meg Ryan de protagonista, acá vas a encontrar la misma voz.
“No me acuerdo de nada” no pretende ser profundo —aunque a veces lo es sin querer—. No pretende darte lecciones —aunque alguna te da—. Es simplemente Nora Ephron siendo Nora Ephron: filosa, divertida, lúcida y completamente dueña de sí.
Y por eso, creo, sigue funcionando tan bien. Porque es un libro que te acompaña. Te hace reír. Te hace decir “ay, sí, a mí también me pasa”. Y a veces, eso es todo lo que necesita
Los nuevos de Pedro Mairal

Una novela que te da frío, aunque la leas en verano
Los nuevos me atravesó. No tengo nada que ver con estos tres personajes… y sin embargo los sentí cerca, como si en alguna vida paralela —más desprolija y menos estructurada que la mía— hubiera compartido algo de esa intensidad adolescente que roza el precipicio.
Bruno, allá en Wisconsin, metido en una residencia universitaria helada —yo leía el libro y temblaba—, haciendo tragos en una licuadora en una escena que releí una y otra vez. Bruno trata de estudiar una carrera que no le gusta nada. Y esa historia con Mey, en una universidad vacía… preciosa y dolorosa. Sin spoilers, porque los detesto.
Thiago y Pilar, por su lado, se van a un rincón que es la descripción casi perfecta de Cabo Polonio..Ranchos, gente que se conoce demasiado, hippies que juegan por un mes a vivir sin luz, decisiones impulsivas… y esa sensación de que todo puede quebrarse con un gesto, un silencio o una mala idea.
Lo que más disfruté fue cómo Mairal juega con las voces: las distintas personas narrativas, el ida y vuelta, y ese “entrevero” —palabra que amo ver en una novela— que arma la historia de Pilar. Todo en un argentino rioplatense impecable, con referencias pop, camisetas de Messi post-Qatar, música, cómics, películas… Me encantó ir escuchando las canciones que nombraba a medida que leía el libro.
Los tres cargan mochilas familiares pesadas:
– Thiago con una madre muerta y un padre que ya hizo otra vida.
– Pilar con una madre que se fue a Europa y una abuela que la crió entre silencios y mandatos.
– Bruno con una madre obsesionada con el “qué dirán” y con su peso, y un padre que simplemente… existe.
Todos caminando hacia la adultez tratando de no caerse, pero tambaleando igual. Y ahí es donde Mairal te aprieta el corazón: esa época donde nada encaja, donde el mundo parece inhabitable y una siente que la única salvación es la amistad y algún exceso que anestesie un rato.
Lo que me impresiona de Mairal —y esto ya no es novedad— es su capacidad para meterse adentro de la mente humana. Como un buen mecánico: sabe dónde tocar para que duela, para que rías, para que te identifiques aunque no te parezcas en nada a estos chicos.
Y sí: cuando terminás, Thiago, Pili y Bruno se te quedan pegados. . Duelen. Y forman parte tuya aunque no quieras.
Se vienen la próximas newsletter con mis libros del año: esos que realmente valieron la pena.
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