Siempre digo que Jabad es de esas instituciones que se te quedan en el corazón, incluso cuando hace años que ya no estás tan cerca. A mí me pasó. Por una cosa o por otra —esas excusas mínimas que nos inventamos para postergar lo que nos hace bien— hacía tiempo que no iba al encendido público de la janukiá en la Plaza Trouville.
Pero este año fue distinto. Mucho más que prender velas. Veníamos conmocionados por el atentado terrorista en Bondi Beach, Australia: 15 personas asesinadas solo por ser judías, más de cuarenta heridas por animarse a celebrar una festividad en público. El odio, encarnado en un padre y un hijo, pasó de la palabra a la acción. Dispararon para matar, para llevarse la mayor cantidad de judíos posible. Y una entiende, una vez más, que las palabras nunca son solo palabras.
Por eso, porque entre el discurso de odio y la violencia que mata hay apenas un paso, sentí un alivio profundo al ver a los granaderos y a la policía cuidando la Plaza Trouville. No fue indiferencia: fue calma. Fue sentir que, al menos por un rato, alguien estaba ahí para que pudiéramos estar. Pensé en toda esa gente que trabaja en seguridad, casi siempre sin nombre ni aplausos, y sentí la necesidad urgente de agradecer. Gracias por cuidarnos del odio de extremistas que quieren vernos muertos solo por ser judíos.

El día estaba ventoso, pero en un momento —como si la escena lo pidiera— el viento aflojó y la Plaza Trouville empezó a llenarse de gente. Y ahí pasó algo más. Esta vez no era solo un acto de Jabad: la Comunidad Sefaradí del Uruguay, la Comunidad Israelita del Uruguay y la Nueva Congregación Israelita también convocaron al encendido tradicional que Jabad sostiene desde hace 40 años en el espacio público. Porque Jabad hace eso: saca el judaísmo a la calle, sin pedir permiso. Para mí, para esta señora que recuerda la llegada de Jabad a Uruguay, ver a todas las comunidades juntas fue otro pequeño gran milagro de Janucá.

Mientras la gente seguía llegando, algunos compraban sufganiot, otros latkes; había mesitas, gente sentada, charlas, risas. Vida. Un estrado con pantalla gigante y, al costado, la janukiá: imponente, hermosa, una verdadera obra de arte creada por el uruguayo Raúl Sampayo. Las palabras de bienvenida las dio el Rabino Mendy Shemtov, con ese tono cercano que abraza sin solemnidad.
La música estuvo a cargo de Los Leibovich, llegados desde Argentina, que llenaron la plaza de energía y entusiasmo.
Y cuando terminó la primera parte musical, llegó el momento central: el encendido de las velas.
El shamash lo encendió el presidente del Comité Central Israelita, Roby Schindler. La primera vela la prendieron el dirigente comunitario de la Comunidad Sefaradí, Rafael Abzaradel, y el presidente de la Nueva Congregación Israelita, Ariel Opoczynski. La segunda vela estuvo a cargo de los representantes de CTeen: Sebastián Korintnyky, Matías Schein y Sofía Oppenheimer y el presidente del Yavne Marcelo Ellenberg. Las brajot las dijo el Rabino Aaron Gulman, de la Comunidad Israelita del Uruguay.


Y ahí, con la luz empezando a ganar terreno, entendí una vez más que Janucá no es solo una fiesta. Es una respuesta. Tranquila pero firme. Una forma de decir acá estamos, seguimos, no nos van a apagar.
Fue una jornada atravesada por la emoción, con risas, encuentros y hasta el sorteo de una bicicleta que se llevó Fede Yaffé. Pequeñas alegrías que también cuentan. Mientras caminaba de vuelta a casa pensaba en lo distinto que había sido este encendido respecto de otros. Más intenso. Más necesario.
Como judía uruguaya, siempre orgullosa de mi identidad, disfruto profundamente cuando el judaísmo se expresa en el espacio público. Me emociona. Saco fotos de todas las janukiot que encuentro, casi como quien junta pruebas de que la luz sigue ahí. Y sí, me da orgullo. Porque en tiempos de oscuridad, elegir encender una vela en la calle no es un gesto menor: es un acto de amor, de memoria y de coraje.





