La sonrisa y frescura que los terroristas de Hamas no lograron quitarle a Romi Gonen, no pueden esconder la verdad. Del acoso sexual que sufrió de parte de tres hombres que la tenían cautiva, el primero de los cuales era nada menos que un enfermero del hospital Shifa de Gaza que llegó a la casa en la que la tenían secuestrada para cambiarle las vendas tras la operación que pasó por su grave herida en el brazo derecho.
Eran tres, Muhamad de Shifa, otro Muhamad que la había filmado en uno de esos videos ya conocidos pero que en su caso nunca se publicó sino que fue hallado después por el ejército en Gaza, y otro menor que ellos, Ibrahim. “Yo sabía que no tenía nada que hacer, eran mucho más fuertes que yo. Y cuando temes, el cuerpo se paraliza. Es lo que me pasó a mí, y lloré sin cesar. Estaba mojada por mis lágrimas. Y la tercera vez, que fue la peor, sentí un asco indescriptible, una verdadera repugnancia”.
Romi Gonen tenía sólo 23 años aquel 7 de octubre del 2023 cuando terroristas la hirieron gravemente al tratar de escapar del festival Nova, mataron a dos de sus amigos y la secuestraron a la Franja de Gaza. Ahora, aproximadamente un año después de su liberación tras 471 días cautiva en manos de Hamas, habló por primera vez y reveló con detalles el horror que vivió.
El periodista Ben Shani la entrevistó para el programa Uvdá del canal N12 y la primera parte fue transmitida este jueves. A él le contó sobre el violador que la amenazaba, que dormía en el colchón pegado al de ella con un kalachnikov junto a él y una pistola debajo de la almohada. Y que cuando abusó de ella le pegó un revólver a la cabeza y le advirtió: “Si cuentas, te mato”.
Es difícil imaginar una situación peor para una jovencita de 23 años. Pero el horror comenzó antes y no se “limitó” a esa situación.
El horror fue también oir su descripción sobre el ataque terrorista a Nova y cómo trató de huir. Y los disparos que no cesaban y que oía también por teléfono su madre Merav-que se convirtió poco después en uno de los símbolos de la lucha por la liberación de los secuestrados- que no tenía cómo ayudarla y le decía constantemente “no estás sola mi linda, estoy contigo”. Y por dentro no sabía cómo haría para seguir adelante.
El horror es también escuchar su descricpión sobre su “despedida” de Gáia, su amiga del alma, gravemente herida en el auto en el que trataban de huir, con quien alcanzó a intercambiar una mirada plena de cariño, mientras ella agonizaba. Y escuchar a Ofir Tsarfati, su amigo, que le dice que huya, que lo deje a él en el coche, a lo que ella se niega. En ese momento todavía pensaba que no había nadie alrededor. Hasta que los gritos en árabe se fueron acercando, y los oía también Merav, la madre, por teléfono, desesperada.
Del relato de Romi Gonen queda clarísimo, por enésima vez, que Hamas tenía pleno control del hospital Shifa. Allí fue introducida apenas llegó a Gaza y había hombres armados cuidando la puerta. Antes, otro espanto, los gritos y celebraciones enloquecidas de la gente en la calle. “Pensé que ahora moriré linchada”, dijo Romi.
Muchos de los secuestrados que volvieron, aún no han hablado. Da miedo pensar cuán duros son los relatos como para que no logren sacarlos para afuera.
Pero Romi volvió. Es joven, tiene una familia fuerte que la ama, y ella quiere vivir la vida. A Gaza, cabe suponer, no la olvidará nunca. Ojalá que el foco de su vida pueda estar en todo lo que logre ya de vuelta en libertad.





