Por Salomón (Lalo) Vilensky
Hay cosas que con los años no logro entender.
En los años 70 Uruguay se vació. La dictadura empujó al exilio a cerca del 10 % de la población. Solo entre 1974 y 1976 más de 100.000 uruguayos se fueron del país. Era una sociedad expulsando a sus hijos: cárcel, persecución, listas negras, miedo. Uruguay llegó a tener la mayor cantidad de presos políticos per cápita del mundo.
Miles buscaron refugio donde pudieron: México, España, Suecia, Francia, Venezuela, Estados Unidos… y también el Estado de Israel, construido por el movimiento sionista.
Y ahí empieza una historia que hoy muchos prefieren no recordar.
El sionismo —ese mismo que hoy es presentado por ciertos sectores como una palabra maldita— fue parte de las redes que ayudaron a sacar perseguidos políticos de América Latina. En el caso argentino, las investigaciones históricas hablan de entre 350 y 400 personas que lograron escapar por esas vías y reconstruyeron su vida allí. En el caso uruguayo fueron menos en número, pero llegaron, fueron recibidos y muchos viven hasta hoy con hijos y nietos nacidos en libertad.
Y hay algo esencial: no les preguntaron si eran judíos.
Les preguntaron si estaban en peligro.
Yo estaba allí.
En 1975 tenía 15 años y viajé a dedo para ver a Alfredo Zitarrosa cantar en Israel. Llegué con amigos que me iban levantando en la ruta. Zitarrosa, símbolo de la izquierda uruguaya, cantando frente a un público lleno de latinoamericanos exiliados.
Un año después fui a ver a Mercedes Sosa.
Hasta hoy les canto a mis hijos y a mis nietos “Duerme negrito”. Sigo cantando a María Elena Walsh. Esa cultura es mía. Esa sensibilidad también.
Por eso duele tanto el presente.
Porque el sionismo no es un gobierno ni una política coyuntural. El sionismo es la idea —básica y profundamente democrática— de que el pueblo judío tiene derecho a existir como cualquier otro pueblo, en su propio país.
Nada más.
Y sin embargo hoy se lo demoniza, se lo convierte en sinónimo de todo lo negativo, y se lo ataca incluso desde espacios que históricamente levantaron las banderas de los derechos humanos.
Se puede criticar a cualquier gobierno. En Israel lo hacen todos los días. Es parte de su vitalidad democrática.

Pero otra cosa muy distinta es negar su existencia.
Cuando se grita “del río al mar” no se está cuestionando una política: se está diciendo que el único Estado judío del mundo debe desaparecer.
Y ahí aparece la pregunta que no puedo dejar de hacerme:
¿dónde quedó la memoria?
Hoy viven en Israel decenas de miles de latinoamericanos. Solo de origen argentino se estiman entre 50.000 y 70.000. También hay uruguayos que llegaron escapando de la dictadura y que reconstruyeron su vida cuando no tenían nada.
A ninguno se le pidió carnet ideológico.
A ninguno se le pidió que dejara de ser de izquierda.
A ninguno se le pidió que dejara de cantar sus canciones.
Solo se les abrió la puerta.
El sionismo que hoy muchos condenan fue, para otros, la posibilidad concreta de seguir vivos y empezar de nuevo.
Yo no olvido a Zitarrosa cantando en Israel.
No olvido a Mercedes Sosa.
No olvido a los uruguayos que llegaron con una valija y reconstruyeron su vida.
No olvido quién abrió la puerta.
Y aunque a algunos —por más que les duela—
sigo siendo judío, Israeli,sionista, uruguayo y de izquierda y no importa el orden





