Israel

Buenas noticias en medio de la guerra

Por YVETTE MORDETZKI

Yvette Mordetzki, autora de esta nota, en el medio

 

Hace ya más de cuarenta años que hice aliá, o sea que me radiqué en Israel, que es mi casa desde entonces. En los últimos años sentí que el país tomaba un rumbo político que, en lo personal, me resultaba difícil de aceptar porque consideraba que la democracia quedaba afectada y que una solución de paz no era real. Y entonces llegó la masacre del 7 de octubre. Después, la guerra interminable. Y ahora, también la guerra con Irán. Momentos duros, largos, que pesan en el corazón.

En tiempos así, cada uno busca pequeñas maneras de sostenerse. De encontrar algo de luz en medio de tanta incertidumbre. Yo trabajo en el hospital Rambam, en Haifa. Y eso significa que se trabaja tanto en paz como en guerra. El hospital nunca se detiene.

Hace un tiempo decidí hacer voluntariado, convencida de algo que siempre he sentido: el voluntariado siempre aporta, pero sobre todo aporta a quien lo hace. Así llegué a la “Shmartafía”, un espacio donde llegan los hijos de los trabajadores del hospital, desde bebés de tres meses hasta niños de once años. Las escuelas y guarderías están cerradas, el hospital organizó este lugar para que los padres puedan seguir trabajando. Llegan a diario alrededor de 300 chicos

Lo que veo allí es lo que me hace volver cada mañana.

Hijos de directores, médicos, enfermeras, personal de limpieza… todos juntos. Rambam tiene alrededor de un 40% de trabajadores árabes, en todos los sectores. Muchos de sus hijos, que a veces ni siquiera hablan hebreo, llegan igual: contentos, curiosos, con ganas de jugar.

La guardería está en el hospital subterráneo, dos pisos bajo tierra. Afuera suenan sirenas, hay noticias duras, incertidumbre. Pero ellos no corren, no miran al cielo con miedo. Juegan. Cantan. Dibujan. Juegan futbol. Son niños.

Hay voluntarios de movimientos juveniles y de la municipalidad que organizan actividades todo el tiempo. En Purim, por ejemplo, todos llegaron disfrazados. Todos. También los hijos del personal árabe, algo que resultaba especialmente tierno y hasta gracioso de ver. Celebraron como cualquier niño debería poder hacerlo.

Y ahí, en medio de todo, uno entiende algo muy simple y muy profundo.

Esa es la verdadera convivencia.

Más allá de la política, del cinismo o de las divisiones que los adultos a veces construimos, los niños son simplemente niños. No importa la religión, el idioma o la situación económica de sus familias.

Por unas horas al día, en dos pisos bajo tierra, existe un pequeño mundo donde todos son iguales.

Y por eso vuelvo cada mañana.

Comparto esta pequeña parte de mi vida cotidiana en un momento tan duro para todos nosotros. Porque incluso en tiempos difíciles, todavía hay lugares donde la esperanza respira.

 

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