Israel

El peso del barro

Gracias a Ana Abend por acercarnos este texto desde las entrañas del horror

Un texto durísimo. De esos que se te quedan pegados.

Ana Abend cuenta su regreso de Polonia después de recorrer los campos de exterminio. El barro en los championes, las piedras guardadas, la memoria de su padre sobreviviente. Todo dicho con una sobriedad que duele.

Y ese gesto final —mezclar la tierra de los campos con la de su jardín en Israel— es de una potencia imposible de olvidar.
 
 


A través de un ritual íntimo y cargado de simbolismo, la autora relata el regreso de su viaje a las raíces del dolor en Polonia.

Llegué a casa con las primeras luces del día, con un cansancio muy profundo. Al cruzar el portón del jardín, solté un suspiro hondo y fui directo a la maceta de flores violetas. De la valija saqué una bolsita con siete piedras y las enterré en esa maceta floreada, con mucho respeto. A un costado dejé otra bolsa que tenía el rastro físico de mi Masá: mis championes, costrosos de barro seco, cargados de olor y dolor.

Entré a casa. Dos libros y un talit muy antiguos, que habían cruzado tres veces el océano, regresaron al mismo estante en el que están desde hace años. Abrí las ventanas, puse agua a hervir y fui a buscar a mi perra a lo del vecino. Poco después me senté en el pasto con un café caliente y un cigarrillo. Ella se acurrucó entre mis piernas. “Es mayo”, pensé mientras la acariciaba, “casi no hay probabilidad de que llueva hasta el otoño”.

Mi mente retrocedió ocho días. Recordé el frío cortante del aeropuerto de Cracovia. “Salimos de un calor desértico y acá todavía es invierno”, pensé aquella mañana. Fue el único día de sol. Disfruté recorriendo la ciudad vieja, la plaza y la catedral antes de la cena de Shabat. En la mesa del grupo, la bandera de Israel que nos identificaba brillaba con orgullo. Entre risas y canciones, yo permanecía en un silencio reflexivo. Había llegado a Polonia como judía uruguaya más que israelí.

El sábado el cielo se cerró. El grupo se sumergió en el pasado. La lluvia y las nubes se volvieron constantes; una oscuridad tan pesada como el llanto que nadie intentó disimular con el correr de los días. Auschwitz, Birkenau, Majdanek, Treblinka… En cada campo, en cada fosa, nos hundíamos más en la huella del horror.

Yo era la única latinoamericana y la única hija de un sobreviviente. Mientras muchos de los demás eran tercera generación, yo cargaba con un vínculo primario que, en parte, me aislaba, pero también me otorgaba una fuerza distinta. En Auschwitz mi voz se quebró al dar testimonio oral.

Con mi bandera uruguaya en la mano hablé de mi padre: un joven que sobrevivió al gueto y que murió en Uruguay, el país que lo acogió, sin saber jamás en qué campos habían asesinado a sus hermanos.

Durante esos ocho días nunca limpié mis championes. Me los quitaba cada noche en el hotel con mucho cuidado. El barro de los campos de concentración, de las fosas comunes y de pueblos fantasmas se acumulaba en las suelas, como si se pegara al alma.

El calor me despertó; me había quedado dormida en el pasto. Mi perra dormía en la casa. Tomé la manguera, regué la maceta donde descansaban las piedras y, con paciencia, dejé que el agua lamiera el barro de los championes. Miré cómo el agua lavaba el sedimento oscuro, dejando que los restos invisibles de mi pueblo se mezclaran con la tierra de mi jardín.

Por fin, después de tanto camino y horror, una parte de ellos había llegado a casa, a su país, para descansar al fin en tierra segura.

Ana Abend
(Abril de 2026. A siete años de ese Masá, las piedras y la tierra siguen en la maceta de mi jardín, en Israel.)
 
 
 

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