Israel

Gaza no es Auschwitz

Por Alejandro Grobert

Convertir a los judíos en “nazis” constituye una de las mayores perversidades morales del antisemitismo contemporáneo. La inversión ideológica que transforma a las principales víctimas históricas del nazismo en supuestos herederos de sus verdugos banaliza el Holocausto, a la vez que degrada la memoria histórica. Y, tal vez, lo más doloroso es que, este tipo de argumentaciones incluso ha encontrado eco en algunos integrantes de la propia colectividad judía, reproduciendo narrativas que terminan fortaleciendo precisamente a quienes buscan demonizar y deslegitimar al Estado judío.

Comparar la guerra en Gaza con el Holocausto se trata de una construcción ideológica orientada a demonizar a las FDI y deslegitimar al Estado de Israel, formando parte de una campaña mundial muy bien planificada y financiada.

Sin embargo, basta revisar qué fue realmente el Holocausto para comprender hasta qué punto esa comparación resulta obscena.

Captura de pantalla de la película THE NIGHT WILL FALL, en la que un fotógrafo que entró con los aliados a campos de concentración, registó el horror de lo que veía

 

La verdad sobre la Shoá

El Holocausto fue un proyecto sistemático e industrial de exterminio racial impulsado por la Alemania nazi bajo el liderazgo de Adolf Hitler. Los judíos europeos jamás atacaron militarmente a Alemania ni representaban una amenaza estratégica. Fueron perseguidos exclusivamente por existir. 

La llamada Solución Final procuraba eliminar físicamente a todo el pueblo judío mediante deportaciones masivas, guetos, hambre planificada, trabajos forzados, fusilamientos y cámaras de gas.

Miles morían incluso antes de llegar a los campos: hacinados durante años en los guetos y luego durante días en precarios vagones de tren sin agua ni alimentos, o durante marchas interminables a la intemperie, vestidos con harapos bajo temperaturas heladas, raquíticos por el hambre, exhaustos por el trabajo forzado y brutalmente golpeados —por casi cualquier motivo o simplemente porque sí— muchas veces, incluso por no comprender siquiera las órdenes gritadas en alemán por sus verdugos nazis.

Se asesinó deliberadamente a hombres, mujeres, ancianos y niños como parte de una maquinaria estatal y militar diseñada para borrar a los judíos de la humanidad.

En los guetos y campos de concentración, los judíos convivían además infestados de piojos y chinches, enfermedades permanentes, desnutrición extrema y ausencia casi total de atención médica o medicamentos adecuados. En muchos casos, enfermar gravemente equivalía prácticamente a recibir una sentencia de muerte: quienes ya no podían trabajar o eran considerados débiles eran enviados directamente a las cámaras de gas. 

A ello se sumaba la deshumanización absoluta simbolizada en los tatuajes numéricos grabados en los brazos de los prisioneros judíos, despojados de todas sus pertenencias, vestidos con harapos y suecos de madera cuyos talles desfasados les condenaban tanto a la incomodidad extrema, como a la muerte. En resumen, el judío era deshumanizado y reducido a una simple pieza descartable de una maquinaria industrial de exterminio. 

 

Imposible poner  a Gaza en la misma línea que el Holocausto

La situación en Gaza pertenece a una realidad completamente distinta. Israel enfrenta a Hamás, un movimiento islamista armado que gobierna Gaza desde 2007 y cuya carta fundacional, de corte islámico radical, incorporó durante años llamados al no reconocimiento y a la destrucción de Israel.

El conflicto actual se intensificó tras el Ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. No se trató de un ataque militar convencional, sino de una acción terrorista masiva dirigida deliberadamente contra población civil, de una envergadura sin precedentes en la historia del terrorismo.

Jóvenes asesinados tras intentar huir de Nova

 

Vale señalar una realidad incómoda que con frecuencia desaparece del discurso propagandístico: si Hamás no hubiera lanzado el ataque del 7 de octubre, las víctimas israelíes, así como las víctimas palestinas, seguirían hoy con vida. Incluso la infraestructura de Gaza seguiría intacta. La guerra no apareció espontáneamente ni surgió de la nada. Fue consecuencia directa de una agresión terrorista planificada. Ignorar ese punto central equivale a borrar la causa inicial del conflicto y a presentar la respuesta israelí como un acto aislado y arbitrario.

A diferencia de los regímenes genocidas de la historia, Israel sostiene públicamente que sus objetivos son militares y dirigidos contra la estructura operativa de Hamás. Antes de numerosos ataques, las fuerzas israelíes han emitido advertencias en idioma árabe mediante mensajes, llamados telefónicos, panfletos y comunicaciones digitales indicando zonas de evacuación o áreas de combate inminente. Nada semejante existió jamás en el aparato de exterminio nazi, cuyo propósito era precisamente maximizar la muerte de civiles judíos indefensos.

Israel enfrenta además un tipo de guerra particularmente complejo: combate contra una organización que no utiliza uniformes militares convencionales, que se mezcla deliberadamente con la población civil y que, según múltiples denuncias e informes internacionales, instala túneles, centros de mando y armamento en torno a hospitales, escuelas, mezquitas y edificios residenciales. Esa estrategia busca dificultar la respuesta militar israelí y aumentar el costo humano y propagandístico del conflicto.

También se ha denunciado reiteradamente que Hamás se apropia de parte de la ayuda humanitaria destinada a la población civil, incluyendo suministros que ingresan con autorización israelí, utilizándolos para controlar políticamente a la población, financiar operaciones armadas, alimentar redes de corrupción y extorsionar a su propio pueblo en medio de la guerra. Diversos testimonios y acusaciones incluso han señalado abusos particularmente degradantes contra mujeres vulnerables y viudas dependientes de esa asistencia. Todo ello refleja la diferencia esencial entre un Estado que combate a una organización terrorista y una organización que instrumentaliza el sufrimiento de su propia población como herramienta militar, política y propagandística.

 

 

¿Por qué no se habla de Egipto?

Curiosamente, suele omitirse el rol de Egipto en la crisis humanitaria. Mientras gran parte del mundo responsabiliza exclusivamente a Israel por la situación de los civiles gazatíes, pocas veces se plantea seriamente por qué Egipto mantuvo enormes restricciones para permitir la salida masiva de refugiados palestinos por la frontera de Rafah (frontera sur de la franja). Si se hubiera facilitado de manera amplia y sostenida la evacuación temporal de civiles fuera de la zona de combate, muchas vidas podrían haberse salvado. Sin embargo, esa dimensión regional rara vez recibe la misma atención mediática o política.

 

 

El punto central

La diferencia fundamental es histórica, jurídica y moral. El nazismo asesinaba judíos por su identidad étnica y racial. Israel combate a una organización armada en un conflicto militar complejo, urbano y asimétrico. Puede discutirse la proporcionalidad de determinadas operaciones, criticarse decisiones políticas o cuestionarse estrategias militares específicas, como ocurre con cualquier democracia en guerra. Pero afirmar que Israel reproduce el Holocausto o actúa como el régimen nazi constituye una falsificación histórica absoluta.

Además, existe otro elemento central que suele omitirse deliberadamente: Hamás desarrolla gran parte de sus operaciones militares dentro de áreas civiles densamente pobladas. Diversos informes i han señalado el uso de infraestructura urbana, túneles y posiciones militares en zonas residenciales, escuelas u hospitales. Esa realidad convierte el conflicto en una guerra urbana extremadamente compleja y multiplica el riesgo de víctimas civiles, algo trágico, pero radicalmente diferente de una política de exterminio racial planificado.

También resulta profundamente falsa la idea de que los árabes palestinos viven bajo un sistema comparable al aplicado por el nazismo contra los judíos europeos. En la Alemania nazi, los judíos eran obligados a portar distintivos visibles como la estrella amarilla para identificarlos públicamente por su origen étnico y religioso. Eran excluidos de universidades, profesiones, espacios públicos y derechos básicos. En Israel no existe ninguna obligación para árabes palestinos o ciudadanos árabes israelíes de portar símbolos identificatorios por razones religiosas o étnicas. Tampoco existen prohibiciones estatales que les impidan estudiar determinadas carreras, ejercer profesiones específicas, participar en la justicia, integrar el parlamento o desarrollar actividades académicas, comerciales y culturales. La existencia de tensiones políticas, discriminaciones o conflictos nacionales no convierte automáticamente esa realidad en un equivalente del sistema racial nazi.

Por el contrario, incluso en medio del conflicto y pese a la guerra provocada por Hamás, palestinos de Gaza han recibido históricamente tratamiento médico en hospitales israelíes, incluyendo atención para enfermedades complejas, cirugías de alta especialización y tratamientos imposibles de obtener dentro de Gaza. Los gazatíes no son tatuados en los brazos ni marcados corporalmente para identificarlos, no son perseguidos racialmente por existir ni sometidos a un sistema diseñado para su exterminio biológico.

Israel atacó a la organización terrorista Hamas, que bajo el mando de Yehia Sinwar, organizó el peor atentado de la historia, con intención genocida

 

La comparación entre las FDI y el nazismo se derrumba incluso al observar quiénes integran el propio ejército israelí. Mientras el régimen nazi expulsaba, segregaba y exterminaba minorías por motivos raciales, en las Fuerzas de Defensa de Israel sirven miles de árabes musulmanes y cristianos, drusos, beduinos y miembros de diversas minorías. Muchos ocupan funciones sensibles en combate, medicina, inteligencia y rescate. La sola existencia de esa diversidad interna destruye la narrativa que pretende presentar a Israel como un Estado racial comparable al Tercer Reich. Lejos de combatir a una etnia, Israel combate a una organización terrorista específica. Y precisamente la presencia de minorías árabes dentro de las propias FDI constituye una garantía adicional para la población civil gazatí.

 

Hamas podría haber detenido la guerra que causó

Existe además una diferencia fundamental que suele ser completamente ignorada por quienes comparan Gaza con el Holocausto: los judíos europeos no tenían ninguna posibilidad real de detener su exterminio. No existía negociación posible, ni condiciones de rendición, ni alternativa que pudiera salvarlos del proyecto nazi de eliminación total. Eran perseguidos simplemente por existir. En cambio, la continuidad de la guerra en Gaza depende en gran medida de decisiones concretas de Hamás y de sus aliados. Además de la entrega de los secuestrados, el desarme de la organización y la rendición de sus estructuras militares obligarían a las FDI a detener su ofensiva, al desaparecer el objetivo militar que Israel declara combatir, es decir, la amenaza terrorista contra su población civil. Esa sola diferencia destruye otra vez la comparación con el Holocausto. Auschwitz no podía detenerse mediante negociaciones ni liberando rehenes, porque su finalidad era el exterminio absoluto del pueblo judío. Gaza, en cambio, forma parte de un conflicto armado cuya continuidad está directamente ligada a decisiones militares y políticas de Hamás.

 

Absoluta distorsión histórica

Cuando todo es llamado “genocidio”, el genocidio pierde significado esencial. Cuando cualquier guerra es comparada con Auschwitz, se destruye la comprensión de lo que realmente representó el antisemitismo nazi en Europa. La memoria del Holocausto deja entonces de funcionar como advertencia moral universal y pasa a convertirse en una herramienta propagandística utilizada contra los propios judíos.

Esa inversión narrativa —presentar a los judíos como “los nuevos nazis” alimenta una nueva forma de odio, de judeofobia. No busca comprender el conflicto, sino aislar moralmente al Estado judío y cuestionar su legitimidad misma.

Defender la verdad histórica no implica negar el sufrimiento de civiles palestinos ni ignorar la tragedia humana de la guerra. Implica rechazar la manipulación ideológica que utiliza el mayor crimen antisemita de la historia moderna como arma política contra los judíos, contra el sionismo y contra Israel.

A quienes dicen que los judíos “no aprendieron” del Holocausto, la realidad demuestra exactamente lo contrario: aprendimos demasiado bien.

Aprendimos a reconocer lo que es un genocidio… y también lo que no lo es. 

Aprendimos lo que significa enfrentar a quienes anuncian públicamente su intención de exterminarnos. 

Aprendimos a identificar el odio antes de que sea demasiado tarde.

Y aprendimos, por sobre todas las cosas, que “Nunca Más” no era una consigna para recordar el pasado, sino una obligación para defender el presente.

“Nunca Más” es ahora.

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