Los libros de julio no tienen nada en común. Son, simplemente, libros que llegaron a mí, y a esta altura empiezo a pensar que aparecen cuando tienen que aparecer.
Primero fue Calle Este-Oeste, fascinante y devastador. No podía soltarlo, y cuando lo terminé, tampoco pude dormir. Entonces hice lo que hacemos los lectores cuando un libro nos sacude demasiado: busqué otro. Así llegué a Bibliotecas, un bálsamo. Como si alguien me hubiera alcanzado una pastilla mágica, porque eso hacen las bibliotecas conmigo: me calman y me recuerdan que, incluso después de las historias más terribles, siempre hay otro libro por descubrir.
Conocer a una mujer, de Amos Oz

Hay escritores con una capacidad poco frecuente para habitar la intimidad de sus personajes femeninos. Amos Oz es uno de ellos, y en Conocer a una mujer vuelve a demostrarlo: bajo la apariencia de una historia sobre un ex agente del Mossad, la novela termina siendo una exploración profunda de la incapacidad de conocer verdaderamente a quienes amamos.
Lo primero que sorprende es el contraste. Después de veintitrés años como espía, Yoel Raviv deja atrás las operaciones secretas y dedica sus días a clasificar ropa, arreglar canillas y cuidar el jardín. Aquí no hay persecuciones ni conspiraciones: el misterio es otro, descubrir quién fue realmente Ivriya, su esposa, cuya muerte abre una pregunta devastadora. ¿Cómo puede un hombre entrenado para detectar mentiras descubrir que nunca conoció a la mujer con la que compartió su vida?
Su pasado profesional lo condena a mirar el mundo como un rompecabezas: busca códigos en objetos insignificantes, interpreta silencios, sospecha de las palabras. Esa mirada, útil en el Mossad, resulta desastrosa en la intimidad. Ivriya, en cambio, permanece como un enigma incluso después de muerta. Su estudio, ese cuarto donde nadie entraba, simboliza un territorio propio que Yoel jamás intentó comprender.
Al final, el libro deja una pregunta que trasciende a sus personajes: ¿es posible conocer realmente a alguien, o apenas convivimos con la versión que somos capaces de ver? Oz no ofrece respuestas sencillas. Un libro sobre el duelo, los secretos cotidianos y los límites del conocimiento.
Patrimonio. Una historia verdadera, de Philip Roth

Me asombró lo verosímil que me resultó Patrimonio. Hay libros que se sienten escritos desde la investigación y otros que solo pueden existir porque alguien estuvo ahí. Este pertenece a la segunda categoría: cada consulta médica, cada conversación incómoda, cada trámite transmite la sensación de que nada fue inventado.
La historia es sencilla. Tras diagnosticarle un tumor cerebral a Herman Roth, de 86 años, Philip deja de ser el escritor consagrado para convertirse, antes que nada, en un hijo que debe hacerse cargo de un padre orgulloso y poco dispuesto a aceptar que ahora necesita ayuda. Lo extraordinario es que Roth convierte esa experiencia íntima en literatura de primer nivel, mucho más allá del testimonio que promete el subtítulo.
Me sorprendió encontrar a un Roth distinto del que conocía. Su ironía aparece apenas como una ráfaga, porque el tema no admite cinismo. No está el provocador de sus novelas, sino un hombre enfrentado al deterioro de quien le enseñó a vivir. Patrimonio es un libro sobre el amor cuando ya no puede expresarse con grandes palabras. A veces, querer a alguien consiste simplemente en estar ahí. Quizás esa sea una de las formas más profundas de la literatura.
Calle Este-Oeste, de Philippe Sands

Hay libros que desafían cualquier clasificación. Calle Este-Oeste es ensayo histórico, investigación jurídica, memoria familiar y, por momentos, novela de misterio. Y aunque supera las quinientas páginas, no pude dejar de leerlo.
El punto de partida es casi una casualidad: el abuelo de Sands había nacido en Lemberg, una ciudad que cambió de nombre y de país tantas veces como cambiaron los mapas de Europa. De ese mismo lugar provenían también dos de los juristas más influyentes del siglo XX, Hersch Lauterpacht y Rafael Lemkin, cuyas ideas marcarían para siempre los Juicios de Núremberg. A esa historia familiar se suma una tercera figura, Hans Frank, gobernador nazi de la Polonia ocupada, cuya vida y juicio Sands reconstruye con el mismo rigor con el que investiga la de su propio abuelo.
Lo más fascinante es el enfrentamiento intelectual entre Lauterpacht y Lemkin. Ambos buscaban evitar que atrocidades como el Holocausto volvieran a repetirse, pero por caminos distintos: para Lauterpacht, el derecho debía proteger al individuo, de ahí el concepto de crímenes de lesa humanidad; para Lemkin, había que proteger también a los grupos, de ahí el término genocidio. La pregunta que atraviesa el libro sigue siendo extraordinariamente actual: ¿alcanza con proteger a las personas una por una, o también hay que proteger a los grupos a los que pertenecen?
Sands no toma partido. Detrás de conceptos que hoy parecen naturales hubo personas que intentaban dar nombre al horror que habían vivido, y detrás de una ciudad que cambiaba de bandera según avanzaban las guerras, hubo familias —como la suya— que cargaron esas consecuencias durante generaciones. Un libro exigente, pero extraordinario.
El detalle, de Jesús Carrasco

Llegué a El detalle por una recomendación en Instagram y lo leí de un tirón, casi sin respirar. Tiene uno de esos narradores de los que conviene desconfiar. Felipe cuenta su versión convencido de que todo se reduce a un gesto romántico —sorprender a su mujer con un viaje al lugar del primer beso—, pero mientras habla va dejando escapar, casi sin darse cuenta, la verdadera historia de un matrimonio que hace tiempo dejó de entenderse.
Eso es lo más logrado de la novela: no hace falta que nadie explique qué está pasando, el lector lo descubre entre silencios y omisiones. Tiene además un humor sarcástico que disfruté muchísimo, y me recordó por el ritmo a Mil cosas, de Juan Tallón.
Confieso que también conecté por una razón personal: detesto los aeropuertos y las aerolíneas low cost, esa obsesión por ahorrar unos pesos para terminar saliendo de madrugada y aterrizando lejos del destino soñado. Carrasco convierte esa experiencia absurda en una metáfora brillante de la vida adulta: siempre corriendo, pensando que compramos ofertas sin medir consecuencias.
Pero el libro no habla solo de viajes, sino de la convivencia, del desgaste silencioso de las parejas, de las tareas de cuidado que siguen sin repartirse de manera justa. Y deja una idea muy creíble: viajar no soluciona los problemas. Ningún destino puede reparar lo que no se conversa. La recomiendo porque es inteligente, divertida y profundamente humana: logra que uno se ría mientras siente que algo se rompe.
Bibliotecas, compilado por Brenda Lozano

Bibliotecas (Editorial Godot) es de esos libros escritos para quienes creemos que una biblioteca dice más sobre una persona que su currículum. Los textos de Katya Adaui, Selva Almada, Jazmina Barrera, Jorge Carrión, Luis Chitarroni, María Sonia Cristoff, Mercedes Halfon, Martín Kohan, Brenda Lozano, Carla Maliandi, Emiliano Monge, Dolores Reyes, Edgardo Scott y Reynaldo Sietecase nos invitan a entrar en la intimidad de las bibliotecas personales, porque una biblioteca nunca es solo una colección de libros: también es una autobiografía.
Hay quienes al entrar a una casa miran el living o la cocina. Yo no: lo primero que busco es la biblioteca. Quiero saber qué lee esa persona, qué conserva, qué abandona, si acomoda los libros por colores (algo que, confieso, me produce una pequeña taquicardia).
En mi casa hay una sección de animales, otra de judaísmo, otra de novelas latinoamericanas y otra de libros llenos de banderitas de mis talleres. Incluso separé a los escritores judíos que podrían convertirse en futuras lecturas del club de los que leo simplemente por placer. Sí, mi biblioteca tiene subcategorías. No pienso justificarme.
Leo muchísimo en Kindle, pero eso nunca reemplazó al papel; más bien hizo que comprara algunos libros dos veces, primero porque acaban de salir y todavía no habían llegado a Montevideo, después porque quiero tenerlos en mi biblioteca. Y después está el asunto de prestar libros: me gusta pensar que cada lector les agrega una historia nueva. Tener dos libros de la genia de Betina González en la biblioteca de mi amiga Cristina es parte de lo que significa compartir biblioteca.
Después de leer Bibliotecas confirmé algo que ya intuía: uno no ordena libros. En realidad, ordena recuerdos, obsesiones y distintas versiones de sí mismo.
Si algo de esto te gustó, reenviaselo a alguien. No hace falta un discurso: alcanza con un “esto me hizo acordar a vos”. A veces esa es toda la excusa que hace falta para hablar de libros con alguien que hace tiempo no ves.
En setiembre arranco talleres nuevos, presenciales y online. Si te interesa leer acompañada —acompañada de verdad, como cuando no existía la virtualidad, me escribís al [email protected]









