Ruben Friedmann y su esposa Estela Waiserbas viven desde hace décadas en el kibutz Ein Hashlosha, uno de los kibutzim del movimiento juvenil Hanoar Hatzioni, aunque Ruben iba a la NCI. Es su casa, su hogar, al que se vuelve también cuando hay motivos de preocupación.
El 7 de octubre del 2023, tuvieron suerte de que los terroristas no llegaron a su casa. Cuatro civiles fueron asesinados en el kibutz, entre ellos Noa Glasberg, hija de Arie y Rita, que hace algunas décadas fueron shlijim (enviados especiales) de Hanoar Hatzioni en Uruguay.
P: Ruben, hay varias razones para esta entrevista. Pero creo que lo ineludible es comenzar por el tercer aniversario del 7 de octubre. Vos vivís con tu esposa Estela en el kibutz Ein Hashlosha, ubicado a 2.4 km de la frontera con Gaza, y también allí entraron terroristas aquel sábado terrible. Cinco personas fueron asesinadas en el kibutz. ¿Cómo señalas la fecha?
R: Por supuesto que, al acercarse la fecha del 7 de octubre, suben a la memoria los recuerdos de ese difícil día, de los amigos y conocidos de muchos años, tanto en el kibutz como en toda nuestra zona, que fueron brutalmente asesinados o secuestrados a Gaza. Muchos de ellos no volvieron con vida. Son varios los actos en los que participamos, tanto en el kibutz como en la zona, para seguir teniéndolos presentes y que su memoria nos guíe para salir adelante, con la esperanza de que nunca más tengamos que vivir una experiencia igual.
P: ¿Qué significa para vos este tercer aniversario?
R: En lo personal tengo un sentimiento ambivalente: por un lado, la satisfacción de que casi el 100 % de la población de Ein Hashlosha retornó a sus hogares y el kibutz sigue su etapa de crecimiento económico y demográfico, lo cual le ha ido cambiando la cara. La base rioplatense del kibutz va quedando en minoría, pero se han incorporado familias jóvenes que le dan iniciativa e impulso a la vida social, cultural y educativa.
Por otro lado, volvimos después de casi 2 años de estar evacuados fuera del kibutz y, lamentablemente, la situación bélica con la organización terrorista Hamás no se ha solucionado. Las explosiones que se escuchan casi a diario en la zona fronteriza quizás sean algo normal para uno que vive tantos años en esta región, pero es imposible pensar en normalizar una situación en la que, en la práctica, casi no se puede hablar de cese de fuego. Y por ahora no se ve el fin del conflicto. Indudablemente, la presencia de Tzahal reforzando las fronteras nos da más tranquilidad en relación a lo que era hace 3 años, pero la experiencia de vivir en la frontera nos enseñó que todo esto puede ser temporario.
P: Hace poco entrevisté a Mijal Uziyahu, alcaldesa del Consejo Regional Eshkol, quien destacó que el dolor no desaparecerá nunca, pero lo que caracteriza a la región es la decisión de levantarse y seguir adelante. ¿Estás de acuerdo?
R: Ciertamente. La falta de cientos de pobladores asesinados el 7 de octubre en nuestra región —muchos de ellos amigos personales, compañeros de trabajo en la cooperativa agrícola donde trabajé casi 20 años y de dirección en el Consejo Regional Eshkol donde fui edil por espacio de casi 10 años, padres de alumnos que se educaron junto a mis hijos en la escuela y en el liceo, y los mismos javerim del kibutz, gente que fue pionera y condujo económica, pedagógicamente y en demás terrenos sociales en la zona— dejó un espacio difícil de cubrir. No obstante, así como ya el 8 de octubre del 2023 las vacas en los tambos se estaban ordeñando, los campos se sembraban, las hortalizas y los frutales se cosechaban, sabíamos que no teníamos otra opción. Está en el ADN de la población que vive en nuestra región.
P: ¿Cómo resumirías lo que el 7 de octubre le hizo a Ein Hashlosha?
R: Si lo comparamos con lo que pasó en otros kibutzim de la zona (Nir Oz, Beeri o Kfar Aza), quizás podamos decir que Dios en parte nos protegió. Por otro lado, cada víctima que tuvimos que enterrar, los daños materiales, las casas incendiadas y, por sobre todo, la huella psicológica que nos dejó a todos los que estuvimos encerrados en un refugio durante más de 30 horas protegiéndonos de los misiles que caían sin cesar desde Gaza nos acompañará por el resto de nuestros días. Y por si esto fuera poco, al día siguiente, cuando íbamos camino al hotel al que nos evacuaron en Eilat, debimos pasar por donde todavía estaban los restos de la masacre del Festival Nova, y los ojos se resistían a creer las atrocidades e imágenes surrealistas que vimos y que son difíciles de olvidar.
P: Uno repasa las imágenes del horror en los caminos y parecen realmente sacadas de una película de terror. Ruben, ¿cómo es la situación hoy en día? Estuvieron mucho tiempo en Eilat, luego en Netivot y ahora de regreso al kibutz. Pero seguramente todo eso deja huella.
R: El estar en un cuarto de hotel en Eilat, y no precisamente de vacaciones, quizás fue una solución momentánea, pero con el tiempo se hizo difícil. Yo, desde que llegué a Eilat, instalé mi oficina en el cuarto y seguí mi trabajo que hacía antes del 7 de octubre. Eso me tenía bastante ocupado. Lo mismo pasó cuando nos mudamos con todo el kibutz a edificios en un barrio nuevo de la ciudad de Netivot. No me puedo quejar del apartamento donde estuvimos viviendo casi un año y medio. El problema es que uno, que ya está acostumbrado a la vida a campo abierto durante más de 50 años, tener que estar en un apartamento y siendo una minoría laica dentro de un barrio con mayoría judía ortodoxa, es complicado. No fue fácil la convivencia y nos alegramos cuando por fin pudimos retornar a nuestra casa. Salvo 3 familias, toda la población que fue evacuada volvió a Ein Hashlosha.
P: ¿Hubo momentos en los que ustedes dudaron en volver?
R: Hubo dudas porque no todas las refacciones que debían hacerse en casi todas las casas como resultado de las expansiones explosivas durante la guerra se habían hecho. Además, llegamos en una época en que Tzahal se dedicó a destruir decenas de kilómetros de túneles del otro lado de la frontera, cosa que conllevaba ruidos de explosiones diarios. Pero, al fin de cuentas, la resiliencia y la experiencia de guerras anteriores hacen lo suyo y, como dice el proverbio en hebreo, "Beiti hu mivtzarí": "Mi casa es mi fortaleza".
P: Hermoso… El tema más problemático, me supongo, es ver que del otro lado Hamás sigue en pie y educando al odio, ¿no?
R: Una cosa que me enseñaron todos estos años de guerras y operaciones militares contra Hamás es que tanto ellos como nosotros sabemos que ni nosotros nos vamos a ir de nuestras tierras ni ellos de las suyas. Pero a raíz del 7 de octubre perdimos la confianza en el vecino palestino. Si antes podía aceptar y hasta estaba de acuerdo en que miles de trabajadores palestinos llegaran a trabajar a nuestros campos, en la construcción o en todo trabajo que los ayudara a mejorar el nivel de vida de sus familias en Gaza, hoy perdí "la inocencia". Si mapas de Ein Hashlosha y de otros kibutzim que fueron encontrados en comandancias de Hamás en Gaza especificaban dónde vivía cada javer que fue objetivo de asesinato el 7 de octubre, quiere decir que los trabajadores palestinos que llegaron a trabajar pasaron la información. Por eso, hablar de acuerdos de paz entre Israel y Hamás es algo irreal. Si hay un acuerdo de cese de fuego duradero y cada pueblo vive de su lado, esa será la opción más lógica. Pero hoy no lo vemos.
P: Recuerdo tu relato sobre aquel sábado. Largo rato ustedes no sabían que habían entrado terroristas. Mirando hacia atrás, ¿pensás que, Dios no permita, podrían haber muerto?
R: Ya dije que hubo algunos factores de suerte cuando ingresaron al kibutz que no se dieron en otros kibutzim donde los terroristas cometieron masacres a decenas de javerim. En el barrio nuestro no hubo víctimas mortales, pero no dudo que si hubiesen entrado a nuestra casa no creo que nos hubiesen perdonado la vida. Recordemos que en Ein Hashlosha fueron asesinadas 4 personas.
La columna de los Deportes
P: También en medio de la guerra seguiste escribiendo tu columna semanal sobre los deportes en Israel. Vos seguís todo ese mundo del deporte con gran atención y por ende has visto también allí el antisemitismo mundial. ¿Podrías compartir con los lectores algunos de los ejemplos más notorios?
R: La verdad es que escribir la columna deportiva durante la época de la guerra, pese a que la actividad disminuyó bastante, era para mí como una terapia, porque todos los deportistas que salían a competir al exterior prácticamente tenían que competir en otro "frente" de guerra ante la campaña de deslegitimación y odio que tienen que enfrentar los deportistas israelíes alrededor del mundo. En muchas competiciones internacionales los organizadores se han negado a recibir deportistas israelíes; en otros casos, cuando son competiciones individuales (por ejemplo, judo), los rivales se niegan a estrechar la mano a deportistas israelíes o directamente prefieren no presentarse a competir. Fue famosa la campaña de acoso que sufrieron los ciclistas del Israel-Premier Tech en la Vuelta de España el año pasado, y en estos últimos días la actitud de odio de la selección irlandesa de fútbol contra los jugadores de la selección israelí dio la vuelta al mundo.
P: Realmente da asco. Y me pregunto: ¿qué es lo que el mundo no entiende?
R: La campaña de odio contra todo lo que sea o represente a Israel se da en todos los campos, no solo en el deporte. Lo vemos en la cultura, la ciencia y, por supuesto, últimamente con las medidas de boicot económico de países de la Unión Europea. No tengo dudas de que el gobierno israelí no hizo prácticamente nada para contrarrestar esa ola de odio que disimuladamente habla de campaña "contra los sionistas y el sionismo", pero todos saben que es contra todo el pueblo judío, y todo financiado por países como Irán y Catar y dirigido por la coalición de izquierda e islámica alrededor del mundo.
P: Volvamos a tu columna semanal, que merece un enorme agradecimiento de mi parte. Lo hacés con pasión y de forma voluntaria. ¿Qué destacarías sobre este esfuerzo semanal?
R: La columna ya lleva más de 20 años saliendo semana a semana y mi intención fue y será mostrar una cara no tan conocida de Israel. En estos 20 años los deportes menores y no tan populares como el fútbol o el básquetbol se han ido profesionalizando y los logros internacionales de los deportistas merecen destacarse, porque muchas veces se han dado contra todos los pronósticos, compitiendo de visitantes; y agrego los logros de los deportistas paralímpicos, muchos de ellos heridos graves de guerra que han sabido sobreponerse y usar el deporte como forma de rehabilitarse de sus heridas.
P: Es imponente todo lo que has dado al Semanario Hebreo con este esfuerzo semanal. Te agradezco infinitamente. ¿Algo que quisieras agregar?
R: Quisiera destacar la apuesta por la vida, por seguir adelante, sin olvidar. Esta semana, los nietos de Marcel Taliá —la abuela que en la mañana del 7 de octubre salió a llevarles caramelos a sus nietos y fue asesinada en un sendero de nuestro kibutz por los terroristas de Hamás— plantaron en su recuerdo un árbol en el jardín comunitario del kibutz. Igualmente, ya abrimos un conservatorio musical en recuerdo a Rami Negbi, también asesinado el 7 de octubre cuando salió a enfrentar a los terroristas. Construimos un rincón en recuerdo a Noa Glasberg, en el mismo lugar donde estaba su casa y donde fue asesinada el 7 de octubre, y otro rincón en memoria de Silvia Mirenski, asesinada y quemada viva ese día, en el centro de tercera edad del kibutz. Nunca los olvidaremos.
P: Gracias por todo esto, Ruben. Sin palabras.
R: Gracias a vos, Ana.






