Es imperioso comenzar con una aclaración quizás no para todos muy obvia. Las generalizaciones suelen ser injustas, también en este caso. Cuando planteamos la crítica que merece el sector haredí por algunas características de su relacionamiento con el Estado y la sociedad israelí, está claro que no se puede hablar de “todos” en forma absoluta. Pero las excepciones, que numéricamente son muy minoritarias, no dejan de confirmar la regla, aunque sí es un hecho que hay procesos que paulatinamente van cambiando.
Y los puntos que preocupan —y que consideramos deberían preocupar a la propia población ultraortodoxa— son diversos. En estas elecciones, muchos ciudadanos israelíes aspiran a que resulta electo un candidato que sepa lidiar con este desafío.
Lo que más está en la discusión pública en los últimos años es lo de la oposición al servicio militar obligatorio. Pero esto está relacionado también al hecho de que el porcentaje de hombres ultraortodoxos que trabajan es mucho menor que en el resto de la población, ya que se abocan al estudio de la Torá, mientras que son sus esposas las que trabajan, a menudo en posiciones que desde un punto de vista económico no son productivas para la sociedad. Esto perpetúa una situación de menores ingresos.
Es que según el acuerdo con el Estado, que expiró en junio de 2024 y fue cancelado definitivamente por la Suprema Corte de Justicia que declaró ilegal continuar con la desigualdad en el reclutamiento, los jóvenes que declaraban a los 18 años que se dedican a estudiar la Torá recibían postergación del servicio militar hasta los 26 años, y a esa edad recibían la exención. Pero si estudiaban la Torá, no podían trabajar. Una fórmula nociva desde todo punto de vista.
Y esto está relacionado también a la educación. Si bien ha aumentado la cantidad de instituciones de estudio en el sector haredí en los que enseñan matemáticas, inglés y otras materias consideradas básicas para recibir instrucción general —o sea, no solamente estudios judaicos—, es muy alto el porcentaje de quienes no lo hacen y eso indefectiblemente incide en su margen de maniobra si deciden salir a trabajar.
El ejército
Es importante recalcar que hasta 1977, el sector haredí hacía en su mayoría servicio militar —el número de exentos era limitado—, lo cual no significaba en absoluto que alguien concibiera siquiera que no estudien la Torá.
Como se mencionó arriba, en junio de 2024 la Suprema Corte, al expirar un arreglo legal temporario que permitía las exenciones, recalcó que atenta contra el principio democrático de igualdad ante la ley. Y los jóvenes que recibían orden de reclutamiento y no se presentaban pasaron formalmente a ser desertores.
Se comenzó a aplicar sanciones, aunque de alcance limitado: por un lado quitando presupuestos a las ieshivot en las que estudiaban desertores, y por otro a nivel individual a ellos mismos: riesgo de detención y prohibición de salir del país, cancelación de subsidios para guarderías para niños cuyos padres eran desertores, y otras limitaciones.
Pero el sector haredí continúa recibiendo enormes presupuestos a pesar de que el grueso de sus miembros no cumple con la obligación del servicio militar. En la campaña electoral, todos los partidos de oposición sionista se comprometen a determinar en forma estricta que quien no aporta, no recibe nada del Estado. Algunos dicen explícitamente que también la ciudadanía árabe israelí debe incluirse en esta situación, pero no al servicio militar sino servicio nacional, en pro de la sociedad.
Los números
Entre 2019 y 2022, aproximadamente 1200-1400 jóvenes ultraortodoxos entraban por año al servicio militar obligatorio. El año pasado, el número aumentó a unos 4.200 en gran medida por las sanciones.
El aumento es importante, pero es ínfimo no sólo en relación con la necesidad sino con el potencial.
En todo momento hay cerca de 14.000 jóvenes ultraortodoxos de 18 años que deberían ser reclutados. Y si se toma en cuenta el marco de edad hasta el que reciben exención definitiva, o sea entre 18 y 26 años, la cantidad asciende a aproximadamente 70.000, de los que la mayoría rehúsa hacer el servicio militar.
Todo esto, sumado al tema de la educación y la productividad laboral, es clave para el presente y el futuro de Israel. Es que la población haredí, cerca de un millón y medio de personas, constituye cerca del 14.5% de la ciudadanía. En el 2030, será el 16% y según el Instituto Israelí para la Democracia, entre 2040 y 2050 llegarán a ser la cuarta parte de la población israelí. La situación actual en términos de educación, trabajo y reclutamiento no podrá continuar.
Por el país y por el propio sector haredí.





