Entrevistas

El horror de llegar a Auschwitz

Recordando el impactante testimonio de la sobreviviente uruguaya Basia Taube (z”l)

Años atrás entrevistamos a Basia Taube, cuando tenía 88 años. Tenía 13 cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y 17 al llegar a Auschwitz. Después de la guerra llegó a Uruguay, donde inició una nueva vida. Se casó, tuvo dos hijos y seis nietos.

Basia Taube con parte de su familia
Basia Taube con parte de su familia

La conversación con Basia fue de cara a un número de “Semanario Hebreo” dedicado al Día internacional de la Mujer. Y ella, como sobreviviente, había sido sin duda una luchadora por la diaria supervivencia.

De cara al 75° aniversario del cierre de Auschwitz, recordamos el paso de Basia por ese campo del horror, su fuerte descripción de ese capítulo, antes del cual y después del cual tuvo que enfrentar también otras penurias.

 

Basia: Un día de esos nos llevaron a los cuatro a Auschwitz pero cuando llegamos nos separaron a mi padre en la fila de los hombres y a mi madre con nosotras en otra. Llorábamos porque teníamos miedo de no volverlo a ver. Nos sacaron la valijita que ya no tenía casi nada porque en esos años se había roto y gastado lo poco que mi madre había tenido tiempo de poner antes de dejar la casa.  Después pasaban a otra fila las mujeres jóvenes y las que todavía tenían un aspecto más normal.

Al llegar vimos chimeneas de las que salía humo, vimos barracas y el famoso cartel que dice “Arbeit macht frei”-“El trabajo libera”- y pensamos que allí deben funcionar fábricas.

P. Hoy, sabiendo lo que sucedía en Auschwitz, estremece el solo imaginar a la gente llegando, sin saber cuál sería su destino..

Basia:  Yo llegué  a Auschwitz con 17 o 18 años. Nos mandaron desnudarnos completamente y nos revisaban la boca y las partes íntimas a ver si no guardábamos alguna cosa de oro o algo y nos depilaron las axilas y el vello púbico. En la fila siguiente rapaban las cabezas y cuando me tocó a mí, yo tenía el pelo largo muy lindo y rubio y la chica que estaba pelando con la maquinita me iba a pelar pero el que estaba al lado le hizo una seña con los dedos, como si fuera una tijera y ella cambió la maquinita y me cortó el pelo, no me rapó. Yo le dije a ella que me seguían mi hermana y mi madre y ella les cortó con la tijera. Fuimos las tres únicas de las dos mil que llegamos en ese transporte que nos quedamos con pelo..

P: Privilegio en medio de la locura..

Basia:  Todo parecía un manicomio. La gente estaba tan flaca, los ojos saltones y las caras hundidas y hasta los cráneos no estaban redondeados como uno ve en la gente pelada; estaban chiquitos,  y con fosas, puro hueso. De esa fila se iba a otra donde nos daban algo para ponernos sin importar el tamaño; podía haber una mujer muy grande a la que le daban un vestido de niña, entonces lo partía al medio y un pedazo usaba para cubrir la cadera y el otro como soutien para tapar el pecho. Era tan humillante y horrible que no te podés imaginar…

P: Es indescriptible…Basia ¿le parece que las mujeres sufrieron más en la Shoá?

Basia:  No puedo comparar porque los hombres sufrían mucho también, pero lo que pasa es que las mujeres eran más vulnerables y nos hacían sufrir más todavía. Por lo pronto, les sacaban a los hijos.  Yo me casé con un hombre que también llegó de Auschwitz y había llegado allá con su mujer y un hijito de cuatro años. La señora no se quiso separar del nene y se fue con él directamente a la cámara de gas. Mi marido nunca, nunca pudo superar lo del hijo. Hasta  nuestro primer hijo tiene el nombre del nene pero no en polaco. Jamás pudo olvidar esa muerte. 

P: Se llevaba la carga del recuerdo inclusive cuando uno rehacía su vida y empujaba hacia adelante. Basia, por varias cosas que usted relata, claro está que antes de matar, era una industria de ensañamiento y sufrimiento..

Basia:  Por supuesto. El pudor todavía existía , pero  teníamos que ir a hacer las necesidades de a 50 personas juntas y había 25 agujeros de un lado y 25 del otro y cada dos metros había un soldado con una bayoneta apuntando. Si nos movíamos o algo ya te clavaban la bayoneta. El sueño allá era poder sentarse en un baño, no tener tanta hambre ni tanto frío porque sólo teníamos lo que llevábamos puesto y si lo queríamos lavar o algo, no se podía dejar y alguien se lo podía llevar. A esas barracas nos llevan una vez de mañana y una de noche y durante el día, nada más, no importante si uno necesitaba más. Podías reventar si en ese momento cuando tenías al soldado enfrente no podías hacer tus necesidades por miedo, nervios o pudor.

Nos sacaban de madrugada para hacer un recuento y nos ponían como a los soldados cuatro en fila y nos dejaban paradas como tres horas hasta que nos llevaban a la barraca del baño. Algunas chicas reventaban, no podían aguantar y se desmayaban y al desmayarse perdían la continencia y recibían tremendas palizas esas muchachas después que las despertaban a golpes. Tenían que limpiar y como castigo tenían que estar paradas una o dos horas más.

P: ¿Estuvo hasta el final de la guerra en Auschwitz?

Basia: No, después me mandaron a Bergen- Belsen y nos separaron de mi madre. Eso fue dos o tres meses después de Auschwitz y a mi mamá ya no la vimos nunca más. Llorábamos y gritábamos pero no había caso, nos eligieron en una de las selecciones cuando estábamos desnudas. Mi madre estaba muy delgada y se quedó porque elegían solamente a las personas que estaban con un poquito de carne encima de los huesos.

 

(Parte de una entrevista publicada en Semanario Hebreo)

Ana Jerozolimski
(20 Enero 2020 , 21:01)

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