En comunidad

En la bendita memoria del Maestro León Biriotti, recordamos su gran vida

 “La composición y mi familia, dan sentido a mi vida”, nos dijo años atrás.

“En la calle Reconquista, yo era el raro, el que tocaba  música en vez de salir a jugar a las bolitas”

A la edad de 90 jóvenes años, falleció en Montevideo el gran Maestro León Biriotti, una institución cultural de la colectividad judía uruguaya y de nuestro país en general. A pesar del gran dolor que le provocó hace pocos años el fallecimiento de su esposa, compañera de toda la vida, en un accidente casero, León seguía adelante, siempre con energías y ganas de hacer más. En su memoria, volvemos a publicar la entrevista que le realizamos en su casa en el 2017, cuando estaba aún bien acompañado por su querida Perla, con la que ahora se vuelve a reunir.

Su destacada carrera musical, que comenzó con el violín, pasó rápidamente al oboe y estuvo dedicada luego casi enteramente a la composición-aunque paralelamente también tuvo un conjunto musical para tocar Romanceros sefaradíes- le ha deparado emociones y reconocimiento, inclusive el destacado galardón “Morosoli de Oro” por su trayectoria. 

Biriotti compuso  12 sinfonías, de las cuales aproximadamente la mitad han sido estrenadas y una fue primer premio del concurso del Sodre. También compuso ocho sinfonietas, cinco o seis grandes obras sinfónicas, 18 conciertos para instrumentos solistas y orquesta, decenas de  obras de cámara y dos óperas. 

Pero evidentemente, su principal premio era poder dedicarse a lo que tanto ama. 

“Mi familia y la composición son lo que dan sentido a mi vida”, resumió León.

Aquí, un resumen de la entrevista original.

 

P: León, sé que si le llamo “Maestro León Biriotti”, como corresponde, me vas a recordar que ya me habías pedido que te tutee y que no sea tan formal…pero debo al menos decirlo aquí una vez en esta introducción. Tiempo atrás, publiqué una nota sobre el premio Morosoli de Oro que tú recibiste. Pero esta entrevista va más allá de tal o cual distinción. Es sobre una trayectoria de vida. De hecho, una vida coronada por éxitos en lo que te gusta, en lo que es una pasión, ¿verdad? 

R: Es  más pasión que vocación. Una vida dedicada a la música, Siento que no hice más que mi trabajo.Y siempre disfrutándolo. Hasta te diría que muchas veces me sorprendía porque no hice más que divertirme y por eso me pagaban. 

P: Mencioné el Morosoli de Oro, el premio a tu trayectoria de vida con la música, el más reciente. ¿Qué significado tiene un reconocimiento así?

R: Primero que fue una sorpresa totalmente inesperada. Ya el anterior, el de plata, como 15 años antes, había sido una sorpresa. Además, lo recibí con alegría y rodeado de toda la familia, éramos 20. 

La familia, finalizada la ceremonia de entrega del Morosoli de Oro al Maestro León Biriotti, esposo, padre, abuelo,hermano, tío querido por toda la familia

 

P: ¿Profesionalmente es muy importante?

R: Sé que es uno de los premios más destacados a nivel nacional, sí.

P: ¿Cómo resumirías tú por qué correspondía darte un premio a trayectoria de vida?

R: La verdad es que para mí fue totalmente natural hacer lo que hice, pero si hacemos un balance tengo 12 sinfonías que he compuesto, de las cuales seis o siete han sido estrenadas, una de ellas fue primer premio del concurso del Sodre, tengo ocho sinfonietas, cinco o seis grandes obras sinfónicas, 18 conciertos para instrumentos solistas y orquesta, 40 o 50 obras de cámara, dos óperas, una la estoy terminando, que es sobre la vida de  Ana Frank…

 

LA MÚSICA, DESDE CHICO

P: ¿Cómo comenzó ese amor por la música?

R: Desde que tengo consciencia de mí mismo, estuve seguro que era la música lo que yo quería. Desde el principio. Mis padres, como todos los judíos sefaradíes, emigrantes, pobres, no tenían capacidad económica para solventar estudios que en aquella época eran solamente privados, no existían instituciones públicas para la enseñanza de la música. Cuando yo tenía unos 11 años más o menos, mi madre logró comprarme un violín y me dio la posibilidad de ir a un profesor. Fue por cierto con grandes sacrificios económicos.

P: Y de aquél violín y el profesor al oboe, ¿cómo llegamos?

R:. Estudié el violín unos nueve años. Mientras tanto también componía aunque creo que ni me daba cuenta de ello. Improvisaba con el violín. Y luego sí comencé a hacer composición. Cuando empecé a estudiar composición en la Escuela Municipal me dije que como compositor tengo que conocer otros instrumentos. Entonces pensé: “El oboe, que es el que más me gusta, pero después voy a estudiar la flauta, después el corno, después percusión, timbales”. Al final me hicieron lugar en las clases de oboe y me di cuenta enseguida que era mi instrumento. Me sentí identificado con el instrumento, y poco a poco fui abandonando el violín y entrando en el oboe. 

Con el oboe, su instrumento preferido

 

P: ¿Cómo era en aquel entonces crecer con la pasión por la música?

R: El profesor venía a mi casa, en la calle Reconquista. Yo era el raro, el que tocaba  música en vez de salir a jugar a las bolitas. Claro que no sólo eso. Me juntaba con los chicos de la cuadra y jugábamos en la calle pero le dedicaba bastantes horas al estudio del violín. Claro que los demás se burlaban un poco pero a mí no me importaba. En casa había grandes ventanales, yo tocaba el violín y ellos de abajo “Ua, ua, ua”… 

P: Quizás se reían pero también  lo disfrutaban… ¿Cómo era el hogar en el que creciste? 

R: Mis padres llegaron a Montevideo desde Izmir, Turquía,   en 1928 y yo ya nací en Uruguay poco después, el  1º de diciembre de 1929. Vivimos en la Ciudad Vieja durante mis primeros 20 años. Tengo tres hermanas menores que yo: Esther, Leonor y Rosa. Yo siempre digo que tuve una infancia feliz, que éramos pobres y que yo no me daba cuenta, realmente nunca me faltó nada. Mi padre era un trabajador muy estricto en todos los aspectos de su vida, inclusive en el cumplimiento de sus horarios . Era un cortador de confecciones. 

P: ¿Tú mamá?

R: Mi mamá era un caso especial. Era una mujer muy activa, muy decidida, muy alegre, le gustaba hacer colas…

P: ¿Colas? O sea ¿esperar haciendo cola?

R: Sí, porque conocía gente. Si ibas a una cola y encontrabas que había un montoncito de gente veías que estaban todos alrededor de ella. Le gustaba charlar. 

P: Divertido imaginar la escena….

R: Era además muy inteligente, aunque no muy instruida, y llevaba adelante sus planes… Llevó adelante la familia.  No trabajaba afuera pero conseguía sus changas. De vez en cuando también trabajaba en sastrería. 

P: ¿Recordás un sentimiento de haber crecido en un hogar de inmigrantes? 

R: Bueno, en aquel tiempo no me daba cuenta. En la Ciudad Vieja, especialmente en la calle Reconquista, en dónde vivíamos, el 90% eran inmigrantes, la mayor parte sefaradíes. Había también askenazi, españoles, italianos… No sólo judíos. No tenía sensación de extranjero, para nada. Ibamos a la escuela y teníamos contacto en la clase con niños de toda extracción religiosa o nacional. Recuerdo que Enrique Mitelman llegó de Polonia y entró en el segundo año de la escuela sin saber una sola palabra. Y bueno, de alguna manera, lo ayudaban de la forma que podían. Hicimos una amistad que se conserva hasta el día de hoy. 

 P: ¿A qué escuela ibas? 

R:: Portugal. Los últimos años sigue todavía ahí en Sarandí y Pérez Castellanos, pero cuando comencé estaba en Reconquista y Treinta y Tres, algo así. 

 

VIVENCIA JUDÍA

P: León, ¿cómo viviste tu vida judía? 

R: Fui al Talmud Torá de la Comunidad Sefaradí, Al comienzo, cuando era chiquitito, estaba en Sarandí y Alzaibar me parece, luego se mudó a Buenos Aires 327. ¿Por qué me acuerdo del 327? Porque era el mismo número de la calle Reconquista, donde yo vivía. Ahí estuvo muchos años e incluso nos casamos ahí, porque era además la sinagoga y el Talmud Torá, todo junto en la calle Buenos Aires, entre Colón y Alzaibar. Hasta que se construyó el nuevo templo de Buenos Aires 234. 

P: ¿Cómo se sentía en aquel momento, cuando era el comienzo, de hecho, de la gran actividad comunitaria, la combinación entre lo nacional y lo comunitario judío?

R: Era muy natural. Iba de mañana a la escuela pública y de tarde al Talmud Torá, o al revés, no me acuerdo muy bien. Mi abuela se ponía muy orgullosa cuando los viernes de noche nos veía a mí y a todos los alumnos en la sinagoga . Se paraba al lado de sus amigas diciendo: “Aquel es mi nieto”. 

P: Ibas a la sinagoga para acompañar a tu papá, me imagino. 

R: No, iba solo. Si vivía a una cuadra. 

P: ¿Era  la comodidad de un poco ver a la gente o era el deseo de ser parte?

R: Era lo normal ir todos los viernes de noche a la Kehilá. Naturalísimo. Mi padre a veces iba, otras veces no. . Mis padres eran creyentes pero no muy  practicantes, más o menos. 

 

IZKOR POR TEREZIN, UNA VIVENCIA PARTICULAR

P: Me imagino que algunas de tus obras tendrán de fondo una vivencia personal especial ¿no?

R: Por supuesto. Te doy un ejemplo concreto justamente de algo que apareció hace muchos años en el Semanario Hebreo, gracias a José, tu papá. Me refiero a un largo artículo sobre la música en Terezin según mi propia experiencia.

P: ¿O sea?

R: Yo descubrí  en Praga que existió un movimiento musical en el campo de concentración de Terezin. Fue a Praga porque tenía un concierto en la sala Dvorak, como solista, con una orquesta de cámara. Estando allí , por casualidad, pregunté una dirección y me dijeron “pasando la sinagoga”. Me  quedé sorprendido de que la sinagoga fuera un punto de referencia popular. Fui hasta donde tenía que ir y cuando volví entré por esa calle, empedrada, angosta, a la izquierda estaba la sinagoga “Altneu” (pronunciado Altnoi)  con el reloj arriba con letras hebreas en lugar de números y las agujas que giran al revés. Y al fondo, a la izquierda, había una ex sinagoga que era un museo judío del Estado de Checoslovaquia en aquel momento. Entré y me quedé sorprendido de ver un museo judío en Praga, que todavía estaba bajo la presión de la Unión Soviética, había enormes banderas soviéticas por todos lados en aquel momento. Salí de ahí y al frente estaba el cementerio judío de Praga, en el cual tuve impresiones rarísimas, porque eran todo lápidas bajitas de un rosado antiguo, las letras, todas en hebreo, casi ilegibles, torcidas por el tiempo… Había grupos con guías, pero yo quise estar solo … 

Y a la salida, esta vez del lado del frente del museo judío, había otro pequeño museo al cual también entré, y encontré una partitura que me dejó sorprendido, pero no sabía lo que era porque estaba escrita en checo. Copié, como pude, porque estaba en una vitrina bastante honda, todos los títulos. Al salir, a la izquierda de la salida, me encontré con dibujos infantiles en los cuales había un nombre y dos fechas, evidentemente de nacimiento y muerte. Todos habían muerto entre los 13 y los 15 años, la mayor parte de ellos habían nacido, más o menos, cuando yo nací, y murieron cuando yo tenía 12, 13 o 14 años.

A raíz de esa experiencia, sentí la necesidad de componer una obra  relacionada con esto. Ccompuse una obra llamada “Izkor for Terezin”, con un subtítulo: “Children drawings: En memoria de Terezin, dibujos infantiles, para oboe y orquesta de cuerdas”. Estuve al año siguiente en un festival dedicado enteramente a la música de Terezin. 

Había un cantante y una pianista que eran de los pocos niños que se salvaron, él seguía viviendo en Checoslovaquia, en Praga, y ella en Israel. Él cantó y ella tocó obras que él había compuesto en Terezin y lo estrenaron ahí. 50 años después se encontraron en Londres e hicieron esa presentación, y yo estaba presente.

P: Y tú jugando allí un papel central…una fuerte experiencia me imagino.

R : Sin duda.  A mí me tocó estrenar mi obra con una orquesta en ese festival en la West London Synagogue, cuyo rabino era uno de los menos de 100 niños que sobrevivieron de Terezin de los 15.000 que estaban allí.

Con una de sus sinfonías

 

MÚSICA E IDENTIDAD

P: Así que la temática judía, claramente,es parte de tu creación. La Sinfonía Ana Frank, ahora la ópera, el Izkor for Terezin….

R: También  Romance Sefardí, la Sinfonía Sefarad, la Sinfonía Jerusalén, cinco canciones trágicas, con texto de Mosheliva…Aparte te c uento que tuve el grupo Romancero, dedicado exclusivamente a los romances sefaradíes. Con este grupo estuvimos en Brasil y Argentina…

P: ¿Quiénes más estaban? ¿Eran todos uruguayos judíos sefaradíes?

R: Al principio era Valentina Álvarez, una cantante uruguaya que se radicó en México hace 20 años, la guitarrista Ana Inés Ceballos y, en aquel tiempo, De los Santos en percusión. El único judío era yo en aquel momento. Después, en los últimos tiempos, éramos tres: Ana Inés Ceballos cantaba y tocaba la guitarra, y Sergio Tulbovitz, un gran percusionista. Fuimos tres durante muchísimos años. Yo me aparté ahora y en mi lugar entró una violinista, Carolina Hasaj.

P: ¿La música acerca a la identidad también? ¿Estás en eso y te puede hacer sentir más parte de un colectivo?

R: Sí, incluso te hace recordar épocas de la infancia. En mi casa se reunía gente que cantaba y tocaba instrumentos, el Ud, el violín, el tumbelec, cantaban y mi madre bailaba a la manera sefaradí, se tomaba el raquí. Otras veces era en las casas de otros, de repente de un armenio, porque no solamente venían judíos, cada tanto se hacía una reunión. Todo eso fue lo que quedó en mi memoria y me llevó a reunir este grupo para hacer los romanceros.

P: Diferentes dimensiones de la música pues, realmente variadas, unidas por un mismo amor.

R: Así es.Una gran pasión que sin duda, da sentido a mi vida.

 

HINCHA NÚMERO UNO

En la entrevista con León, nos acompaña su esposa y compañera de toda la vida , Perla,nacida en Atenas y llegada a Uruguay cuando tenía dos años y medio. Cada tanto ella intercala algún comentario y agrega elogios sobre el  trabajo y realizaciones de su esposo, que hacen que León se sonría con cierta incomodidad. 

“Son muy pocas personas a las que se les da el Morosoli de Oro”, asegura Perla categóricamente cuando hablamos de la distinción. “El no puede considerar que se lo merece…”.

P: ¿Cómo se conocieron? 

León:  En una fiesta de cumpleaños. 

Perla:  En octubre de 1953. Yo tenía 16 años y él 19. 

León: Perla era compañera de escuela de una de mis hermanas y venía a hacer los deberes a mi casa y yo no me acuerdo de ella, pero ella se acuerda de mí. Yo me acuerdo de ella cuando nos conocimos… A pesar de que yo no la conocía y ella sí a mí, resultó una situación muy particular: entramos cinco o seis, todos juntos, conociéndonos unos con otros pero no todos con todos, a una fiesta que se hacía en el Macabi cuando estaba en la calle Andes, no me acuerdo si entre 18 de Julio y San José o San José y Soriano, un edificio alto. Entramos todos a ese cumpleaños, de colados, uno solo estaba invitado. Nosotros dos formábamos parte de ese mismo grupo, ese racimo, pero no nos conocíamos, al menos…

Perla: ¡Yo sí!

P: Veo que Perla sí te recordaba.  Una pregunta indiscreta: ¿le habías puesto el ojo ya cuando venías como compañero de la hermana?

Perla: Yo creo que todas las chicas que iban con las hermanas le ponían el ojo [Risas]. Él era muy…

León: Eso es nuevo para mí, yo no lo sabía.

Perla: Él era muy discreto, o estaba escuchando la radio o estaba escuchando el violín, no se acordaba que había chicas ahí. 

P: Y entonces, en ese cumpleaños…

León: La vi, me pareció deslumbrante, me enamoré en ese mismo instante. La tuve que pelear contra otro que también la  quería…

P: Y aquí están, una vida juntos, y con la música.

Perla: Sí, claro. Con sus alegrías y sus esperas, para los concursos, para poder entrar, como lo hizo, en el Sodre…Y siempre juntos.

 

Bendita sea la memoria de León y Perla Biriotti.

Ana Jerozolimski
(11 Octubre 2020 , 11:54)

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