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Discurso del Presidente de la NCI, Ianai Silberstein en Acto por la Convivencia

Buenas tardes, bienvenidos a la NCI.

Doy la bienvenida a todos ustedes, aquí y del otro lado de la cámara, en la persona de la Vicepresidente de la República, Beatriz Argimón, que accedió sin dudarlo a ser la oradora central de este acto. Su presencia hoy, en las circunstancias que atraviesa el país, demuestra no sólo su compromiso con el mismo sino con las causas tras las cuales se alinean sus ciudadanos. Gracias.

Para mí, abrir este acto entraña un sentimiento ambiguo. Es un honor, con la responsabilidad y el respeto que implica; a la vez que me conmueve profundamente.

Que David Fremd, de bendita memoria, sea mi consuegro, suma sensibilidad y mayor cuidado cuando uno emprende, como titula el historiador británico Simon Schama su libro, la búsqueda de las palabras. 

Aquel 8 de marzo de 2016 sigue pareciendo irreal; lo trágico es que efectivamente sucedió y no dejará de suceder nunca: en el corazón de sus seres amados y en la memoria de su pueblo. 

Fieles al perfil de David y su familia, y fieles al espíritu de la NCI, este acto no es sobre él sino que, como dijera su hijo, Rafael Fremd,  “para que su muerte no sea en vano”. Los recuerdos personales son eso, personales, y cada uno elige cómo, y cuándo compartirlos; como hiciera Rafael con su libro “Un Reloj que no es mío”. Pero no es aquí ni hoy.

Hoy, y aludo directamente al título que propuso la Vicepresidente, es tiempo de una sociedad que se mira en el espejo. La sociedad sanducera, en ese heroico rincón del Uruguay, que se supo mirar a los ojos en la plaza pública; la comunidad judía uruguaya que se dio cita aquel lluvioso lunes en La Paz. Todos nos mirábamos y no dábamos crédito, nos mirábamos y no discerníamos. Hoy, por tercera vez en estos cinco años, y de aquí en más, este será un tiempo de introspección colectiva, en comunidad, y como país. 

Cuando imaginamos este acto sabíamos que debia trascender no sólo la persona de David sino una concepción del mismo que unos pocos pudiéramos aportar; porque nadie escapa a sus propias obsesiones. Para que no sea en vano, debíamos construir en forma colectiva, desde los rastrojos, un memorial por medio de la palabra; porque sólo la palabra, y como judíos lo sabemos bien, trasciende la vida de los hombres.

Convocamos entre nuestros socios y allegados a intelectuales y comunicadores que nos ayudaron a esbozar un concepto, una idea que trascienda la circunstancia de cada acto, al orador de turno, la coyuntura histórica. Así surgió el Acto por la Convivencia. En memoria de David, pero por la convivencia. Porque el judaísmo, tal como lo entendemos desde este púlpito, es sobre todo una cuestión de valores. 

“No hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti”, enseñó el Rabino Hillel en el siglo I EC. Lo recoge el Talmud en el Tratado de Shabat, y reverbera a través de los siglos y las civilizaciones. 

Los actos antisemitas tienen como destinatarios a los judíos. El antisemitismo es excluyente, tiene un solo fin: el judío. Lo que sucedió en Paysandú aquel  día le sucedió a David por ser judío, y sólo por ser judío; crimen antisemita si los hay, ideología nazi pura y dura. 

Una amiga en Facebook escribió: “el antisemitismo es el sensor del totalitarismo”. Tomo la frase y me atrevo a decir que aquellos años fueron, en mi país, los peores de los cuales tenga noción en relación al tema. Uno podía encontrar un antisemita de tarde en tarde, pero el discurso de odio y difamación que se construyó a partir de 2014 nos dejó perplejos y desorientados; como el principio dramático de la pistola de Chejov, terminó en tragedia. 

Si el antisemitismo es el sensor de los totalitarismos u otros ismos igualmente letales, nuestro mandamiento  ancestral como judíos es iluminar esas zonas oscuras de la creación. Si hemos sabido hacerlo con la Shoá, si pasados setenta y cinco años de la liberación de Auschwitz reforzamos cada año la memoria, cómo no hacerlo con nuestro holocausto local, con la tragedia que atravesó, literalmente, un pueblo ejemplarmente uruguayo como el sanducero. 

El asesino es uruguayo, pero las doctrinas son importadas. Cuando convocamos a una instancia como esta, queremos hablar y escucharnos entre orientales. Nos sabemos, desde Artigas en adelante, poseedores de un discurso propio, valores idiosincráticos que hemos perfeccionado con el tiempo en el seno de la región que nos vio nacer. El Uruguay ilustrado y valiente, el que nos recibió como colectivo, dice presente en este acto. 

Escribió el poeta León Felipe: “Mía es la voz antigua de la tierra.”

Nuestra es la voz, nuestro es el relato, nuestra la capacidad de conmover, advertir y prevenir. Nuestra como judíos, nuestra como uruguayos, y nuestra en esa doble, sutil, y fascinante condición que nos enriquece y enorgullece tanto. Acaso porque coinciden determinados valores, acaso porque nos sabemos pequeños entre las naciones, acaso por nuestro apego a un pequeño pedazo de territorio. 

Nuestro compromiso, desde La NCI, es habilitar cada año el tiempo para la reflexión, la memoria, y el legado de convivencia que, si bien no hemos perdido, nunca está de más rescatar de las cloacas del odio, lo que hoy llamamos redes sociales. 

Porque, abusando de la cita de Eli Wiesel, lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia. 

 

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