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El apartheid inclusivo

Por Alejo Schapire

El sindicato de estudiantes universitarios UNEF, semillero del Partido Socialista francés e histórica agrupación laicista y antirracista, está organizando reuniones que excluyen en función de sexo y color de piel de los jóvenes. El ministro de Educación compara esta segregación con el fascismo y amenaza con prohibir estos eventos. La controversia expone el espectacular giro de un bastión del progresismo francés, copado por un movimiento identitario obsesionado con la raza.

Esta semana, la presidenta de uno de los principales sindicatos estudiantiles de Francia, Mélanie Luce, reivindicó la organización reuniones prohibidas en función de la sexualidad y del color de la piel de los jóvenes.

El ministro francés de Educación, Jean-Michel Blanquer, comparó esta segregación sexista y racial con el fascismo y amenazó con recurrir a los tribunales para prohibir estos eventos.

"La gente que dice ser progresista y señala a las personas por el color de su piel nos lleva a cosas que se parecen al fascismo", sostuvo Blanquer. “Cuanto veo cosas así, por supuesto que considero que hay que llevarlas a la justicia", advirtió esta semana.

¿Cómo se llegó a esta situación? Aquí un poco de historia que refleja de qué manera la izquierda emancipadora y universalista ha sido fagocitada por su versión identitaria y relativista.

Del “opio del pueblo” a la apertura de lugares de oración

La Unión del Sindicato de Estudiantes de Francia (UNEF) existe desde 1907 y ha sido uno de los principales semilleros de la dirigencia del Partido Socialista francés.

Durante décadas, la UNEF fue la agrupación de izquierda reformista y laicista que marcaba la agenda de las reivindicaciones estudiantiles para mejorar las condiciones económicas y de estudio de los jóvenes en el espacio universitario y el ingreso al mercado laboral. Entre otras conquistas, supo imponer su reclamo contra el precio injustificado de matriculación universitaria o contra la precarización laboral: en 2006, a través de una espectacular movilización, doblegó al gobierno conservador de Dominique de Villepin, obligándolo a retirar su proyecto “Primer Contrato” para los menores de 26 años que ingresaban en el mercado del trabajo.

La transformación

Pero, desde entonces, UNEF ha dejado de ser noticia por sus conquistas económicas y educacionales. Primero, marcado por un escándalo de abusos sexuales en su dirigencia, ha pasado de ser el primer sindicato en importancia al segundo, relegado por la organización FAGE, que reivindica una independencia frente a los partidos políticos.

Pero sobre todo, el gremio estudiantil UNEF ha mutado ideológicamente. La línea histórica, guiada por los valores universalistas y laicistas, ha dado un giro significativo con la llegada en 2013 de su nuevo presidente, William Martinet, aliado político de Jean-Luc Mélenchon, líder de La Francia Insumisa, el Podemos francés.

A partir de entonces, la UNEF abandonó décadas de militancia anticlerical y antirracista. Bajo la nueva consigna de la “interseccionalidad” y el “decolonialismo”, tomó el poder la tendencia “indigenista”. En otras palabras, en vez de centrase en los problemas económicos y educativos, en lugar de luchar contra el oscurantismo religioso y el racismo en todas sus formas, adoptaron las prácticas venidas de los elitistas campus estadounidenses y empezaron a tener como principal grilla de lectura el origen étnico del individuo, en términos académicos la Critical race theory (Teoría crítica de la raza).

La vieja guardia, los militantes históricos de SOS Racismo, vieron cómo empezaban a ser abucheados en las reuniones, mientras las nuevas figuras “decoloniales” y “racializadas” (entiéndase vistos como pertenecientes a una raza por los blancos) eran vitoreados.

En 2015, el presidente de entonces de la UNEF, William Martinet, se negó a marchar al frente de la gigantesca manifestación tras la masacre de los periodistas de Charlie Hebdo. Entretanto, su sindicato abrió un local de oración para musulmanes. Maryam Pougetoux, una mujer cubierta con el velo islámico, se convirtió en 2018 en la portavoz del sindicato en la Sorbona, antaño bastión de la izquierda radical. Para la ensayista Cécile Pina, de larga trayectoria en Partido Socialista, se trata de la “infiltración y la penetración de los sindicatos estudiantiles" por parte de la cofradía integrista de los Hermanos Musulmanes.

Cuando el ministro del Interior de entonces, Gérard Collomb, un hombre que viene del Partido Socialista, estimó “chocante” el uso de esta prenda identitaria religiosa para un representante sindical, le llovieron críticas de la extrema izquierda por defender un “laicismo de demasiado radical”. Habría que ver si considerar que la religión es el opio del pueblo sigue siendo aceptable para esta izquierda…

“Un delirio de blanquitos”

Por supuesto, este laicismo es juzgado “radical” según de quién se trate. La presidenta de la UNEF, Mélanie Luce - una “racializada”, como se autodefine- declaró que la consternación de los franceses por el incendio de la catedral de Notre-Dame era “un delirio de blanquitos”. Al mismo tiempo, se niega a responder si, con ella al frente, su sindicato volvería a marchar como hizo décadas atrás la agrupación para defender a Salman Rushdie cuando el ayatola Jomeini lanzó una fatwa de muerte por la publicación de los “Versos Satánicos”.

Hoy, Mélanie Luce reivindica que su sindicato, financiado por el Estado, organice reuniones “no mixtas racializada”. ¿Qué esconde esta jerigonza? Actividades, coloquios, reuniones donde se excluye a participantes por formar parte de “los dominantes de este mundo”, es decir varones y gente blanca más allá de su origen social. Es la segregación racial en nombre de la inclusión. Es decir, si un hijo de obrero blanco que trabaja en McDonald’s para poder pagarse sus estudios quiere ir a una reunión, no puede. Si el que quiere asistir es un hijo de príncipe saudita o una hija de la élite del poder de Senegal que vive en un dúplex en los Campos Elíseos, pueden llegar a la misma reunión conducidos por su chofer en Mercedes y son recibidos con los brazos abiertos. La persona debe ser considerada culpable o víctima, privilegiado o paria, por su ADN. Se juzga al individuo en función de su piel.  

Como explica la intelectual Rachel Khan, hija de padre gambiano de fe musulmana y madre francesa de origen judío polaco (parece que es necesario recordar que etnia y opinión no son equivalentes), es “volver a la segregación”. Es como en “Soweto, donde todos los negros estaban juntos”. “¿Por qué vamos a recrear reuniones sólo para negros?”, se pregunta.

 

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