Cultura

Voces femeninas hebreas

Por Ana Bejarano Fuente: Revista Mosaika

La literatura hebrea es una de las literaturas más ricas. Tenemos constancia de su existencia tres veces milenaria gracias, en parte, a la sacralidad de la lengua hebrea y a la sacralidad de las letras mismas que nos la han preservado. Una de las características de esa literatura es,pues, su continuum, ya que se ha venido escribiendo ininterrumpidamente aunque la lengua no se siguiera transmitiendo en el seno de la familia desde el s. II d.C. hasta su revivificación a  finales del s. XIX en el mismo lugar geográfico de su nacimiento. Así pues, se escribió literatura hebrea cuando la lengua estaba viva, se escribió cuando esta quedó en un estado de letargo de siglos, y se siguió escribiendo al ser revivificada en la Palestina otomana de finales del s. XIX por Eliezer Ben Yehuda y su círculo.

El insigne poeta Joan Margarit (1938-2021) sostenía que solo puede ser un gran escritor quien escriba en su lengua materna. Vaya por delante mi admiración por este enorme poeta del que siempre fui devota lectora y al que tuve la suerte de tratar personalmente, pero quien conozca la poesía hebrea del cordobés Shemuel Hanagid (993-1056), del malagueño Shelomoh Ibn Gabirol (1021-1058), del tudelano Yehuda Haleví (1070-1141), del ruso Haim Nahman Bialik (1873-1934), o la prosa hebrea del bielorruso Mendeleh Mocher Sfarim (1836-1937) y la del galiziano polaco Premio Nobel de Literatura Shmuel Yosef Agnon (1888-1970), por citar solo a unos pocos, no puede sino ser testigo de cómo un sinfín de obras literarias de calidad insuperable y escritas en hebreo lo han sido por autores cuya lengua materna no era el hebreo. Eso sí, por autores, que no autoras. Las mujeres no tuvieron la oportunidad de ser grandes escritoras de la literatura hebrea ni cuando el hebreo fue su lengua materna ni durante los siglos en los que no lo fue y había que aprenderlo estudiándolo. ¿A qué razón obedece esta realidad? Al hecho de que la competencia lingüística en hebreo de los hombres judíos a lo largo de los siglos ha sido siempre enorme, dado que todos ellos aprendían a leer y a escribir en hebreo antes que en ninguna otra  lengua, y esta masiva alfabetización en hebreo de los hombres judíos alcanza desde mucho antes de la época del Primer Templo y se extiende hasta principios del s. XX en la mayoría de las comunidades. El conocimiento de la lengua hebrea y de los textos escritos en ella por parte de los hombres judíos fue inmenso. Recalquemos: de los hombres, que no de las mujeres. Razón por la cual no aparece, como se habrá observado, ni un solo nombre de mujer entre los geniales autores hebreos nombrados más arriba.

A las mujeres judías no se las alfabetizaba en tiempos bíblicos cuando la lengua era lengua viva, ni se les alfabetizó en ella cuando el hebreo ya no se transmitía de forma natural en la familia. A las mujeres judías no se las educaba para que tuvieran acceso a los textos sagrados escritos en hebreo y arameo. El versículo bíblico “instruirás a tus hijos” (Dt 4,9) fue entendido por los rabinos literalmente, de manera que “tus hijos” no incluía a “tus hijas”. Rabí Eliezer Ben Hurcanus (s. I-II d.C.) llegó al extremo de decir, en el tratado Sotá del Talmud: “Es preferible quemar la Torá que instruir en ella a las mujeres”. ¡Quemar la Torá! Ante esta perspectiva no hay mucho más que añadir de por qué las mujeres judías fueron apartadas durante siglos del aprendizaje de la lengua hebrea. Quien quisiera educar a sus hijas debía hacerlo en la intimidad del hogar, y aunque no faltaron padres que así lo hicieron, estos fueron los menos. Nadie se atrevió a crear escuelas hebreas ni academias talmúdicas para niñas.

El Premio Nobel de Literatura Isaac Bashevis Singer publicó en yidish en 1962 un cuento delicioso, Yentl, el chico de la yeshivá, sobre una chica que quiere estudiar en una academia talmúdica como sus amigos y que sabiendo que no lo va a conseguir se disfraza de muchacho. En 1983 Barbra Streisand dirigió y protagonizó una película homónima que al año siguiente se vio galardonada con el Oscar a la mejor adaptación musical. Al no haber recibido las mujeres judías durante siglos una educación hebrea, no hubo mujeres que dejaran una obra literaria en esa lengua, ni cuando era lengua materna ni cuando dejó de serlo. O al menos no nos consta, ya que en caso de que alguna mujer haya sido la autora de algunos de los textos hebreos conocidos, su nombre quedó oculto. La literatura hebrea estuvo siempre, pues, en manos de hombres, dado que solo ellos tenían acceso ya sea a la alfabeti-zación, ya sea al aprendizaje de la lengua santa. Prueba de ello es un contundente dato que nos proporciona Rachel Elior, catedrática emérita de la Universidad Hebrea de Jerusalén: de los 100.000 títulos en hebreo publicados desde la invención de la imprenta en el s. XV hasta principios del s. XX y que se encuentran depositados en la Biblioteca Nacional de Israel, no existe ni uno solo escrito por una mujer. Ni un solo libro escrito en hebreo por una mujer y publicado en vida de ella. ¡Ni uno solo! Recordemos que estamos hablando de libros escritos en lengua hebrea. No en otras lenguas. La profesora Rachel Elior hace, a partir de ese dato, una dura reflexión: el potencial intelectual de los cerebros judíos femeninos fue aniquilado sistemáticamente durante siglos, lo que supone haber eliminado la posible producción cien-tífica y artística de los cerebros de la mitad del pueblo judío durante milenios, dando así lugar a un pogromo de ideas de incalculables consecuencias.


No es, pues, hasta el s.XX cuando aparecen las primeras mujeres que ven sus libros en hebreo editados en vida. La primera mujer que publica en hebreo una obra con-sistente es Debora Baron (Bielorrusia 1887 - Jerusalén 1956). Por eso podríamos decir que de Débora (la profetisa del s. XII a.C. en Jueces 5) a Débora (Debora Baron) no existió otra Débora, parafraseando el conocido dicho sobre Maimónides que dice: “de Moisés a Moisés no existió otro Moisés”. Se trata en realidad de casi tres mil años de vacío de escritura femenina, excepto por contadísimos y mínimos casos entre los que cabe destacar a Raquel Morpurgo (Trieste 1790-1871), la primera poe-tisa de la que tenemos constancia de que firma con su nombre sus poemas en hebreo. Perteneciente a la pode-rosa familia de los Luzzatto, publica en la floreciente prensa hebrea europea con gran éxito, a pesar de que siempre se sintió como una intrusa en un mundo de hombres. Baste constatar el sobrenombre que ella se dio a sí misma: Rahel Morpurgo Haqetanah (la pequeña), cuyo acrónimo, RiMaH, resulta en un término hebreo que significa gusano, insignificancia. Jamás en vida vio sus
poemarios publicados. De manera que la primera autora hebrea que tiene una obra sólida y que publica en vida es Debora Baron. El shtetl de Lituania en el que se crio y en el que su padre ejercía de rabino es el marco de gran parte de sus obras. Las personas pobres y sufrientes que acudían a que el rabino les aconsejara y reconfortara son a menudo los protagonistas de unos relatos en los que escribe sobre la lucha de clases, la defensa de la mujer, las incongruencias de las leyes religiosas que provocan el sufrimiento gratuito de los fieles y, por encima de todo, el misterio del sufrimiento del justo, como en el cuento El hacedor de ladrillos que podemos leer en Antología de la literatura hebrea contemporánea de María Encarnación Varela (Octaedro, 1992). Debora Baron llega a la Tierra de Israel con la Segunda Aliyá (ola inmigratoria) en 1910 y, a pesar de que participa plenamente de la vida judía del movimiento sionista, su obra literaria habla prácticamente al completo del desmoronamiento del judaísmo en la Europa de cambio de siglo. Sus primeros cuentos los publica en 1902 y su primer libro de relatos en 1927, ya en la Palestina del Mandato británico. Otra de las primeras escritoras hebreas es Raquel Bluvstein (Viatka 1890 - Tel Aviv 1931) o “Raquel la poetisa”, como se la conoce en Israel. Miembro también ella de la Segunda Aliyá, llega a la Palestina otomana en 1909 y marcha a trabajar a Kinneret, la granja agrícola femenina de Hannah Meisel a orillas del mar de Galilea. Sus poemas hebreos los publica en la prensa durante los años veinte del s.XX y serán más tarde recogidos en tres poemarios. Raquel es la poetisa del nuevo judío en la Tierra de Israel, del pio-nero que siente ya muy lejana la diáspora. Es, como las demás primeras escritoras hebreas, producto del movi-miento sionista y de la Revolución bolchevique y escribe una poesía muy universal a la vez que intimista en una lengua que no es su lengua materna a pesar de lo cual es la primera gran poetisa hebrea de todos los tiempos. Sus tres poemarios se pueden leer en traducción española en el libro Raquel Bluvstein. Poemas (Riopiedras, 1985)

La primera poetisa hebrea ya nativa de la lengua es  Ester Raab (Petah Tikva 1894-1981). Publica sus primeros poemas en 1922 en el estilo aus-tero, minimalista y de rima libre que la caracterizará. Canta sobre todo a la tierra, repudia la vida urbana y se mantiene siempre al margen de cualquier corriente poética. Su obra no puede leerse en traducción excepto por algunos poemas sueltos en inglés, lo mismo que los de la tercera gran poetisa de los años veinte, Yocheved Bat Miriam (Bielorrusia 1901 - Tel Aviv 1980), que escribe sobre las vivencias de los judíos en Europa en el periodo de entreguerras y sobre su propia experiencia como inmigrante en Israel. No podemos dejar de llamar la atención sobre el hecho de que una vez que ya las mujeres sí tienen acceso a escri-bir y a publicar en hebreo, no se las ha traducido a otras lenguas en la misma medida que a los hombres, con lo cual su proyección internacional es menor.

De las cuatro escritoras hebreas pioneras que empiezan a escribir y a publicar en hebreo en los años veinte del s. XX, pues, solo podemos leer al completo en español a Raquel Bluvstein. A las otras tres, de momento, en prácticamente ninguna lengua. Es por eso por lo que en las siguientes líneas, y como primera aproximación a la escritura femenina en hebreo, trataremos solamente a las autoras que pueden ser leídas en traducción. Por fortuna las autoras hebreas del s.XX y de estos primeros años del s.XXI son ya tantas que resulta imposible hablar de todas ellas en unas pocas páginas

 Una autora que cronológicamente sigue a las pioneras y que sí se puede leer en traducción española, aunque todavía parcialmente, es Leah Goldberg (Königsberg 1911 - Jerusalén 1970) . Huida de la Alemania nazi (donde había conseguido doctorarse en Filología Semítica por la universidad de Bonn gracias a que su director de tesis, el famoso orientalista Paul Kahle, se negó a obedecer las leyes raciales del Tercer Reich y no abandonó a su doctoranda) llega al Israel pre-estatal en 1935. Escribe una poesía modernista, urbana y comprometida social y políticamente. Traduce al hebreo grandes obras de la literatura rusa, entre ellas Guerra y Paz, y ocupa la primera cátedra de literatura comparada de la Universidad hebrea de Jerusalén. También escribió teatro y prosa. Como muestra de su prosa puede leerse el libro Cartas desde un viaje imaginario (Pre-Textos, 2007), en el que Rut, la protagonista, presa del desamor, escribe cartas a un Emanuel que ya no la quiere, como tampoco parece amarla la Europa que recorre en su huida del nazismo. Un buen número de sus poemas traducidos los tenemos en Con esta noche (Universidad de Granada, 1994). La primera gran prosista ya nativa de la lengua es Amalia Kahana Carmon (Ein Harod 1926 - Tel Aviv 2019). Autora clave de la literatura israelí, la prensa, sin embargo, tardó dos semanas en hacerse eco de su fallecimiento ya que llevaba años retirada de la vida pública. El discurso titulado Apartadas, que pronunció en 1985 al recoger el prestigioso Premio Brenner, parece hoy premonitorio del olvido en el que quedó esta gran autora al final de su vida. El texto del discurso se encuentra publicado en la revista literaria Moznayim de octubre de 1985. En él dice Amalia Kahana Carmon que cualquier mujer que quiera escribir será como las plantas silvestres que crecen a los bordes del camino, y que toda mujer escritora suele caer en cuatro trampas: el modo en cómo ella misma ve su propia obra; las dudas acerca del lugar que va a ocupar entre el conjunto de escritores; el tiempo que se puede permitir dedicarle a la escritura en medio de sus muchos quehaceres y obligaciones; y la manera en cómo su actividad literaria va a incidir en la relación con el hombre con el que esté.

También sostiene la autora que la carrera de cualquier escritora es una carrera de obstáculos aún más dura que la de un varón escritor. Porque una vez que ya se encuentre en el mapa literario, por el mero hecho de ser mujer, los críticos y los medios de comunicación se fijarán más en ella y le dedicarán alabanzas. Solo alabanzas. Aunque de dudoso valor, porque se suelen limitar a: “tiene buen ojo para los detalles”, “su prosa es limpia”, “tiene buen gusto”, “le sobra encanto”, “es delicada”, “preciosista”, “rebosa contención y discreción”. Jamás se la criticará porque no es tomada en serio y por eso mismo se le perdona todo. Amalia Kahana Carmon es una autora a la que hasta hoy apenas puede leerse en traducción a ninguna lengua, pero aquí proponemos la lectura de uno de sus pocos relatos traducidos al español, un cuento con marcados rasgos autobiográficos de su participación en la Guerra de la Independencia: “Imágenes de casa con peldaños azules” (en Cuentos hebreos contemporáneos, Popular, 2007). Su prosa se caracteriza por el estilo inconfundible que le confiere la sutil perversión de la sintaxis y su extremo lirismo, incluso en un cuento como este, en el que la protagonista femenina narra en primera persona los horrores de la guerra y desmitifica la supuesta exstencia de un ejército moral. la arena literaria israelí, resultando incomprensible para ella su repentina fama a la que llegó de la mano de su público más devoto: los jóvenes laicos. Por fortuna una amplísima selección de su poesía puede leerse en español en Zelda. Obra poética (Universidad de Granada, 1995).

La escritora israelí más ampliamente traducida al español es Batya Gur (Tel Aviv 1947 - Jerusalén, 2005), una de las primeras autoras en escribir novela policiaca en hebreo tras la pionera Shulamit Lapid (Tel Aviv 1934). Sus nove-las son espejo sin igual de la sociedad israelí y más de una decena de sus obras han sido publicadas por la editorial Siruela: Un asesinato musical, No lo imaginaba así, El ase-sinato del sábado por la mañana, Espiando a un amigo, Asesinato en el corazón de Jerusalén, Un asesinato literario, Asesinato en el kibbutz, Asesinato en directo. Cabe destacar su novela Piedra por piedra (Siruela, 2005), en la que se aparta de la novela negra y hace una crítica corro-siva del ejército desde el punto de vista de las madres que pierden a sus hijos soldados, sacrificados como nuevos Isaacs en el altar de la guerra.

La segunda autora más traducida a nuestra lengua es Zeruya (Tsruya) Shalev (Kinneret, 1959) y es, por el momento, la escritora hebrea con mayor proyección internacional. Su escritura estilísticamente transgresora de un fluir de la conciencia extremo y su punto de vista desde el interior del cerebro femenino le han valido numerosos premios literarios y la fidelidad de un público entusiasta, que valora el tratamiento originalísimo que hace esta autora de las relaciones de pareja fracasadas y de la maternidad, vista como una carga inasumible y quizá hasta indeseable. Galaxia Gutenberg publicó tres de sus novelas: Vida amorosa, Marido y mujer y Las rui-nas del amor, y Siruela Lo que queda de nuestras vidas.

Una autora estilísticamente muy próxima a esta última es Orly Castel-Bloom (Tel Aviv, 1960). Con una escritura todavía más postmodernista y cercana a la cultura punk escribe una de las novelas más importantes de la litera-tura israelí, Dolly City (Turner, 2015), una reelaboración del personaje de la madre judía llevada al paroxismo en una Tel Aviv distópica habitada por unos seres desquiciados que solo son capaces de sobrevivir ingiriendo cantidades ingentes de ansiolíticos.

De muy distinto carácter es la obra de Yehudit Katzir (Haifa, 1963). Su libro Cerrando el mar (Lumen, 1996), en el que reúne cuatro nouvelles, fue un best seller en Israel que en su momento la lanzó a la fama con solo veintiséis años, y en él hace la autora un innovador uso del tiempo y del espacio jugando con el aquí y el allí, el entonces y el ahora de sus personajes, sobre todo femeninos. Trata magistralmente el tema de la diás-pora, que es llevada por los inmigrantes con ellos hasta Israel, mientras ese espacio geográfico llamado diáspora es ya solo “el extranjero” para los israelíes nativos; trata temas como el miedo del ser humano ante la enfermedad y la vejez, el trato inhumano a los trabajadores extranje-ros, a los palestinos, las relaciones amorosas fracasadas, la amistad no correspondida. Sus personajes femeninos resultan inolvidables, aunque en absoluto son estas poten-tes protagonistas monopolio de las escritoras, porque los escritores hebreos hombres nos han dejado personajes femeninos igualmente poderosos. Una novela coral y muy feminista también (en la que el más feminista de todos es precisamente el novio) es la de la escritora Ronit Matalon (Ganei Tikva, 1959 - Tel Aviv 2017) Y la novia cerró la puerta (Minúscula, 2020). De familia de origen egipcio, Ronit Matalon nos presenta el abismo que todavía separa en la sociedad israelí a los asquenazíes (judíos originarios de Europa central y del este) de los mizrahíes (judíos provenientes de los países árabes e islámicos), representados aquí por los personajes del novio y de la novia respectivamente, aunque la novela va mucho más allá y se convierte en un canto a la defensa del débil (los trabajadores extranjeros), del marginado (el obrero palestino), y a la desmitificación de la maternidad dentro de la corriente mundial del movimiento No Mom, que reivindica el derecho de la mujer a no ser madre. También hay que recalcar en esta autora, como en las dos anteriores, un estilo literario muy transgresor que se aparta de cualquier escritura convencional, importando casi más el cómo se dice que el qué.bodas (Lumen, 2002). Su última novela, Todos los ríos del mundo (Ediciones B, 2017) trata un tema también candente en la sociedad israelí: el de las parejas mixtas. En este caso se trata de la relación amorosa entre una judía israelí con un palestino y de cómo la nacionalización de las vidas de los habitantes de Israel y de Palestina secuestra sus vidas privadas anulándolas. En suma, una historia de amor y de guerra en la que el cuerpo de la mujer es visto como territorio político y en la que resulta de sumo interés para el lector extranjero constatar cómo palestinos e israelíes se ven con los ojos del otro. Terminamos este breve recorrido por la escritura femenina hebrea contemporánea con Rutu Modan (Tel Hashomer, 1966), la autora más sobresaliente e internacional del Noveno arte. Sus novelas gráficas han gozado desde los inicios de gran éxito a pesar de que en Israel los lectores de cómic son pocos, las editoriales dedicadas a este género casi inexistentes y que este sí sigue siendo un mundo sobre todo de hombres. Los temas que trata Rutu Modan son cuestiones de absoluta actualidad llevadas a sus viñetas con un humor muy sutil y una intriga casi de comedia de enredo.

En La propiedad (Sinsentido, 2013) nos habla del infatigable intento por parte de Alemania de reparar los daños del Holocausto por medio de las indemnizaciones (¿es eso moral?), la devolución de bienes (cuadros, casas) y la concesión de pasaportes a los descendientes de las víctimas. Asimismo reflexiona sobre lo que supuso la pérdida de Europa para los judíos y sobre lo difícil que le resulta al ser humano regresar, aunque sea de visita, a los lugares en los que un día fue feliz: lo complicado que resulta reencontrarse con el pasado. En Jimilti y otras historias (Sinsentido, 2008) trata también el tema del Holocausto, pero se centra sobre todo en cuestiones de la vida cotidiana y en el conflicto palestino israelí, humanizando al otro, alejándolo de toda demonización y abogando por el entendimiento. El modo innovador en el que esta autora trata la violencia universal, el terrorismo y las relaciones personales hacen de sus obras gráficas objetos de obligada lectura.

Por otro lado, constato un dato muy esperanzador: de los 550 escritores que presenta la web de The Institute for the Translation of Hebrew Literature (https://www.ithl.org.il/) a día de hoy, 217 son mujeres, lo que representa casi un 40% del total. Eso significa que las mujeres han pasado en 120 años de representar el 0% de las letras hebreas al 40% actual. ¡Un inmenso logro!

De índole muy distinta estilísticamente, aunque no en su concepción del mundo, tenemos a Tal Nitzan (Jaffa, 1961), poetisa, novelista y traductora al hebreo de numerosas autores de la literatura española y latinoamericana como Cervantes, García Márquez, Cortázar, Delibes, Neruda, García Lorca, Pizarnik, Borges y otros muchos. Los personajes de sus sugestivas novelas se mueven en la Tel Aviv menos amable y conocida mientras pugnan por sobrevivir en el sórdido mundo del crimen, de la pobreza, de las miserias de las relaciones humanas que alcanzan incluso a los niños de parvulario, unos inolvidables personajes de carne y hueso que intentan mantenerse a flote asidos a la tabla de salvación del sexo, del amor, de la amistad y de la tan denostada bondad innata también en el ser humano. Como poetisa, Tal Nitzan nos muestra un mundo más universal y lírico sin abandonar por ello la literatura de denuncia que, sin duda, se encuentra vinculada a su condición de activista política en un lugar especialmente complicado para ello como es el Oriente Próximo actual. Entre sus poemarios traducidos al español destacamos aquí El tercer niño (Penn Press, 2013) y La misma nube dos veces (Buenos Aires Poetry, 2020). Una voz literaria de nuevo bien diferente la tenemos en Dorit Rabinyan (Kfar Saba, 1972), otra de las grandes de las letras hebreas actuales. De familia de origen iraní son varias sus novelas que tratan sobre la situación de la mujer judía persa en su lugar de origen y sobre todo en la nueva sociedad israelí en la que las generaciones quedan incomunicadas entre sí ya que los nietos nacidos en Israel son hebraizados mientras las abuelas, al no acceder al mercado laboral, nunca llegan a aprender hebreo pero tampoco han conseguido transmitir el persa a sus nietos.

Como conclusión a este breve recorrido por las escritoras hebreas, por un lado recomiendo la lectura de dos libros: Once escritoras israelíes. Vida cotidiana en Israel (Icaria, 2000), en el que se puede descubrir a autoras de las que no hemos podido hablar aquí por falta de espacio, y Herederas del silencio, pioneras de la palabra. Escritoras hebreas aprendiendo a hablar (KRK, 2005), de Alicia Ramos González, obra maravillosa e imprescindible sobre el tema que nos ocupa.

Por otro lado, constato un dato muy esperanzador: de los 550 escritores que presenta la web de The Institute for the Translation of Hebrew Literature (https://www.ithl.org.il/) a día de hoy, 217 son mujeres, lo que representa casi un 40% del total. Eso significa que las mujeres han pasado en 120 años de representar el 0% de las letras hebreas al 40% actual. ¡Un inmenso logro!

 

 

 

 

 

 

 

 

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