Janet Rudman

Janet Rudman

Me gusta leer y escribir. Encontré en la lectura y la escritura una forma de canalizar mi esencia. Leo con la misma pasión con la que tomo café. Me gusta escribir sobre historias mínimas. He trabajado en varios proyectos editoriales uruguayos que construían identidad judía: Kesher, TuMeser, Jai y ahora formo parte del staff de SemanariohebreoJai.

Columna de opinión

El amor de mi vida

Conocí a Felipe en la Facultad de Derecho en el curso de  Obligaciones. Vestía  un pantalón de pana, sin corbata, en un claro contraste con los demás que  llevaban trajes con pañuelo en el bolsillo del saco. La Universidad estaba llena de gente cogotuda como decía mamá. Felipe se empeñaba en pasar por hijo de trabajadores,  a pesar de provenir de una familia acomodada. En la Facultad no se ocultaba nada.

Yo llegué a la facultad por mamá,  una napolitana  que salió de Italia en busca de un mejor porvenir. Tenía un carácter fuerte y era muy decidida. Había aprendido a coser con su madre y se convirtió en una modista de barrio. Papá era un empleado público y decía “Amén” a todo lo que mamá opinaba.  Ella quería que yo estudiara. Fue una pionera, me educó para que pudiera valerme  por mí misma.  

La materia Obligaciones era reglamentada y pasaban lista. Durante dos meses, Felipe se sentaba en la primera fila y yo en la segunda. Me dirigió la palabra en una sola oportunidad  para pedirme un libro que se le había caído. Ahí conocí su voz. Al mes siguiente, el profesor anunció un trabajo obligatorio en grupos de a dos. Ni corta ni perezosa, le dije que quería hacer el trabajo con él y que debíamos conseguir los libros.  Me contestó que su padre era abogado y tenía todo lo necesario en  su casa.  Era un tipo serio. Empezamos a estudiar juntos. Sin darme cuenta, dejé de ver a mis amigas del barrio y solo vivía para él. Mamá  tenía miedo de que descuidara los estudios. Salvamos  materia tras materia con las mejores notas. En su casa, me hacían notar que yo no pertenecía a su mismo círculo.  Las veces que me quedaba a cenar: no entendía por qué había que comer pescado con unos cubiertos y la carne con otros. Un día me  preguntaron qué vino quería para la cena y dije “carbenet tinto”, sin saber que estaba metiendo la pata. Se extrañaron que la hija de una italiana no supiera de vinos. Mamá se hubiera reído mucho si le hubiera contado la anécdota. Pero callé.

Fue el primer hombre con el que me acosté. El  descubrimiento del sexo fue un viaje a un  mundo nuevo. Ningún otro hombre me había tocado. Vivía en un cuento de hadas y Felipe era mi príncipe. Esto duró un año, hasta que nos recibimos. Sus padres le organizaron una fiesta con  300 invitados. Su padre dio un discurso en la que resaltó lo orgulloso que estaba de su hijo. En esa fiesta, yo no era la novia de Felipe. Era una compañera más de la facultad. Felipe se dirigió a todos agradeciendo su presencia.  Dijo que se sentía muy honrado y  orgulloso de compartir la noticia que se iba a estudiar un posgrado a Harvard. 

Me di media vuelta y me tomé el primer taxi que vi. Lloré como nunca había llorado en mi vida. No le atendí el teléfono a Felipe. Llamó durante dos semanas y vino a mi casa.  Al final, me mandó una carta en la cual se despedía de mí y me pedía perdón. Me dijo que no tuvo el coraje de enfrentarme. Me deseaba mucho éxito y me dejó una tarjeta de un estudio de abogados. 

Fue una gran ayuda esa tarjeta. Era un estudio serio y sólido y me tomaron porque venía de parte de Felipe.  Conocí a Daniel en los juzgados. Consiguió mi teléfono y me llamó al estudio para invitarme a salir. Me pareció que era tiempo de dejar atrás mi historia con Felipe.  Nos casamos y tuvimos dos hijos. Fue muy amoroso conmigo, y no me cuestionaba mis largas jornadas laborales. Yo seguí enamorada de Felipe. Venía a mi cabeza al dormirme todas las noches. Le seguí la pista siempre. Estuve enterada de todo lo que pasaba en su vida. Hasta contraté un detective cuando se mudó de ciudad de Boston a Nueva York. Me costaba una fortuna, no era tiempo de facebook, así que si se quería seguir a alguien, era necesario pagar. 

Mis hijos crecieron e hicieron su vida. Daniel falleció de un paro cardíaco a los setenta. Me quedé sola en una casa enorme cerca del mar. Tenía carpetas ordenadas por año con fotos de Felipe, su esposa y sus hijos. En los últimos años, agarré la costumbre de vez de llamarlo al teléfono de línea y cortar. Era solamente para escuchar su voz y reforzar la idea de que todavía estaba vivo. 

Janet Rudman
(13 de Enero de 2022 a las 08:55)

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