Este año no conté los libros que leí. Otros años lo hacía, casi por costumbre, pero me aburrí de tanto reto lector, de esa lógica donde parece que lo importante es acumular títulos y no el disfrute en sí mismo. Leer, al menos para mí, no va por ahí. No es una carrera ni una lista para tachar, es una experiencia: un viaje que a veces se interrumpe, a veces se desvía y muchas otras se abandona sin culpa.
Los nombres de Feliza — Juan Gabriel Vásquez

La muerte viene estilando — Andrés Montero

Tres — Dor Mishani

El buen mal — Samanta Schweblin

Mi querido Mijael — Amos Oz

Los nuevos — Pedro Mairal

Un millón de cuartos propios — Tamara Tenenbaum

Tinta invisible — Javier Peña

Los días perfectos — Jacobo Bergareche

Comerás flores — Lucía Solla Sobral

Y sí, abandoné muchos libros. Muchísimos. Algunos no me dijeron nada, otros no llegaron en el momento justo. Pero también hubo libros que fueron una compañía querida en aeropuertos, en viajes en tren, en silencios necesarios. De todos esos, elegí estos diez por motivos poco racionales, casi intuitivos. Porque así leo: dejándome llevar.
Este año me costó encontrar libros que realmente me conmovieran. Busco algo difícil de explicar: esa especie de Atlántida que aparece en El buen mal de Samanta Schweblin, o esa inquietud persistente que deja el hombre que protagoniza Tres de Dor Mishani. Y ni hablar de la historia de Feliza, la escultora colombiana de Los nombres de Feliza de Juan Gabriel Vásquez: vanguardista en el arte y en la vida, imposible de olvidar.
Los días perfectos de Jacobo Bergareche tiene una franqueza que me voló la cabeza. La carta que el narrador le escribe a su esposa dice, sin vueltas, mucho de lo que es el matrimonio, con una honestidad que se ve pocas veces. Comerás flores, de Lucía Solla Sobral, me hizo sentir en cada página esa violencia sutil del silencio, esa que muchas veces escuchamos sin reaccionar… hasta que nos toca de cerca.
Sentí que Thiago, Pilar y Bruno, los protagonistas de Los nuevos de Pedro Mairal, eran parte de mi familia. Y eso, creo, es una de las cosas más lindas que hacen los libros: entran en tu vida sin pedir permiso y, cuando se van, los extrañás.
Los otros títulos que me acompañaron este año fueron La muerte viene estilando de Andrés Montero, Mi querido Mijael de Amos Oz, Un millón de cuartos propios de Tamara Tenenbaum y Tinta invisible de Javier Peña. Cada uno, a su manera, dejó una marca.
No sé si son “los mejores” libros del año. Sí sé que son los que se quedaron conmigo. Y a veces, eso es todo lo que importa.





